domingo, 3 de marzo de 2013


INTRODUCCIÓN
Guatemala  se distingue de ser un país muy rico en recursos naturales, también se distingue de ser un país Pluricultural y Multibilingüe, en donde cada etnia o raza se caracteriza por su historia. Años  atrás,  entre 1524-1821 vivió una temporada a la que se llamo época colonial basándose como la explotación económica de un territorio y del trabajo de los  habitantes de este.
La esclavitud, constituyente en el dominio absoluto sobre una persona, fue un fenómeno  que se conoció no solamente en nuestro país Guatemala, sino también en los demás, y  países del viejo mundo (España, Portugal, áfrica, Rusia  etc.).
Tal fenómeno arrasó con la vida de muchos nativos de muchos países, incluyendo el nuestro, siendo usados como muebles, siendo vendidos y usados para mano de obra. los españoles en innumerables ocasiones abusaron de los nativos, no solamente de sus libertades sino de su condición digna. para los cuales hubieron algunos  que defendieron los derechos de estos, como lo fueron los frailes, como fray Bartolomé de las casas, defensor de los derechos de los nativos.
La encomienda, que tuvo un peso especifico  en el proceso de la conquista y la colonización de Guatemala. La encomienda  comprendía un núcleo de indios, entregados a un particular por el término de la vida de éste y con frecuencia de la de uno o más sucesores, con el compromiso de suministrarles víveres, ropas y habitación, y de educarlos, beneficiándose en retribución, con su trabajo o el pago de un tributo.
La encomienda se oficializo en otros países del nuevo continente
Repartimiento, lo típico de un trabajo forzoso impuestas por los españoles  a expensas de la libertad a como también la capacidad productiva  de una apreciable cantidad de indígenas. Así como también hubieron diferentes repartimientos, a continuación se describen algunos de estos:   los de servicio ordinario de la ciudad,  los de labranzas, los de obras públicas, repartimientos para trabajos agrícolas, de minería o industrias artesanales, así como también repartimientos especiales.
La economía colonial que tomo una parte importante en la época colonial, que se ocupa de los hechos  relacionados con la producción, distribución  y consumo de bienes y servicios, destinados a satisfacer  las necesidades  del ser humano. La tierra  el ente que llevo a muchos españoles a la ambición, ya que fueron controlados totalmente por ellos.
El descubrimiento de América  estuvo legado a las relaciones comerciales entre Europa y el lejano oriente; de ahí viene la importancia que, en su propio contexto  mercantil, España concedió el intercambio de bienes a través del atlántico. a lo largo del periodo colonial, Guatemala mantuvo un intercambio comercial, casi permanente aunque no siempre legal , con otras naciones, que entre ellas figuran : nueva granada, Perú, y de manera indirecta filipinas y otros países del lejano oriente.
Los criollos, que fueron hijos de españoles nacidos en América, la importancia de los criollos  estriba  en el espacio social que ocuparon. También tuvieron un importante papel  en el proceso evolutivo de la sociedad. otro ente , que durante la época colonial , los grupos y las personas  ocupaban determinadas  posiciones jerárquicas  que, en general, se determinaban por razones políticas  económicas raciales y de prestigio social.
La iglesia y la religión jugaron un papel muy importante  en la conquista y la colonización, porque uno de sus objetivo fue el de reemplazar por el catolicismo todas las anteriores creencias. la sustitución de los esquemas  religiosos implico necesariamente, no solo la imposición de nuevas creencias , valores  e ideas  sino la de nuevas formas de conducta y actitudes diferentes  frente a los hombres, en casi todos lo ordenes de la vida. Personaje que jugó un importante papel en la religión colonista fue el primer obispo de la diócesis de Guatemala francisco Marroquín. Los principales grupos religiosos durante la colonia fueron los franciscanos, los mercedarios,  jesuitas, y los agustinos.  Las fuentes principales en las que descansaba la iglesia católica  para su funcionamiento general eran: los salarios  reales de los obispos, curas doctrineros,  y miembros del cabildo eclesiástico; ingresos derivados de la administración  de los sacramentos  y de otras actividades religiosas; ofrendas y limosna de los fieles; contribuciones forcivoluntarias  de los indígenas  a los curas, a los que en esa época se llamaban “derramas”.
Otra institución de la colonia fue la inquisición  que funcionaba como órgano jurisdiccional para castigar los delitos contra la fe cristiana.
En el idioma, en donde jugaron un papel importante los religiosos, que con sus enseñanzas buscaron crear colegios mayores, nuevamente francisco Marroquín, quien pidió al rey que se crearan colegios mayores.  Uno de los más antiguos de su género  en Hispanoamérica, la universidad de san Carlos de Guatemala, que se fundó según la licencia  contenida  en la real cedula  promulgada  por el monarca español  Carlos II
La época colonial  se caracteriza  así como también en avances en distintas ramas, por lo cual algunos nativos llegaron  a obtener desarrollo intelectual, físico y espiritual.
El presente trabajo, recaudado de diversas fuentes ha sido hecho buscando el saber más sobre la época colonial de nuestra Guatemala, esperando que  satisfaga sus deseos de saber sobre la época colonial de Guatemala.

 




OBJETIVOS


Objetivos Generales


-          Dar a conocer el historial de época Colonial de Guatemala, que marco su Inicio, con la llegada de los españoles, hasta la firma de la Independencia.
-          Describir las funciones de los personajes que practicaron la esclavitud y muchos otros hechos que se realizaron en esa época.
-          Conocer los avances desde sus Inicios y cuáles han sido sus repercusiones en nuestra actualidad.

Objetivos Específicos

-          Dar a Conocer, el trato de los españoles a los Nativos.
-          Especificar en qué consistía el trabajo Artesanal, el trabajo Agrícola, y como fue evolucionado.
-          Distinguir como fue evolucionando la cultura, con la llegada de los españoles.
-          Indicar cuál fue el lugar que ocupo la Iglesia en la Sociedad Colonial.



LA EPOCA COLONIAL DE GUATEMALA

Un régimen colonial, en términos generales, aplicables también a la situación que prevaleció en el Reino de Guatemala entre 1524 a 1821, se puede concebir, en esencia, como la explotación económica  de un territorio y del trabajo de los habitantes de éste, que anteriormente gozaron de autonomía.
En el caso de la sociedad colonial de Guatemala  es decir, durante el periodo comprendido de 1524 a 1821, el aparato económico, estrictamente considerado, descanso principalmente  a las siguientes columnas  institucionales: Esclavitud, Encomienda, Repartimiento, servicios personales, propiedad y utilización de la tierra, administración de la hacienda pública, tecnología, trabajo artesanal y comercio. Básicamente, sin embargo, en Guatemala , el régimen colonial gravitó en el trabajo de los nativos , ya que los móviles generales  de la conquista , las coacciones  en que esta se realizó  y la propia situación económico social  de España  y de la propia colonia .

LA ESCLAVITUD DE LOS INDIOS

El dominio casi absoluto de una persona sobremanera , equivalente a un derecho de propiedad  que traduce en la anulación  de la libertad , la personalidad  y otros derechos individuales  de quien ocupa la posición de esclavo , fue un fenómeno que, con ligeras variantes , se conoció en todos los continentes , inclusive África , y casi de manera ininterrumpida  desde la antigüedad . En el siglo XVI  se conocía en las sociedades del viejo mundo, así como en las sociedades mesoamericanas  con la Pre conquista. En estas últimas, el estrato de los esclavos se integraba, principalmente con prisioneros  de guerra  o criminales condenados por la sociedad, pero los hijos de unos y otros no necesariamente heredaban tal condición. En algunas zonas también se obtenían esclavos  mediante compra, el cobro de tributos  por los señores o bien  por la comisión de varios y diversos delitos.  Se les reconocía por su posición inferior en los procesos productivos  por supuesto y , en algunos casos, por la correspondiente “MARCA”   en la cara y en los brazos , tal como se hacía en Nicaragua , por ejemplo donde se usaba, para tales efectos , un polvo negro hecho de carbón  de pino que se frotaba  en una cortada hecha  la cara o en un brazo , para que la seña persistiera  después de sanada la herida . Esta práctica  de la marcación fue continuada  por los españoles después  de 1524. Estos en efecto  redujeron a la esclavitud  a muchos nativos en los años cruciales  de la conquista y utilizaban una “G”   para marcar a los esclavos  obtenidos en guerra , y una especie de “R”  compuesta ,  para los llamados  “ESCLAVOS DE RESCATE” . Estos últimos  eran precisamente los que ya tenían tal condición  en las sociedades prehispánicas, y de cuya existencia anterior  persisten pruebas documentales, pictográficas y lingüísticas  en la actualidad. Estas pruebas  se refieren  a casi todo el territorio de la antigua Mesoamérica  y, en muchos casos, ponen de manifiesto ciertas prácticas  de excesiva crueldad  asociadas a la esclavitud  de aquella época.
Como en otras partes del viejo mundo, en la Guatemala prehispánica  la esclavitud implicaba un derecho u derecho de propiedad sobre la persona  del esclavo, lo que incluía los frutos del trabajo, así como la privación de la vida  de éste si se trataba de uno propio, o de una obligación de resarcimiento en el caso de uno ajeno.  
Desde entonces, se tomaron medidas efectivas para que tal practica no continuara, y se ordeno la liberación de muchos indígenas que se conservaban bajo dicho régimen.
Es justo reconocer, por otra parte, que también hubo fuertes voces de crítica, de denuncia, de abierta condena  a la política esclavista que España y los colonos españoles  desarrollaron en América central. Entre tales voces , a pesar de que había  también religiosos  comprometidos en dichas practicas , destacaron la del licenciado  Cristóbal de Pedraza , protector de los indios y Obispo de Honduras , quien envió una cruda” Información “ sobre la situación esclavista en ese país  y por supuesto la voz implacable  de celebérrimo Fray Bartolomé de las Casas. Y en España, precisa decirlo, algún eco tuvieron aquellas voces  detonantes, cuando menos en el ámbito  del “debe ser” inherente a las leyes nuevas.
Otra modalidad  irregular, entre los muchos  procedimientos  usados para burlar el precario control de la práctica esclavista, consistió en la venta, en calidad de esclavos, de muchos indios sometidos al régimen  de la encomienda. Estos por definición , eran individuos libres , con la única obligación  del pago del tributo a su encomendero, pero este,  en componenda  con funcionarios,  religiosos , traficantes  y eventualmente  con los caciques locales , se las ingeniaba para participar  en el mercado de esclavos , a expensas de la libertad  de sus encomendados  y del ingreso  regular que constituía  el tributo

 

LA ESCLAVITUD DE LOS NEGROS:

Los primero núcleos de esclavos negros, paradójicamente se localizaron en el propio continente africano. Desde una época no precisada, y como consecuencia de guerras intertribiales o de peculiares estructuras socioeconómicas, unos negros eran sometidos a la esclavitud  por otros de sus congéneres, tal como ocurrió en el propio contexto  de las sociedades precolombinas de América. En aquellas circunstancias primigenias , la esclavitud era fuente de mano de obra  y de prestigio social para los amos, pero en los procesos productivos  generales no alcanzo  la importancia  y la envergadura  que la caracterizaron  cuando comenzó el trafico  trasatlántico , derivado este de la expansión colonizadora  de las potencias occidentales .
En cuanto a las políticas esclavistas  institucionalizadas  por España con relación con el nuevo mundo, es significativo consignar que  en 1518, Carlos I autorizo  el envió masivo de 4000 negros  a las islas del Caribe. Esta concesión de libero de impuestos por cuatro años, y se prohibió toda negociación  semejante por quienes  carecieran  de permiso  expreso.
En las postrimerías del siglo XV  todavía se manifestó  abiertamente la rivalidad, entre España y Portugal, por el control del comercio esclavista, pero las bulas papales de 1493 favorecían el derecho  esgrimido por el segundo de dichos países,  y así se reconoció  por ambas naciones en 1494. Al tenor de este acuerdo, a los portugueses se adjudico  el derecho exclusivo de sacar esclavos del continente Africano. Este trafico empero, no pudo obviar cierto control  ejercido por los banqueros genoveses, como tampoco se pudo ignorar  la oposición de la casa  de contratación de Sevilla, que reclama sus derechos monopolísticos  en el comercio con las Indias. Posteriormente concluido el  predominio portugués, se elimino la institución del asiento, y el tráfico de esclavos negros  disminuyo en una medida que afecto a la creciente demanda de los colonos españoles  en América. El rey por lo tanto, ante el aumento  del contrabando y otras  presiones colaterales, opto por restablecer el asiento, y entonces fueron los holandeses los encargados de proveer  de negros a los asentistas.
En la primera mitad del siglo XVII, el tráfico esclavista  estaba generalizado en el Caribe, y de él se beneficiaban las potencias europeas. La demanda comenzó crecer  entre los colonos Españoles, en cuyas filas figuraban miembros  de las órdenes religiosas, como los propios dominicos que, por otra parte, destacaron en la defensas de los indios. Ante la posibilidad de trasladar esclavos blancos, que también los había disponibles en Europa  como judíos, rusos, egipcios, libaneses, guanches (originarios de las islas canarias), etc. Los interesados es decir, vendedores y compradores, prefirieron a los Bozales, que eran los esclavos capturados  en África y que no habían tenido  contacto directo con la civilización occidental. Se suponía que estos podían ser mas fácilmente cristianizados, en lo cual se reflejaba los intereses de la iglesia; que estaban en capacidad de resistir  las enfermedades europeas, puesto que el contacto indirecto había desarrollado cierta disposición inmunológica; que podía obtenerse su docilidad  y sometimiento, precisamente por su desarraigo; y que mas, importante aun, estarían en aptitud de desempeñar  las tareas pesadas y peligrosas  que, por razones de clima u otras similares, ni españoles, ni indios podían asumir.
En los procedimientos  de venta o de subasta los negros eran sometidos a exámenes  para detectar defectos físicos  (verbigracia, mataduras en la piel, falta de dientes, extremidades deformes) o supuestas taras “morales”    (por ejemplo, la rebeldía la inadaptación por nostalgia etc.) ya que ello  determinaba su precio  y, sobre todo su aptitud  para calificar como una “pieza”, es decir como un esclavo normal y joven. Por lo general eran marcados, ya con el fierro del general, del asentista o de sus nuevos amos. En  Guatemala las” piezas” debían reunir ciertos requisitos, como altura, fuerza salud, etc.  Y se les clasificaba, según se tratara de niños, jóvenes o viejos, en las categorías denominadas  “mulequin” (hasta 6 años era media pieza), “muleque” (de 6 a 12 años) y “mulecón” (de 12 a 18 años), respectivamente. Esto determinaba la demanda  y el consiguiente precio.
Es interesante  anotar que los primeros esclavos negros llegaron a Guatemala  en la propia expedición inicial de Pedro de Alvarado, aunque son precarias las informaciones  precisas al respecto. Arribaron, como tales, desprendidos  de los grupos de sus congéneres  que ya existían en México  y en la Antillas, cuando no se había iniciado  todavía otras formas  de explotación de mano de obra nativa, como las que se  relacionan con la propia esclavitud, con la encomienda, el repartimiento y los servicios  personales.
La iglesia no se opuso categóricamente a la esclavitud  y al tráfico de negros y, precisamente los dominicos, en cuyas filas figuraron  algunos de los más conspicuos  defensores de los indios, poseían muchos esclavos africanos  en sus propias haciendas. Una de las más famosas de estas   fue la de San Jerónimo, en baja Verapaz, fundada  desde los comienzos de la colonización.
En dicha hacienda, reputada  como una de las grandes empresas agroindustriales  de la época, se fabricaba, además de azúcar, un aguardiente cuya fama trascendió las fronteras del reino, así como otros productos diversos. Fue fundada en una fecha imprecisa  entre 1540 y 1550, por los dominicos que llegaron en pos de las Casas  y los acompañantes de este.
Si se analiza la magnitud  de empresas agroindustriales , como la hacienda de san Jerónimo  u otros ingenios o trapiches  menores que abundaban en el reino, pero en un contexto mas amplio; y si se considera el peso que tuvieron  productos como el añil, el azúcar, e inclusive la minería, los servicios personales, etc.  Se puede medir el verdadero papel que jugo  la esclavitud  de los negros en la vida económica de la colonia.
Los esclavos negros siempre tuvieron una condición diferente  a la de los indios, inclusive  la que correspondía a quienes, entre estos últimos, se tenía también por verdaderos  esclavos. Aquellos por ejemplo, siempre fueron “comprados”, como una cosa mueble, en tanto que los indios desde el principio, eran simplemente “tomados”  por los españoles. La esclavitud de los indios, por otra parte  se prohibió reiteradamente; por ejemplo, de modo taxativo, en las leyes nuevas.  Los negros además no estaban sujetos  al pago del tributo, como lo estaban los indios  bajo la encomienda. Solo cuando adquirían la condición de hombres libres, mediante la manumisión, la compra de su libertad  u otros procedimientos, los negros adquirían la obligación de pagar, en calidad de tributarios de la corona, dos tostones al año.
Finalmente las transacciones  referidas a un esclavo  negro pagaban los impuestos  de alcabala y almojarifazgo.
Las ocupaciones de los esclavos negros no variaron en la etapa final de la colonia, aunque fueron objeto de regulaciones  especiales;  estas se referían también a la educación  y, en general al trato  que debía darse a los esclavos  sometidos al régimen en cuestión.
El punto ultimo de la esclavitud  de los negros se marco  en Guatemala en 1823  cuando la asamblea constituyente  decreto la abolición de aquel  fenómeno social, que tubo considerables repercusiones  económicas en la anterior  etapa de la colonia . 

LA ENCOMIENDA

La encomienda es una institución muy peculiar, que tuvo un peso específico en el proceso de la conquista y colonización de Guatemala. Se suele confundirla con el repartimiento  de indios e inclusive  con la esclavitud  y, al parecer, ello se debe  a la forma difusa  en la que el termino  se uso desde la época  inicial del descubrimiento, a las distintas regulaciones  a las que fue sometida  durante muchos años  y, sobre todo ala enorme disparidad  que existió entre  la concepción teórica  de la institución  y la utilización practica  que hicieron de ella  los conquistadores, colonos e inclusive  funcionarios españoles..
En el caso de la encomienda, así como en el  de otras instituciones  y fenómenos coloniales  de distinto genero, todo tipo de generalizaciones  debe estar sujeto a criterios relativos de tiempo, espacio y circunstancias. Por ejemplo entre las muchas premisas  de las que se pudiera partir  para definir la naturaleza de los principales hechos sociales  de la era colonial se pueden citar las siguientes:
v  Desde las expediciones de colon, los reyes católicos resolvieron  que los nativos de las tierras  descubiertas debían ser  considerados y tratados  como “vasallos libres”  de la corona.
v  El carácter mercantil  de la empresa de la conquista  y de la colonización, impuso  condiciones de interés económico, como las contenidas  expresamente  en las “capitulaciones “, que no se pudieron soslayar, aun cuando ello significara  violar los principios  de la equidad y de la justicia.
v  Como parte de la realidad colonial, existió siempre una contraposición  entre los que postulaban  idealmente las leyes  y la reacción que estas provocaban  entre los actores  de las relaciones sociales  que ellas regulaban.
v  La dinámica colonial, del mismo modo que ocurre  en el ámbito de la dinámica  social en general, obligaba a una permanente adaptación  y readaptación  de las leyes frente  a la conducta real, lo que ocurría también a la inversa.
Respecto  de la primera premisa , existen pruebas documentales que señalan la intención  inicial de los reyes católicos  en cuanto a considerar a los indios  como “VASALLOS LIBRES” , lo que implicaba la obligación  de pagar un tributo , tal como lo hacían también lo súbditos  españoles . Así lo anuncio claramente el propio Colon  desde sus primeros contactos  con los indios, estos empero, se opusieron a tal disposición, sobre todo porque el tributo se taso en oro, en cantidades y condiciones  que ellos no podían satisfacer  con facilidad. Los aborígenes por otra parte, en todos los rincones de nuevo mundo  comprobaron pronto que la brújula  que orientaba alas expediciones  españolas era más bien  de carácter económico.
Es preciso reconocer que en casi todas  las sociedades prehispánicas, particularmente  en aquellas en las que se había  alcanzado  un cierto grado de desarrollo , como los principales  señoríos  “Guatemaltecos” del siglo XVI o la sociedad maya del periodo clásico, el tributo formaba parte de la organización social, aunque con  las variantes asociadas de cada época  y a uno y a otro contexto .  Por lo tanto el pago de un tributo  a la clase gobernante, que desde el principio hasta el final  de la existencia  institucional  de la encomienda puede definirse  como un elemento substancial  de esta, no era totalmente  desconocido para los nativos.
La disposición reiterada mas de una vez  por la reina, por la cual los indios fueron declarados  “súbditos de la corona”, es decir “vasallos libres”, obligados únicamente al pago del tributo  real derivado de dicha  calidad, provoco  también la decidida  oposición de los primeros  colonos de la española, y una encendida polémica  que trascendió  a los ámbitos políticos  y académicos  de la propia España. Se dispuso entonces que para aceptar aquella calidad en los indios, era necesario demostrar  que estos eran capaces de “vivir solos”, “en policía” (políticamente organizados), como los españoles. Las opiniones sobre este tema específico  proliferaron  en direcciones opuestas. Los argumentos que negaban la aludida  capacidad en los nativos  solían remontarse a los postulados  de Aristóteles, en los que se aceptaba  como legitimo el gobierno  de los seres superiores. Se aducía desde  dichas  posiciones, para demostrar inferioridad  de los nativos, el “salvajismo” de estos, su idolatría, su condición de “vagos”, “borrachos”, rebeldes e inclusive, su falta de ambiciones  o del simple deseo  de adquirir riquezas. Se les adjudicaban, en fin, muchos otros atributos  negativos, que con el tiempo llegaron a convertirse  en sólidos estereotipos, en los cuales se apoyaba la tesis  de que no podían vivir  sin la tutela o la supervisión de los  españoles, es decir sin estar “encomendados “ a estos.
Quienes  sostenían la opinión contraria , como algunos frailes dominicos , entre los que ya comenzaba a descollar  Fray Bartolomé de las Casas , se apoyaban en los principios y valores  cristianos, en la avaricia de los españoles, en la inclinación de estos de amasar fortuna  con facilidad y a expensas  del trabajo de otros, en la inconsistencia de la “guerra justa “ y la consiguiente inviabilidad  moral del derecho  de conquista.  Por encima de que los indios  fueran salvajes o racionales, se preguntaban muchos de  quienes se perfilaban  ya como defensores  de ellos: ¿era justo, y propio de cristianos, despojarlos de sus tierras, ponerlos a trabajar, obligarlos a pagar tributo, convertirlos en esclavos  y marcarlos como tales?
Las posiciones parecían muy consolidadas  en uno y otro bando. Un viejo colono de nombre Antonio de Villasante, que residió en la española  desde 1493, por ejemplo basado en vivencias  y hechos concretos, sostenía que los indios  no eran capaces de gobernarse solos  y vivir en libertad. Las casas a su vez, consigno en algún pasaje de sus obras que, cuando  predico la primera vez  contra la encomienda, los colonos  “manifestaron tanto asombro  como si hubiera declarado  que no tenían derecho a la labor  de las bestias en el campo”.
En el concejo de las indias se discutió, oportunamente, el asunto de fondo. La conclusión respectiva  se consigno en la clasificación de las leyes de burgos, un documento legal promulgado  el 28 de julio de 1513. Se declaro ahí que los indios  eran capaces de vivir solos, pero se reconocía así mismo, la necesidad que se beneficiaran  suficientemente del contacto  con los españoles, hasta demostrar que podían convertirse en cristianos  y auto gobernarse, se establecía también que en tales condiciones, debía respetarse su libertad, aceptar sus mecanismos de autoridad  y ordenarles que pagaran los impuestos  a que estaban obligados todos los súbditos  del rey.
La aludida resolución real, si embargo, como tantas otras emitidas  a lo largo del periodo colonial, “se acato pero no se cumplió “. Por el contrario los primeros colonos, que ya tenían indios repartidos  a su servicio y que se empeñaban en acumular riquezas  de manera rápida  protestaron airadamente, e impulsaron un flujo de quejas  u argumentaciones ante la corona.
Con el fin de dilucidar la delicada situación en la que los hechos en torno a la colonización  se oponían las leyes, en 1516 la corte resolvió  integrar una comisión de tres frailes  jerónimos encargada de resolver el asunto en las propias indias. En 1517, en la española, los religiosos  indicados  recogieron la opinión de colonos  viejos, de autoridades civiles, de eclesiásticos, etc.  Y su dictamen general fue categórico: los indios no eran capaces de vivir solos  en forma civilizada. Al parecer, los comisionados actuaron  de manera un tanto amañada  o bajo la presión de circunstancias, lo que fue denunciado por los dominicos, encabezados por la Casas. E n síntesis, y como resultado del informe  de los frailes  jerónimos, los indios fueron agrupados  bajo el control  de administradores y frailes.
Por otra parte los indios, no fueron en general, reconocidos como esclavos, aunque algunos se redujeron  a esta condición en las circunstancias en las que se considero  “esclavos de guerra” y de “rescate”. La referida y un tanto ambigua, situación de los indios  “encomendados”, tampoco significa que no existieran abusos, los malos tratos, y sobre todo, lo servicios  personales  de los que fueron  victimas los aborígenes. En todo caso sin embargo, los sujetos a la encomienda conceptualmente eran considerados “vasallos libres” del rey  y por lo tanto tributarios; no eran equiparados en una cosa mueble, objeto de propiedad privada, vendible exportable, mercable, como fueron los típicos esclavos. Tampoco eran equiparables  del todo,  a los que se llamaron “aborias“, ósea una especie de empleados domésticos.



ENCOMIENDAS EN PUEBLOS CACAOTEROS A FAVOR DE PARIENTES  Y CRIADOS DE ALONSO DE MALDOANDO, 1543.
PUEBLO
XIQUIPILES
INDIOS
ENCOMENDEROS
Aguateocan
350
540
Antonio do Campo
Atitlán
1200
1000
Sancho de Barahona y su Majestad
Chiquimula
250
150
Juan de Celada
Guazacapan
600
400
Su majestad
Izalco
2000
400
Juan de Guzmán y Francisco Girón
Mazagua
380
180
Santos de Figueroa y Francisco C.
Naolingo
685
200
Gómez Días de la Reguera, Juan de Guzmán  y Francisco López.
Nytla
2800
155
Juan Duran
Suchitepéquez
1000
286
Gaspar Arias, Hernán Gutiérrez de Cibaja y Hernán Méndez de Sotomayor
Tacuscala
400
100
Francisco Calderón
Taxisco
400
300
Gonzalo Ovalle
Xeribaltique
250
150
Juan de Mendoza
Xicalapa
250
60
Juan Rodríguez Carrillo
Yuxitepeque
300
520
Antonio Salazar
Zapotitlán
800
1000
Martin de Guzmán y Bartolomé de Becerra

Todas las consideraciones anteriores son aplicables al carácter de la encomienda que se derivó de la interpretación ambigua de la condición de los indios como vasallos libres de la corona y sujetos, por lo tanto únicamente al pago del tributo real. En 1509 en una carta dirigida por Fernando El Católico a Diego Colon, autorizaba el repartimiento de los indios e indicaba: “que tales personas que  a quien así se encomendaren se sirviesen de ellos en cierta forma”. Esta particular disposición real, contenía ya algunos elementos que definen la naturaleza de la encomienda; incluía los repartimientos de los servicios personales, sin embargo condiciona  la prestación de estos servicios. Se regula la calidad de las personas que recibían indios, con ciertos derechos de estos últimos, es decir, no se trataba del simple y arbitrario repartimiento que ya existía en el plano de la realidad. Se confirman dos elementos específicos: El tributo y la obligación evangelizadora de los favorecidos con el reparto de los indios: Tales personas que se sirvan de ellos, los instruyan e informen de las cosas de la fe, no les pueden ser quietados si no por delitos que merezcan perder los bienes, en tal caso confiscados para la Cámara; deberán pagar a la misma cada año, un peso de oro por cabeza de indio.
Lo anterior representa un interés económico con el trabajo de los indios, un interés fiscal con el tributo y un interés espiritual y político con la instrucción en las cosa de la fe. Los indios encomendados no se definían como típicos esclavos, tácticamente se les consideraba como vasallos libres del Rey. Sin embargo los abusos contra los indios continuaban de manera casi incontrolada, continuó la evasión en el pago del tributo y el incumplimiento de la misión evangelizadora. La obligación de tributo era no solo para colones si no que también para colonizados.

LA ENCOMIENDA EN EL CONTINENTE

Comenzaron a definir la encomienda en las Antillas, adquirieron mayor consistencia en Perú y la Nueva España. Antes de 1512 y 1513, por medio de las leyes de Burgos, se aprobaron nuevas regulaciones a la institución que comenzó a llamarse con el nombre de Encomienda. Inclusive se comenzó a hacer referencia del pago de un jornal a los indios repartidos en la encomienda.
Con el propósito de salvaguardar la autonomía de las poblaciones aborígenes, comenzaron los intentos de reducciones gobernadas por sus propios  Caciques pero la mayoría de los colonizadores echaron por la borda las intensiones proteccionistas impulsadas por la Corona. Solo adquiere su verdadera naturaleza cuando fue llevada al continente, los autores  han señalado dos etapas en la vida institucional de la encomienda, la primera suele llamársele  Antillana, Primitiva o Esclavista; a la segunda se le conoce como: La etapa Continental, esta delimitación institucional se alcanza después del traslado de la encomienda a Tierra Firme. Cuando Hernán Cortez inició, la conquista de México, en 1519, igual que Colon durante sus primeros contactos con el Nuevo Mundo, presionado por sus propios intereses y la de sus acompañantes,  Cortés recurrió también al repartimiento de indios. Cortez recibió algunas instrucciones pertinentes de los reyes en la conquista de México, los cuales acató pero no cumplió: “no hagáis repartimientos ni deposito de los indios, sino que les dejéis vivir libremente como nuestros vasallos y que sirvan y den tributo que como nuestros súbditos y vasallos nos deben”.
En la encomienda establecida por Cortés se introdujeron nuevos elementos: La obligación de los encomenderos de mantener listas sus armas para defender las tierras; el deber de pagar curas doctrineros, encargados de la evangelización de los encomendados; la necesidad de recurrir a las “las justicias”, cuando los indios no prestaran los servicios adecuadamente; permitir la sucesión hereditaria de la encomienda; derecho a percibir de los indios el tributo correspondiente; y servicios personales. Los intereses de la Corona, los de los colonizadores, las presiones de ciertos sectores de la iglesia y algún grado de protección de lo indios, fueron incorporados en la concepción teórica de la encomienda, tal institución se implanto después en Guatemala. “las encomiendas eran una merced real hecha con la doble finalidad de recompensar a los conquistadores o a sus descendientes con los beneficios de servicios personales de los indios primero, percepción de tributos después; al propio tiempo que se incorporaba a los indios a la civilización cristiana, bajo el amparo de un español encomendero”.

LA ENCOMIENDA EN GUATEMALA

Con todas las experiencias adquiridas en las Antillas y después en México, Pedro de Alvarado emprendió la conquista y colonización de Guatemala, como también lo hicieron Pedrarias Dávila, Gil González Dávila y otros que iniciaron sus respectivas campañas desde Panamá, por supuesto recurrieron a la esclavitud de los indios, a la encomienda, al reparto y a los servicios personales.
Para que los indios Quichés se sometieran en forma pacífica, Alvarado amenazó con reducir a la esclavitud a quienes no obraren del modo requerido. Después de las acciones bélicas en Quetzaltenango y Gumarkaaj, y de la ocupación de Iximché y la rebelión de los Cakchiqueles, Alvarado redujo a una virtual esclavitud a muchos indios; considerados “de guerra” o bien de “rescate”. Repartió indios al servicio suyo y la hueste española, también estableció formalmente la encomienda. El pago de tributo era el rasgo que  definía a la última institución pero en ciertas ocasiones, Alvarado aceptó que los Señores Zutujiles pagaran aquellos tributos con indios que fueron recibidos como esclavos. Alvarado impuso al pueblo de Patinamit un irregular tributo  que cada día cuatrocientos muchachos y muchachas le diesen un canutillo de oro lavado del tamaño del dedo meñique.
La diferencia entre la esclavitud y la encomienda  es que el segundo se condicionaba la calidad de esclavo al incumplimiento del pago del tributo, rasgo, este último se consideraba consustancial a la encomienda.
El primer gran reparto de pueblos en encomienda fue hecho, en 1528, por Jorge de Alvarado, Gobernador y hermano de del jefe de la expedición de conquista en Guatemala. Se repartieron mas de cincuenta pueblos en la encomienda ello hizo que en 1529 se suscitara una serie de protestas departe de los afectados. Provocó el juicio  de la Residencia que ordenó la Audiencia de México contra el Gobernador, tenientes de gobernador y otros funcionarios de Guatemala. Francisco de Orduña, que actuó como juez no alteró el reparto hecho por Jorge de Alvarado  se limito a asignar a nuevos titulares de las encomiendas que estaban vacantes. En 1530 Alvarado anuló el reparto hecho por su hermano Jorge, e hizo uno nuevo; éste también suscitó aprobaciones e inconformidades. Alvarado se adjudicó la encomienda de Atitlán, del cual la mitad le pertenecía a Sancho de Barahona y Pedro de Cueto. Posteriormente tuvo que devolver la encomienda.
En consideración a las injusticias con los primeros repartimientos en 1530, el Ayuntamiento de Guatemala Pidió al Rey que éstas se concedieran a perpetuidad para evitar despojos o transferencias arbitrarias. La Corona decidió controlar estos vicios, permitió que las transferencias pudieran heredarse “por una vida”, es decir, por una sola vez, en favor de una viuda o del hijo mayor de un encomendero fallecido. 
En 1536 se ordenó una revisión y una tasación de las encomiendas en Guatemala, en el cual intervinieron Alonso de Maldonado,  y el Obispo Francisco Marroquín; de estas actuaciones se derivaron algunas mejoras para los indios encomendados, sobre todo en cuanto a la rebaja de los tributos. Pedro de Alvarado resultó afectado en el Juicio de Residencia que realizó Maldonado, ya que se había adjudicado siete de los mejores pueblos del territorio guatemalteco (Atitlán, Guazacapán, Escuintla, Petapa, Quetzaltenango, Rabanal, y Totonicapán). Alvarado obtenía ingresos de cerca de diez mil pesos al año, a lo que se agregaba una cantidad similar recaudada en las encomiendas en Honduras. Las acusaciones no pudieron ser desvanecidas por Alvarado, sobre todo las que se referían a obtener los mayores beneficios del trabajo de los indios.



LAS ENCOMIENDAS Y LAS LEYES NUEVAS

El sistema de encomiendas en la América Española  fue modificado por las Leyes Nuevas, modificaron las principales instituciones coloniales, prohibieron tácticamente la esclavitud de los indios, y servicios personales, de lo cual habían abusado los colonos españoles. Por de pronto se definió su naturaleza, exclusivamente en asociación con el cobro de los tributos.
Entre las principales modificaciones se pueden citar las  siguientes: se suprimió todo tipo de dominio directo de los encomenderos sobre los encomendados; se aprobó el usufructo de la encomienda por una sola vida en beneficio de los herederos inmediatos,  se prohibió la adjudicación de encomiendas a funcionarios reales; se ordenó que las que fueren vacantes se transfirieran a la jurisdicción de la Corona; se afirmó la obligación evangelizadora de los encomenderos, a través del pago a los curas doctrineros. Los colonizadores debían estar dispuestos, mediante la tenencia a caballo y armas, a defender las tierras, ante cualquier amenaza; se otorgó mayor poder a la Audiencia en cuanto al control del sistema, se trató de eliminar el despojo de tierras y el trabajo excesivo; se prohibió que los indios encomendados se utilizaran en el trabajo en la minas y trapiches azucareros; se ordenó que el monto de los pagos correspondientes se basara en las tasaciones hechas por la Audiencia; se estableció el derecho de los indios a formular quejas, o denuncias  de malos tratos y abusos. Y en caso que tales prescripciones no  fueran cumplidas, los encomenderos estaban sujetos a sanciones que podían incluir la privación de la encomienda.
La promulgación de las Leyes Nuevas sacudió el ambiente social de manera notoria, sobre todo por la importancia adquirida por la encomienda en el mantenimiento del sistema colonial, como por el poder adquirido por los encomenderos. Las quejas, las criticas, los ataques directos de todo tipo contra los funcionarios metropolitanos que habían aprobado aquella legislación, si como respecto de aquellos a quienes se consideraba responsables indirectos, tal el caso de Fray Bartolomé de Las Casas; inclusive un sector de la iglesia, que se beneficiaba con el cobro dl diezmo sobre los tributos recolectados por los encomenderos, adoptó una actitud beligerante contra las reformas en  cuestión.
Para infortunio de los indios  suerte de los encomenderos, el encargado de aplicar las Leyes Nuevas en el Reino de Guatemala fue el primer Gobernador y Presidente de la Audiencia, Alonso de Maldonado. Quien dirigió el juicio contra Alvarado, no solo asumió una inicial posición contraria a la nueva legislación, sino que se confabuló con los encomenderos para conseguir por todos los medios la frustración del régimen de encomiendas. Maldonado incurrió en nuevos vicios de corrupción nepotismo y otras arbitrariedades con el fin de impedir la aplicación de las reformas.
En 1548, Maldonado fue sustituido por Alonso López de Cerrato, y este nuevo Gobernador se empeñó en hacer una correcta aplicación de las Leyes Nuevas. Uno de sus logros consistió en ordenar una nueva tasación de los tributos, los que fueron reducidos considerablemente. Se empeñó en establecer otras medidas dirigidas a evitas los abusos y excesos de los encomenderos. Exacerbó los ánimos de éstos y provocó la simpatía de los indios quienes registraron su testimonio en el Memorial de Sololá: “El señor Presidente Cerrato,  dio libertad a los esclavos y vasallos de los castellanos, rebajó los impuestos a la mitad, suspendió los trabajos forzados, alivió verdaderamente los sufrimientos del pueblo”.
A pesar de los esfuerzos de Cerrato, las condiciones en que se explotaba el trabajo de los indios recobraron sus viejas características, aunque con procedimientos un tanto diferentes, como el repartimiento por ejemplo. Este retroceso contrasta con el hecho de que en 1680, en la recopilación de las Leyes de Indias se incluyeron las reformas contenidas en las Leyes Nuevas y se agregaron otras muchas regulaciones  con las cuales se pretendía mejorar la situación de los indios .
La institución comenzó a declinar a finales del siglo XVII, por el auge del cultivo de añil y de ganadería; por la disminución de la población indígena; por las dificultades que imponía la Corona en la concesión de nuevas encomiendas; finalmente los ingresos  se destinaron a cubrir gastos vinculados a la defensa e los puestos y las costas de América, asediados ya por piratas y corsarios europeos. Algunas de Aquellas encomiendas se gravaron con el impuesto de la “media annata” que consistía en el pago de la mitad de los ingresos obtenidos, el primer año, por el usufructuario.” Otras se destinaron a las ayudas de costa” que eran una especie de pensiones a los descendientes de conquistadores. Estas “ayudas de costa”  ya no tuvieron el carácter típico de las encomiendas. La terminación efectiva de esta institución se puede situar en 1694, fecha en que el consejo de Indias aprobó una consulta de la Corona en tal sentido.

LITIGIO EN TORNO A UNA ENCOMIENDA

Una muestra del rigor con que la Audiencia presidida por el licenciado Cerrato castigaba a los encomenderos que se excedían e cobro de la tasa de los tributos, nos lo demuestra el pleito que siguió el fiscal de la propia Audiencia contra Andrés de Rodas. En la ciudad de Santiago de Guatemala, a 23 de enero de 1554, se abrió proceso en la Audiencia contra dicha persona, que tenía en encomienda al pueblo de Ocuma, “por llevar más tributos de los que por la tasa le habían de dar los indios y sirviéndose de ellos”. El pueblo le daba de tributo cada año cuarenta tostones de a cuatro reales de plata y veinticuatro gallinas de Castilla y todos los viernes de cuaresma unos  treinta pescados y todos los viernes del año doce huevos,  y solían sembrar una hanega de maíz y de ella cogían sesenta hanegas las cuales le traían al encomendero. El fiscal pedía que se castigara al encomendero con forme a la justicia por haberse excedido en el cobro de la tasa. También entre las pruebas una tasación hacha por el presidente y oidores en la ciudad de Santiago de Guatemala el cuatro de Mayo de 1549, por la que fijaron los tributos del pueblo de Ocuma, encomendado a Andrés de Rodas, al año, en una sementera de maíz de una fanega, que cogerían y encerrarían en dicho pueblo, y darían dos docenas de gallinas de Castilla y cada viernes una docena de huevos y en cuaresma cada semana un arrelde de pescado; asimismo tres indios ordinarios de servicio.
El 1 de Octubre de de 1549, el licenciado Cerrato mandó que, en lugar de los tres indios de servicio, dieran cada año  cuarenta tostones de a cuatro reales cada uno, la mitas por San Juan y la otra mitad por Navidad, y recalcaba que no habían de dar dichos indios de servicio. El veintisiete de Abril de 1554, los licenciados Cerrato, Ramírez y Tomás López fallaron contra el encomendero Andrés de Rodas condenándolo a privación perpetua del pueblo e indios de Ocume, el sentenciado pagaría también las costas del pleito. También Rodas debía pagar siete pesos de oro para cosas necesarias a la iglesia de Ocume, y las costas.

BERNAL DIAZ DEL CASTILLO: ENCOMENDERO

Ante el licenciado García de Valverde, presidente de la Audiencia de Guatemala, compareció Francisco Díaz del Castillo y dijo que tenía necesidad, para ayudarse a sustentar, de hacer una labranza, y para ello había tierras en el término del pueblo de “san Juan Chalona” el solicitante alegaba se hijo de uno de los primeros descubridores y conquistadores de toda Nueva España y pedía cuatro caballerías de tierra. El presidente hizo la merced de las cuatro caballerías a  favor del citado Díaz para él y sus herederos; concedió en la ciudad de Santiago De Guatemala el veintiuno de enero de 1579. Por la misma época Bernal Díaz se opuso a que se dieran a Martín Giménez ciertas tierras de Izcuintepec, en los términos del pueblo de Guana gazapa. No desconocía la primacía del derecho de los indios, pero razonaba que en caso de que la Audiencia resolviera darlas por merced, habían de ser preferidos sus hijos. El  treintaiuno de agosto de 1580 la Audiencia amparó a los indios en esas tierras.
En la ciudad de Santiago de Guatemala, el tres de enero de 1589, ante don Carlos de Arellano, alcalde ordinario, en presencia del escribano Juan de Guevara y testigos, mediante Martin de la Cueva, parecieron ciertos indios del pueblo de San Juan Chaloma y dijeron que vendían en nombre de ellos y los demás indios del pueblo, a Francisco Díaz del Castillo, su encomendero, un pedazo de tierra situada en términos del dicho pueblo; el precio de venta fue de veinte tostones de a cuatro reales de plata.
Ya Francisco Díaz es el encomendero y no su padre Bernal. Ahora para convertirse en propietario de tierras situadas dentro de los termino de la encomienda, no se vale de una merced del gobierno, si no de una operación de compra a los propios indios encomendados tierra que se venía destinando a la sementera del tributo. Los indios la cultivaban para el encomendero, su obligación de darle especies agrícolas, era desde tiempos anteriores a la venta, el encomendero gozaba de los frutos de esa sementera; pero ahora obtenía la propiedad de la tierra misma, que hasta entonces era de los indios encomendados.
Esto comprueba la tendencia de la familia del encomendero a convertirse por titulación específica y distinta de la propia encomienda,  o sea, por merced y compra en propietaria de tierras con independencia en cuanto a la titulación jurídica. Ante el presidente Pedro Mallen de Rueda, el propio Francisco Díaz del Castillo pidió, en términos del pueblo de San Juan Sacatepéquez, unas lomas montuosas, tierras baldías y realengas, citados los indios, se concedió la merced de dos caballerías de tierra para el solicitante y sus herederos; las poblaría en un año y no podría venderlas dentro de cuatro.
Ante el presidente don Antonio Peraza  Ayala y Roxas, Conde de la Gomera, hizo relación don Pedro Núñez Barahona y Loayza, el hijo mayor de Sancho Barahona y como tal había sucedido en dicha encomienda y transferido en él por ministerio de la ley la posesión  civil de la misma. El Rey concedió tercera vida en dicha sucesión al dicho su padre, para el efecto se congregaron el gobernador, alcaldes y regidores de Atitlán donde también concurrieron indios. El dicho gobernador, alcaldes y demás indios dijeron que estaba así muy bien y quedaban alegres sus corazones y que el dicho encomendero los ayudase y defendiese. Es interesante que la encomienda de que tratamos se hubiera extendido a la tercera vida por una cédula especial del Rey.

El REPARTIMIENTO Y LOS SERVICIOS PERSONALES

El repartimiento fue, sin duda, una de las más sólidas columnas entre todas aquellas en las que se apoyó el edificio del régimen colonial. Estos enfoques ideológicos, suelen tener fundamentos materialistas, el repartimiento en el fondo, asimismo, casi siempre reflejan condicionamientos políticos, e inclusive psicológicos de muy diverso origen. Por lo tanto, no resulta extraño que a veces el repartimiento se magnifique hasta considerarlo como el elemento que definió al régimen colonial de Guatemala. El repartimiento entendido como una forma de trabajo forzoso del que se beneficiaban quienes ostentaban determinadas posiciones de poder , se conocía ya, tanto en el Nuevo Mundo como en Europa, desde antes de Descubrimiento. Aquí y allá, los aristócratas, jefes, funcionarios, lideres, caciques, Señores, todos aquellos que tenían alguna forma de poder, real o formal, disponían de su propio personal de servicio.
Inicialmente, y ya en el marco amplio del descubrimiento y de la conquista de América, en las mismas postrimerías de siglo XV, el repartimiento fue una especie de botín, ora de guerra, ora de simple ocupación española del territorio insular antillano. Fue una manifestación pragmática, aunque arbitraria y abrupta, del alegado derecho al resarcimiento pronto que buscaba España, así como todos los expedicionarios embarcados en la gran aventura económica del Descubrimiento y la Conquista. Aquella practica inicial, que consistió en “tomar” indios y utilizarlo en provecho propio, con el respaldo de justificaciones morales incuestionablemente relativas; aquella exigencia inmediata que debió atender primero Colón en las Antillas, y después Cortés, Alvarado y muchos otros en el continente ; aquel primerizo reparto de hombres, producto del dominio colonial, muy poco se parece a la verdadera institución que , sujeta a regulaciones, objetivos específicos, contribuyó a definir y a sustentar al régimen colonial de Guatemala.

EL CONCEPTO DEL REPARTIMIENTO

Fue una típica forma de trabajo forzoso, impuesta por los españoles a expensas de la libertad y la capacidad productiva de una apreciable cantidad de indígenas. En sentido estricto, el repartimiento tampoco implicaba la definición de los indígenas como bienes muebles, como “piezas”, como objetos susceptibles de ser sometido a un régimen de propiedad privada. El repartimiento no era equiparable a la esclavitud, aun cuando el tratamiento que pudieran haber recibido los indios repartidos hubiera sido tan despiadado como el que sufrían los esclavos. El repartimiento, aunque coexistió con la encomienda, carecía de la típica relación de esta con la política tributaria de la Corona. Sin ser, pues, un derecho real; se puede considerar como una institución de carácter laboral obligatoria. Su verdadera naturaleza se define como una prestación forzosa de servicios, en la que, como elemento consustancial, aparece el salario, como insoslayable obligación contrapuesta a la prestación de servicios.
Como producto típico de las relaciones coloniales de poder, fue objeto de distorsiones e innumerables abusos cometido en el terreno de la práctica social. Nunca estuvo exento de impurezas y vicios legales o morales, y las abundantes polémicas sobre estas imperfecciones, provocadas por la misma Corona, por algunos defensores de los indios, o bien por las mismas reacciones de estos últimos, solo reflejan los intereses de los distintos sectores que conformaban el sistema colonial.
Además de su carácter esencial como una prestación forzosa de servicios y de la incorporación del salario como elemento obligado, el repartimiento tuvo otros rasgos y modalidades complementarios, sobre todo en su funcionamiento real, lo cual lo sujeto a cambios o adaptaciones en el contexto propio del Reino de Guatemala y ello lo diferenció de sus equivalentes establecidos en México, Perú y otras posesiones coloniales españolas del Continente.

DEFINICIONES DESCRIPTIVAS DEL REPARTIMIENTO

Como consecuencia de un requerimiento de trabajadores formulado por un empresario, un hacendado, una orden religiosa o un particular cualquiera, las autoridades coloniales superiores, en tal caso la Audiencia designaban específicamente a un pueblo de indios para que proporcionara la mano de obra solicitada. Los “Justicias” o autoridades locales de estos pueblos, a su vez, indicaban quienes entre los vecinos indígenas debían prestar los servicios solicitados y devengar el salario correspondiente:
“Los habitantes de cada pueblo se turnaran por cuartas partes para el repartimiento de labores de campo y que debieran presentarse cada domingo, para saber su turno de trabajo. No podían ausentarse los repartidos, si no hasta ser entregados al día siguiente a quien les hubieran asignado. Se señala un real y medio de jornal y seis reales a la semana prohibiéndose al indio desertar a media semana. Se les daba herramienta para el trabajo, no teniendo el jornalero la obligación de comprarla”.
El trabajador carecía de libertad para escoger la clase de ocupación y patrono a quien serviría, pues ambas cosas  las determinaba el juez encargado de hacer los repartimientos.
Las autoridades indígenas locales estaban obligadas a hacer que se cumplieran las cuotas de trabajadores asignados a sus propios pueblos. El repartimiento afectaba solo a los hombres comprendidos entre las edades de catorce y cincuenta años, a quienes debía pagarse un salario justo. No era permitido que se les llevara a trabajar a lugares muy distantes, y tampoco en oficios que no les fueran familiares. Se prohibía, asimismo, que se sirviera a mestizos, negros o mulatos. Todas estas regulaciones se aprobaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI. Fueron el resultado directo de muchas irregularidades y abusos que cometían los españoles y que en general contradecían el espíritu genuino que supuestamente alentaba a la institución, esto es, el afirmar la condición de los indios como vasallos libres de la Corona. En realidad el régimen colonial, según lo demostraba, muchas de las regulaciones legales de dichas instituciones no se cumplían en la práctica.

REACCIONES FRENTE AL REPARTIMIENTO

A partir de la actuación del Presidente López Cerrato en cuanto a la correcta aplicación de dicho cuerpo legal, el repartimiento provoco muchas reacciones confusas.  El salario “per se” fue uno de los mas desconcertantes, tanto para los indios como para los colonos de la época. Los indios no conocieron el salario en ninguna de las etapas de la historia y casi siempre aceptaron la prestación forzosa como un hecho normal. Los colonos españoles, por su parte de habían acostumbrado a dispones gratuitamente del trabajo de los nativos. La corona a su vez también ha sido interpretada de maneras radicalmente opuestas, persistía en su política de considerar a los indios como vasallos libres. Las Leyes Nuevas introdujeron el salario en las relaciones de trabajo, y la posición del presidente de la Audiencia, López de Cerrato, se resumió en una frase contundente: “quien quiera indios que los pague”. Es cierto por otra parte que el repartimiento retuvo su carácter forzoso, y que el pago del salario, como el cumplimiento de todas las regulaciones colaterales, fueron  todos elementos manipulables por los colonos. El salario ya nunca mas desapareció como tal, el concepto persistió desde entonces y fue objeto de reclamos, litigios judiciales, y de otros mecanismos de defensa que los indios aprendieron a utilizar. Las reacciones frente a la legalización del salario, como elemento inherente al repartimiento las cuales se tradujeron en innumerables protestas de los españoles.
De los indios han sido interpretados por algunos investigadores de dos maneras diferentes: desde una óptica cultural  y desde una perspectiva materia listica. En el primer caso, se parte de testimonio como el fray miguel Agia, un religioso que vivió en el siclo XVII en Guatemala, y que fue testigo presencial de los hechos. Este sostenía que el rey y el consejo de indias habían sido engañados en cuanto las positivas reacciones que el salario despertaría entre los indios, y consigno expresamente su posición:
“para ellos loa indios no ay nada mas odioso q el trabajo, aun cuando sea para ellos mismos; además, los españoles y los indios son los opuestos, ex diámetro: el indio no es codicioso por naturaleza, mientras el español es avaro en extremo; el indio es humilde y el español es arrogante; el indio es lento en todo lo que hace, el español es apresurado en todo lo que desea; el uno amigo de mandar, el otro enemigo de servir. Y  finalmente, son distintos en circunstancias, vida y costumbres”
Desde una perspectiva materialista, se sostiene que la “holgazanería congénita” del indio no era sino un estereotipo, acuñado con el fin de justificar, en el plano de la ideología, una supuesta inferioridad del indio y la consiguiente dominación colonial. Se deduce, asimismo, que los nativos se opusieron al repartimiento porque se trataba de una imposición, de una prestación forzosa de servicios, a la que no era posible renunciar, y cuya condiciones no se podía discutir; es decir, no implicaba Una libertad de contratación y, por lo tanto, se imponía salarios y condiciones de trabajo, equivalente a una cruda situación de explotación económica a nivel de clases sociales.
No faltando  sin embargo, en relación con casi todas las instituciones y fenómenos coloniales, las interpretaciones eclécticas, para llamar de algún modo a aquellas que no desestiman los contenidos culturales que son inherentes a todo tipo de relación entre los hombre, así como el carácter eminentemente social que distingue a la cultura, y a sus distintas manifestaciones el tiempo y en el espacio.
En cualquier caso, y a pesar de la forma en la que se valoriza el trabajo o el ocio en cada cultura, como todavía se hace actualmente en distintas naciones, la resistencia indígena frente a los repartimientos ha quedado documentada en la Historia, así como el hecho de que fue necesario recurrir a la coerción y a la facilidad que representaban las “reducciones” , también han sido interpretadas como un mecanismo para impulsar las nuevas políticas de urbanización, esto es, la congregación de los habitantes en población delimitados, así como también se han explicado como otro instrumento efectivo de dominación, de control político y de fácil recolección de mano de obra.

CLASES DE REPARTIMIENTOS

Entre las distintas maneras de clasificar los repartimientos figuran las siguientes:
a)    Los de servicio ordinario en la ciudad; los de edificación de viviendas; los de labranzas, trapiches y estancias; los de obras públicas; y, eventualmente, los de minas. Las categorías que incluye esta clasificación se explica por sus propios nombres pero es preciso indicar que, en ciertas coyunturas, se prohibieron expresamente los repartimientos de indios en obrajes de añil, ingenios y trapiches, así como en estancias muy alejadas o situadas en climas muy diferentes a aquellos propios de los lugares de residencia de los indios repartidos.
b)    Repartimientos para trabajos agrícolas; y los llamados de “servicio ordinario” o de “servicio extraordinario”, ambos en las ciudades.
La diferencia entre estas dos últimas categorías consistía en que el “servicio ordinario para la ciudad “se aplicaba a las necesidades de esta como tal (construcción de obras públicas, mantenimiento de calles, construcción de drenajes, etcétera), en tanto que los “servicios extraordinarios” los disfrutaban ciertos funcionarios y particulares, ya en la construcción y mantenimiento de sus viviendas, ya en faenas domesticas, o bien, en labores agrícolas. Estos últimos por lo general, se otorgaron por algún tiempo, a personas pobres o desvalidas (huérfanos, viudas, etcétera) y, con el nombre de “tequetines”, se conocieron en muchas ciudades, desde que el repartimiento se autorizo legamente en Guatemala, a mediados del siglo XVI
c)    Repartimientos Para trabajos agrícolas, de minería o industrias artesanales; para servicios de todo tipo de construcciones; para traslado de mercaderías u otros enseres, lo que se hacia principalmente por medio de los llamados tamemes, y, finalmente, para servicios domésticos en los hogares de españoles. En esta última categoría, a pesar de ciertas prescripciones iníciales en contrario, abundaban las mujeres, empleadas como cocineras, molenderas, chichiguas (nodrizas), etcétera.

Repartimientos especiales

Mención especial merecen dos clases de repartimiento, que presentaban características propias: el de mercancías y el de tejidos o hilazas, el procedimiento del primero se desarrollaba de la manera siguiente: un corregidor o un alcalde mayo asignaba al usufructuario del repartimiento una cantidad de indios de un pueblo determinado, para que estos compraran ciertos objetos que el español vendía, en cantidades calidades y precios impuesto por el mismo u que los indígenas no podían discutir en ningún sentido. En ocasiones, el beneficiario del repartimiento disponía de la ayuda, voluntaria u obligada, de las autoridades indígenas locales, con el propósito de obtener mejores y más rápidas utilidades. La operación descrita, es decir, la compra y venta que implicaba a un español y a un indígena, tenía el carácter forzoso, en cuanto a la obligación ineludible que generaba en el segundo, aun cuando este no tuviera la mas mínima necesidad el articulo objeto de la transacción. Como puede notarse,  no se trataba propiamente de una relación laboral, sino comercial en todo caso, y la ausencia del salario, como elemento típico del repartimiento, la alejaba un tanto de la verdadera naturaleza de este ultimo. Seguramente, el hecho de que se “repartían”, o se aginaban los indios que quedaban sujetos a la relación forzosa, permitió que esta operación se asimilara a la concepción y a la terminología asociadas al repartimiento propiamente dicho, que implicaba, como ya se indico, la disponibilidad forzada de mano de obra indígena, a cambio de un salario.
El repartimiento de mercaderías, sin embargo, también se prestó a excesos, a atropellos, e inclusive rayo en situaciones abiertamente inmorales o del todo absurdas, como aquellas en las que se imponía a los indios la compra de zapatos, medias, alimentos y muchos otros artículos que realmente no necesitaban, por sus propias mecanismos obligatorios, por la cantidad de pueblos indios que lo sufrieron, así como por su prolongación en el tiempo, puesto que se inicio a finales del siglo XVI y subsistía todavía en los inicios del XVIII; pero, sobre Todo, por sus características de un comercio inmoral, el repartimiento de mercancías represento otra cruda forma de explotación económica de los indios.
El repartimiento de algodón, de hilados o de regidos, como indistintamente se denominaba la otra modalidad citada, consistía en que el usufructuario tenía asignado un cierto número de indios, por lo general mujeres, entre quienes repartía algodón para que se hilara, o se distribuía hilo para tejerlo. De este tipo de repartimiento se beneficiaban corregidores, alcaldes mayores, otros funcionarios y muchos particulares. La materia prima, por lo general, se adquiera, a precios bajos, de los mismos indios, o se cobraba en calidad de tributo cuando el beneficiario era encomendero; se trasladaba por los mismos i8ndios a los pueblos de laboreo, y allí se recogió el producto final, para negociarlo en los mercados regionales. De acuerdo con documentos y crónicas  de la época, esta modalidad del repartimiento incluía una paga regular a las indias trabajadoras, aunque en muchas ocasiones se evadía del todo tal obligación, o se reducía a montos realmente ínfimos.
El repartimiento de hilazas o tejidos persistió, en casos relativamente aislados, o en número menor en todo caso, hasta un poco antes de la independencia, es decir, ya iniciado el siglo XlX. Así lo consignan los apuntamientos que elaboro el Ayuntamiento, en los años que precedieron a la emancipación política del Reino de Guatemala.
Las aludidas anteriormente eran las clases más características del verdadero repartimiento, tal como este se instituyo y se desarrollo en Guatemala, ya que en México y otras regiones del continente, como se indico, adquirió modalidades o procedimiento un tanto diferentes.

EL REPARTIMIENTOS DE TIERRA

La distribución de tierra entre los expedicionarios y colonos españoles es un fenómeno en el que también se utilizo el término repartimiento, pero esta vez en la relación más directa con el sistema de tenencia y con derecho de propiedad privada de dichos bienes.
En general, la propiedad de la tierra se clasifico, durante el periodo colonial, de la siguiente manera:
a)    absoluta propiedad de la corona sobre todos los territorios descubiertos;
b)    posesión y usufructo, comunal o individual, de las tierras que ocupaban los indígenas antes del arribo de los europeos;
c)     propiedades realengas, o sea, las que estaban bajo el dominio directo de la Corona;
d)    Los ejidos, o “tierras de propios2, que estaban adscritos a los pueblos y eran de uso común; y
e)    Las tierras de propiedad privada de los colonos. En relación con estas últimas se aplico el término repartimiento a las adjudicaciones o “reparto” de los bienes inmuebles, que favorecieron principalmente a los colonizadores.
En Guatemala, como en otras regiones del continente, los jefes de expedición “repartieron” tierras, a las que se llamó peonías y caballerías, según se entregaron a un peón o soldado de pie, o a uno de a caballo. Ellas constituyeron, en cierta medida, un punto de origen de latifundios, o bien de la simple ampliación de las propiedades y solares que, en el caso de Guatemala, se comenzaron a repartir desde la fundación de la primera ciudad de Santiago, según consta en las propias actas del cabildo, fechadas a partir de 1524.
Como puede apreciarse, la distribución de tierras se diferenciaba claramente de la relación laboral remunerada, a la que correspondía con propiedad el nombre especifico de repartimiento.
Variedades Del trabajo forzoso
En relación con el trabajo forzoso propiamente dicho, es preciso distinguir una primera etapa en la que este se utilizo, principalmente por los encomenderos, como una modalidad o un complemento del tributo, que también solía cobrarse en especie. En 1549, sin embargo, se abolió legalmente el pago de dicho impuesto por medio de cualquier tipo de trabajo, y este fue canalizado entonces a través del repartimiento, extendido a una gran variedad de servicios prestados por los indios.
Dos grandes categorías incluían casi todas las variedades del trabajo forzoso: la que se refería a las obras públicas que, por lo general, eran de carácter urbano; y la concerniente a los servicios prestados a los particulares, que se localizaba tanto en las ciudades como en las aéreas rurales. La primera estuvo vinculada a la construcción de los principales poblados, en especial la capital del Reino, la erigida en los valles de Almolonga primero, y después en Pinchoy. Comprendía, asimismo, dicha categoría, todo el trabajo vinculado al desarrollo urbanístico y al mantenimiento de los aludidos centros urbanos, así como al de los caminos y otras instalaciones públicas.
La segunda categoría abarcaba una extensa gama de servicios domésticos, artesanales y agrícolas. Los primeros eran desempleados por mujeres, en una considerable mayoría, pero también por hombres e inclusive niños. Entre las ocupaciones más comunes se pueden citar las siguientes: sirvientas, molenderas, niñeras, chichiguas (nodrizas), cocineras, tejedoras, carpinteros, alfareros, aserradores, ladrilleros, “tejeros”, “caleros”, herreros, pescadores, mandaderos, guardianes, porquerizos, cargadores, agricultores, tejedores, etcétera.
Así como era de extensa y diversa la lista de ocupaciones alas que se dedicaban los indios de repartimiento, los salarios variaban también en forma considerable, y de la misma manera abundaban las regulaciones generales y casuísticas que aprobaban la autoridades, como consecuencia de las frecuentes conductas ilegales en las que incurrían los beneficiarios de los servicios.

Naborías y Tamemes

En el marco amplio del régimen de trabajo que se institucionalizo antes y después de la promulgación de las Leyes Nuevas, sobresalen, por su carácter peculiar, dos clases de trabajadores indígenas, de cuyos servicios se dispuso, primero, en forma arbitraria, y después aunque no siempre de manera regular, en relación con el tributo y el repartimiento. Se trata  de los llamados naborías y de los Tamemes, que existieron desde el comienzo de la Conquista y persistieron hasta mas allá del siglo XVI.
El  termino naboría  parece ser de origen antillano, pero también fue de uso común, con connotaciones confusas y variables, por los españoles que participaron en la conquista y colonización de México y Guatemala. Designaba a una especie de sirvientes domésticos, cuyos servicios no siempre se circunscribían a los hogares establecidos por los españoles. Las naborías se diferenciaron siempre de los esclavos, en cuanto que no existía derecho alguno de propiedad sobre ellos; y, por otra parte, tampoco estuvieron sujetos al pago del tributo, lo que les excluía también del régimen particular de la encomienda. En la segunda mitad del siglo XVI, sin embargo, en Guatemala hubo casos de españoles que obtuvieron algunos de dichos trabajadores por medio del repartimiento.
“En estas islas había para los españoles dos clases de esclavos perpetuos: primero, aquellos que podían ser vendidos públicamente, como los tomados en la guerra; y segundo, aquellos que no podían ser vendidos abiertamente y que eran llamados naborías; estos se podían adquirir y vender de manera secreta y había mil argucias para hacerlo. En su lenguaje común, los indígenas llamaban naborías a los criados y a los sirvientes de la casa” (Bartolomé de Las Casa, Historia de las Indias).
Se sabe de una orden real, de 1512, por la cual se autorizo el uso de naborías a los españoles radicados en Puerto Rico, así como de las interpretaciones y prácticas que acercaban a dichos trabajares a la condición de esclavos o de indios sujetos a la encomienda, En 1531, sin embargo, en una disposición aplicable ya a Guatemala, se trato de definir con claridad la condición legal de dichos servidores, por ejemplo, se les eximio de la obligación de pagar el tributo; se determino que era necesario su propio consentimiento para servir como tales, lo cual les colocaba en una posición diferente a la del trabajo forzoso, aun cuando las circunstancias, por lo general, negaban esta posibilidad; se prohibió que los servicios implicados tuvieran un carácter perpetuo; y,  finalmente, se estableció que no estaban sujetos al régimen de la encomienda de manera alguna, y que podían escoger, con libertad, a la persona a la que prestarían sus servicios.
Alvarado y algunos de sus lugartenientes llegaron con naborías a Guatemala, en 1524 y, en algunos casos, los utilizaron como calpixques, o para ejercer algún tipo de acoso o coerción contra los indios. En Guatemala, honduras y en otros lugares del reino, los españoles concebían a los naborías como sirvientes naturales, a los cuales tenían pleno derecho para atender sus necesidades más comunes. Algunos españoles llegaron a tenerlos en cantidades cercanas a un centenar y, aun más, en situaciones de las que se derivaba no solo un servicio directo sino, además, prestigio social.
Los naborías, en general, disfrutaban de condiciones de trabajo (comida, casa, trato, etcétera) relativamente mejores que las correspondientes a los trabajadores de la construcción, a los mineros o a los trabajadores agrícolas, sin embargo, como la de estos, en la época en que se legalizo el repartimiento a partir de la segunda mitad del siglo XVI, su condición, en definitiva, era la de los trabajadores forzoso y , en la práctica, se les “repartía”, tal como se hacía en la relación los indios asignados al repartimiento de servicios personales extraordinarios.
A pesar de las regulaciones prohibitivas, los naboris eran trasladados a distintos lugares alejados de sus terruños, como lo hicieron Pedro de Alvarado y el Gobernador de Nicaragua, Francisco Castañeda, en las correspondientes expediciones que realizaron al Perú, en la década 1530. En distancias más cortas, que unían poblados del mismo Reino de Guatemala, de igual manera procedieron otros colonos y funcionarios de menor rango que el de los citados.
El uso de naborías, que persistió por muchos años en el régimen colonial, fue objeto de regulaciones específicas, aprobadas por López de Cerrato en 1549. En 1564, empero, el archidiácono de la Catedral de León (Nicaragua), Juan Álvarez de Ortega, denuncio que los encomenderos seguían utilizando naboris, junto con indios de sus pueblos de encomienda, en servicios domésticos impuestos forzosamente. En documentos referidos a los primeros lustros del siglo XVII aparecen todavía referencias y regulaciones relacionadas con los naborías, pero ya entonces el término comenzó a caer en desuso, aunque no así la relación entre patrón y sirviente, que ha subsistido hasta la actualidad.
Los tamemes, por otra parte, eran cargadores que, sobre sus hombros, transportaban una gran diversidad de bienes, a lo largo de distancias que podían extenderse entre pueblos cercanos, así como entre la ciudad de México y la de Santiago, por ejemplo. Esta clase de trabajo forzoso tuvo su origen en las sociedades prehispánicas, en las cuales se carecía de caminos adecuados y de animales de carga.
Los españoles, sin embargo, aprovecharon al máximo el trabajo de los tamemes, y contribuyeron a que empeoraran las condiciones en las que se prestaban dichos servicios. Aun cuando, a mediados del siglo XVI, se comenzó a disponer de mejores caminos  y de animales de tiro, los tamemes se utilizaron todavía por muchos años más, en condiciones realmente insufribles para los indios. En efecto, se les usaba todavía en jornada de 300 y 600 kilómetros, para el transporte de cargas que oscilaban entre las 75 y las 100 libras. Las condiciones en las que trabajaban, en las provincias de Guatemala, Honduras y Nicaragua, causaron la muerte de cientos de esos servidores de los españoles.
Las denuncias reiteradas recibidas por la Corona en relación con las condiciones infrahumanas en las que trabajaban los tamemes, obligaron a que , desde 1529, se tratara de regular tal prestación de servicios, en aspectos como las distancias permitidas, el peso de los objetos transportados, el alquiler o traspaso  de los derechos sobre aquellos cargadores, etcétera.
Las Leyes Nuevas, aun cuando aceptaron la existencia de los tamemes, impulsaron medidas para controlar el pago de los salarios, los excesos en las cargas transportadas, las distancias y otros aspectos de aquel tipo de trabajo que se imponía, por fuerza, a individuos supuestamente “libres”.
A requerimiento del segundo Presidente de la Audiencia, López de Cerrato, se autorizo un fondo real para la construcción de caminos y puentes y, de esta manera, en 1549, de Honduras y de otras partes del Reino, se reportaba ya el uso creciente de animales de carga y la consiguientes reducción en el numero de tamemes., El servicio de los cargadores, empero, no desapareció por completo durante muchos años después de la administración de Cerrato. En efecto en 1551, aun se discutía públicamente si se podía prescindir de los cargadores humanos, en una situación en la que aun se carecía de suficientes animales de carga, y en la que los españoles (uncionarios, comerciantes, hacendados, religiosos, etcétera) necesitaban trasladarse a lugares distantes.
La documentación disponible sobre Juicios de Residencia emprendidos contra Oidores de la Audiencia, como Alonso de Zorita y Antonio Mexía, así como respecto de otros funcionarios menores, e indica que el uso de indios cargadores se prolongo por muchos años.
Algunos religiosos, como Las Casa y Marroquín, denunciaron ante la Corona el uso u abuso de los tamemes, pero los encomenderos, a su vez, contestaban que los propios frailes los usaban sin interferencias. En cierta ocasión, por ejemplo, el Cabildo denuncio que un tren de 400 tamemes había llegado, de la Verapaz a Santiago, con cargas que pertenecían a los dominicos, y que tal hecho fue presenciado por los Oidores y por el propio presidente de la Audiencia.
En 1603, finalmente, el gobernador de Guatemala prohibió taxativamente el uso de los tamemes, para todo tipo de carga, dentro de los límites jurisdiccionales de la Audiencia. Tal prohibición se refería incluso a los cargadores voluntarios o a quienes trabajaran con licencias especiales. Se proscribió el transporte, sobre las espaldas de los indios, de muchos productos de consumo ordinario, como maíz, trigo, harina, ladrillos, cal, tierra, adobes, cofres, leña, zacate, madera, y muchas otras cosas que antaño habían sido transportadas por los indios cargadores. Aquella loable disposición, sin embargo, que en su momento se pregono en las plazas de los pueblos de indios y en muchos otros lugares adecuados, contrasta con la realidad de los caminos en los que pululan los cargadores indios de la actualidad, que en poco difieren de los de aquellos lejanos tiempos.

El trabajo artesanal

Los primeros artesanos llegaron en las propis filas expedicionarias que, comandadas por Pedro de Alvarado, se instalaron sucesivamente, en las afueras de Iximche, en Almolonga y, por último, en la ciudad edificada en el valle de Panchoy.
Desde el principio, los que practicaban aquellos oficios, a quienes se consideraba menesteroso o servil, fueron objeto de cierta marginación social. Sin embargo, sus servicios se hicieron tan indispensables en las huestes de Alvarado, que no solo impusieron algo estipendios y tratos especiales, sino que, con el tiempo, hasta obtuvieron encomiendas y un status que ya no correspondía a la práctica de sus oficios:
“y porque los oficiales de todo género de obras, conociendo la necesidad que de ellas tenia los que las mandaban hacer. Y como por la condición liberal que tenían no reparaban en dar todo lo que por ellas les era pedido, se había encarecido tanto, que al sastre le salía a real cada puntada que daba, y el zapatero vendía tan cara su obra que dando a otros zapatos con suela de cuero, las podía echar en los suyos de plata y el herrador hiciera siquiera todos sus instrumentos de oro, inconveniente muy grande para una República antigua, cuando y mas apara una nueva y recién fundada. Por lo cual se le dio remedio en el Cabildo que se tuvo a los doce de diciembre de este año de mil y quinientos y veinticuatro, haciendo arancel para los oficiales y señalando con justos precios lo que cada uno había de llevar por el trabajo de sus manos”. (Remesal, T.I, pagina 23)
Es de justicia reconocer que los frailes dominicos, mercedarios y franciscanos desempeñaron una paciente y continuada tarea en cuanto a la enseñanza de los oficios artesanales entre los indígenas. De esta manera, a finales del siglo XVI, ya existía un apreciable numero de indios, castas y negros, que atendían tales menesteres, bajo las regulaciones que a la sazón estaban ya vigentes. Muchos de ellos, en efecto, se ganaban la vida como carpinteros, herrero, zapateros, sastres, tejedores, etcétera.
Del aprendizaje artesanal se beneficiaron indios que tenían la condición de esclavos antes de la aplicación de las Leyes Nuevas, así como negros de la misma condición que, por distintos medios, habían obtenido su libertad. Algunos de estos se quedaron a vivir en las inmediaciones del convento de Santo Domingo, en la ciudad de Santiago y, como los indios citados, estuvieron exentos del pago del tributo, cuando menos por algún tiempo. Por estas razones, y porque además tenían pequeñas sementeras en los contornos de la ciudad, así como un cierto contacto permanente con los religiosos mencionados, a quienes se acusaba de aprovechar, en alguna medida, el trabajo de aquellos esclavos convertidos.

El trabajo agrícola y el de minas

La agricultura fue el campo principal de trabajo de los indígenas; primero, la concerniente a los productos de subsistencia, necesarios tanto para la propia población nativa como para los españoles; y posteriormente, la que comprendía los artículos de exportación. El maíz, el frijol, el chile, las calabazas, etcétera, conservaron su importancia en la dieta básica y, por consiguiente, en el trabajo de los nativos. Los colonizadores, a su vez, de manera paulatina, introdujeron otros cultivos y actividades agropecuarias, en los cuales también fue decisiva la mano de obra de los indígenas.
El trigo, la caña de azúcar, los plátanos, varias otras frutas y verduras, la ganadería, la minería, así como diversas actividades artesanales nuevas, demandaron el trabajo de los indígenas, el cual se encauso por los diferentes procedimientos forzosos y voluntarios, de los que se deponía en la sociedad colonial de la época. Muchos cultivos de autoconsumo, así como los que se dedicaron después a la exportación, eran atendidos, por los labradores aborígenes, al mismo tiempo.

El Cacao

Además del maíz, que tenía un considerable valor nutricional y una evidente connotación cultural extremadamente importante entre la población nativa, otros productos de origen americano atrajeron la atención empresarial de los españoles. Entre ellos ocupo un lugar preferente el cacao que, además de bebida ceremonial muy apreciada, se uso como moneda en muchas transacciones comerciales. Los españoles lo utilizaron en las dos formas, y después lo exportaron a Europa. Las principales regiones cacaoteras del Reino de Guatemala estaban situadas en los actuales territorios de soconusco, Suchitepéquez y el Salvador, sobre la Costa del Pacifico, y allí, por lo tanto, se concentraba una buena parte de la mano de obra indígena. El cacao sirvió, a los indios, para pagar el tributo en especial el que demandaban los encomenderos, pero también sirvió a estos para cubrir el pago de los salarios, cuando comenzó a generalizarse el repartimiento y el trabajo remunerado en general. El valor del cacao estuvo sujeto a oscilaciones derivadas de los cambios a los que estaba sujeto el régimen de trabajo, principalmente a raíz de las reformas introducidas por López de Cerrato. También incidió dicho producto en la intrincada red de las relaciones de poder, en la que, asimismo, actuaban activamente las Órdenes Religiosas, así como los diferentes sectores que se disputaban la ocupación o control de los principales territorios cacaoteras, tal es el caso de Los Izalcos y Tacuxcalco, en El Salvador, y los otros, ya citados, en la costa de Chiapas y de Guatemala, sobre el Pacifico.
El caco, en la segunda mitad del siglo XVI, se exporto, en cantidades considerables, también a México y a Perú, y de ello la Corona y los colonos obtenían pingües ganancias, aunque estas mermaban, en montos considerables, cuando la exportación se hacía de contrabando y se burlaban los impuestos respectivos.

La Caña de Azúcar

Este cultivo, que requería inversiones, clima y procedimientos de producción un tanto más especializados, no demando mucha mano de obra indígena, sobre todo cuando, por medio de las Leyes Nuevas, inclusive se trato de proteger a los indios de los efectos nocivos que aquella actividad causaba en su salud. Aun así, y a falta de suficientes negros dedicados a la actividad azucarera, se utilizaron indígenas en ingenios y trapiches localizados en varias regiones. Amatitlán, donde los jesuitas tenían grandes plantaciones de caña; Verapaz, donde los dominios eran los grandes azucareros; y otros lugares, como Sonsonate, Granada, León, Petapa, etcétera, fueron centros azucareros de importancia, que absorbieron muchos trabajadores negros, esclavos o manumitidos, pero también un volumen de mano de obra indígena relativamente importante.
El añil, la zarzaparrilla, la cochinilla, la extracción de metal en los centros mineros de Honduras, principalmente,  y la explotación de la sal, en la Costa del Pacifico, fueron otras actividades que demandaron mano de obra indígena, ya bajo el régimen de la encomienda, ya bajo el del repartimiento, e inclusive por medio de las formas contractuales que también se utilizaron en la captación de la mano de obra de los indios.

Trabajo por Contrato

Los contratos de trabajo, cuyos antecedentes más lejanos y generales pudieran localizarse en la tradición del Derecho Romano, que no era extraña en el mundo occidental del que formaba parte España, se celebraban ante un notario y en presencia de testigos que, en muchos casos, era uno de los Principales del pueblo al que pertenecía el indígena contratado. Mas importante aun, en los contratos, de los cuales se suponía que se celebraban libremente, se hacía consignar expresamente la voluntad de las partes contratantes y se establecía, asimismo, en clausulas especificas, la clase de trabajo contratado, el salario convenido, las condiciones en las que se prestaría el servicio, así como otras exigencias de las partes, para asegurar el cumplimiento de la convención o arreglo aprobado.
Muchos de los contratos aludidos, que se registraron en los Libros de Protocolos de los escribanos, que todavía se guardan, por ejemplo, en el Archivo General de Centro América (AGCA9, no pueden definirse exactamente como un instrumento para establecer una prestación forzosa de servicios, aunque no por ello carecían de la fuerza coercitiva que derivaba de su carácter legal especifico.
No se puede negar, por otro lado, que en las particulares circunstancias de la sociedad colonial guatemalteca del siglo XVI, y aun de las centurias siguientes, las partes contratantes no podían disponer de una equitativa capacidad contractual, y tampoco de la misma posición de poder que indudablemente se refleja en la factura y la ejecución de un contrato, pero ello, en mayor o menor grado, es un elemento inherente a casi todos los compromisos de tipo jurídico. En todo caso, los indígenas disponían también de los recursos legales para impugnar un contrato irregular, así como el incumplimiento, doloso o no, de este tipo de instrumentos.
Los Libros de Protocolos, a los que se ha hecho referencia antes, datan principalmente de 1570 y de los años siguientes, y se refieren a una enorme diversidad de servicios. En un caso especial, por ejemplo, un arriero fue contratado para conducir un patacho de mulas, en un viaje de ida y vuelta a la ciudad de México, con derecho a comida, bebida y un salario determinado, durante los siete meses que duraría el compromiso. Los libros citados, asimismo, contienen contratos que se refieren a servicios prestados por vaqueros, panaderos, labradores, trabajadores en los obrajes de añil, sirvientes, etcétera.
En la categoría de prestación de servicios sancionada por medio de contratos legales, se incluían los “contratos de aprendizaje”, por medio de los cuales un maestro artesano y alguien que se proponía aprender el oficio respectivo, adquirían derechos y obligaciones reciprocas, claramente establecidos en el instrumento jurídico. Esta era, sin duda, una modalidad inválida al sistema de los gremios artesanales, introducido por los españoles.

La economía colonial

La economía, generalmente considerada, se ocupa de los hechos relacionados con la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, destinados a satisfacer las necesidades del ser humano.
En el presente capitulo, sin embargo, se dedica atención solo a algunos de los factores intervienen en la producción, tales como la tierra, los bienes físicos de capital, la tecnología, la agricultura, la minería, la manufactura, el comercio y las finanzas publicas. El trabajo, que es, asimismo, uno de los factores más relevantes en los procesos de producción, ya fue objeto de análisis en los capítulos precedentes.

La tierra

Los territorios descubiertos por Colón, como se indico ya en paginas anteriores, fueron adjudicados en propiedad, por medio de las bulas Intercederá emitidas por el Papa Alejandro VI, a los reyes de España, quienes podían, además, traspasarlas a terceros, ya en propiedad, ya en usufructo. A solicitud de los primeros expedicionarios, por lo tanto, y después de presiones de muchos funcionarios reales, los reyes concedieron las primeras mercedes de tierras, pocos años después del Descubrimiento.
Inicialmente, y movidos por intereses más inmediatos, los expedicionarios se  mostraron un tanto reticentes a poblar la tierra de modo permanente. La Corona, en consecuencia, desde 1513, inicio una política de poblamiento, que incluía el derecho a un solar, a tierras de labranza y a crianza de animales domésticos. Este tipo de repartimiento de tierras se hizo por medio de “peonias” y “caballerías”, según se entregaran a un soldado de a pie, o a uno de a caballo; las primeras median 300 pues de largo por 150 de ancho, y la segundas tenían 600 de longitud por 300 de anchura. Dicho procedimiento incluía algunas exigencias especiales,  como las de ocupar y trabajar la tierra y la de no afectar la que ocuparan los indios. La facultad de adjudicar los bienes inmuebles la ejerció al principio, de  manera legal, el Ayuntamiento, pero, después de las Leyes Nuevas (1542 -1543), fue atributo de las Audiencias respectivas.
En los centros urbanos que fundaron los españoles, en cuya traza se aplico el modelo rectangular, o de “parrilla”, además de los solares urbanos otorgados a particulares para que hicieran sus casa, se establecieron los ejidos y las dehesas, que se conocían también con el nombre de “tierras de propios” y que, situadas en los alrededores del poblado, se destinaban al uso común de los vecino. De la misma manera se procedió en relación con los pueblos se indios, o “reducciones”, cuando estos fueron establecidos a mediados del siglo XVI. Antes de esta fecha, en efecto , no se regulo, de modo alguno, la propiedad u ocupación de los indios sobre sus tierras, esto último permitió una extendida practica de despojos de tales bienes, que se trasladaron, en apreciable proporción, sobre todo en las regiones cercanas a las ciudades, a algunos de los conquistadores y de los primeros colonizadores.
Los indígenas, sin embargo, tenían sus propias concepciones sobre la relación entre los hombres u la Tierra, en las cuales, a diferencia de los europeos, prevalecían los elementos culturales sobre los puramente económicos. Ello no quiere decir que se ignoraran del todo los derechos de propiedad privada, y aun los derechos comunales que ejercían ciertas parcialidades prehispánicas sobre algunas tierras, estos últimos e reconocieron por las autoridades coloniales, siempre y cuando se consumaran los trámites judiciales correspondientes. Así lo indican también las “crónicas” o “títulos” indígenas que, por lo general, se escribieron para legitimar aquellos derechos. En cuanto a la propiedad privada, principalmente se consolido la que ejercían, desde antaño, los Señores o gobernantes de los señoríos indígenas.
En las postrimerías del siglo XVI, la Corono impulso una política agraria mediante la cual se trataba de recuperar las tierras poseídas sin “justo titulo”, pero dejo abierta vía de la “composición”, que era un mecanismo legal para legitimar la posición de facto, o la ampliación arbitraria de las propiedades inmuebles. Este procedimiento, que implicaba un pago directo a la corona, permitió a esta agenciarse ingresos adicionales, los cuales le eran necesarios y respondían, de modo más directo, a objetivos de carácter mercantil. Posteriormente, la “composición” fue sustituida por la “composición” fue sustituida por la “confirmación”, la que, a su vez, equivalía a un procedimiento de legalización de los títulos de propiedad, o bien, fue reemplazada por la venta de tierras realengas en pública subasta. Ambos métodos favorecieron a los propietarios españoles, ya que se promovieron en desmedro de los antiguos derechos de los indígenas.
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En el reino de Guatemala, la tierra adquirió mayor valor en la medida en la que se comprobó la ausencia de yacimientos minerales de importancia, y la creciente demanda respectiva se canalizo por los siguientes procedimientos: mercedes reales, compraventa, donación, arrendamiento y usurpación. El primero se utilizó, de modo preponderante, después del asentamiento de la ciudad de Santiago, en Almolonga, en 1527. En forma más bien católica, pero intencionada, a tal punto que se revisó la distribución apenas un año después, la tierras circunvecinas fueron adquiridas por vecinos españoles, por el clero, y también, en forma comunal, por los indígenas.
Los dos grandes repartos iníciales de tierras, el primero hecho por Jorge y el otro por Pedro de Alvarado, provocaron protestas entre los vecinos desfavorecidos, pero el segundo se consolido finalmente. Los nuevos propietarios, inclusive varios artesanos, recibieron solares cercanos a la ciudad, los cuales estaban destinados a la agricultura y a la ganadería.
Después de la promulgación de las leyes nuevas, la concesión de tierras se extendió a varias regiones del interior del reino; por ejemplo, san Martin jilotepueque, jalapa, las Verapaces, el golfo dulce, etc. Los dominios, mercedarios y algunos religiosos individuales, como el obispo Marroquín, recibieron tierras en las cercanías de la ciudad, en Amatitlán y en otros lugares, aun a expensas de los ancestrales derechos de posesión de los indígenas.
La usurpación fue un procedimiento utilizado por muchos encomenderos para hacerse de tierras útiles en el radio de su propia encomienda, aun cuando esta institución no era, en sentido legal alguno, asimilable a la adquisición de tierras. La compraventa y el arrendamiento de inmuebles fue una consecuencia del cambio de residencia de varios colonos, a lugares distantes, como Chiapas, honduras, Nicaragua, y san salvador.

Algunas de las comunidades indígenas

Que revieron tierras en concepto de mercedes reales, después fueron víctimas de usurpaciones o composiciones promovidas por los españoles; por ejemplo, las que se produjeron en Chiquimula de la sierra, en 1676; y en Zapotitlán o las verapaces, 1692.
Los indígenas no tuvieron acceso a la propiedad de inmuebles en la misma medida y con las facilidades que disfrutaron los españoles y, en algunos casos aislados, en pueblos situados en la periferia de la capital, solo pudieron cultivar ciertas mediante el pago del “terrazgo”, una especie de cuota de arrendamiento entregada a los propietarios españoles. Los indígenas de jocotenango, por ejemplo, pagaron al obispo Marroquín un terrazgo que sirvió para fundar el colegio de santo tomas de Aquino y, posteriormente, para el sostenimiento de la universidad de san Carlos.
La iglesia, que ya en el siglo XVI era la principal latifundista del reino, obtuvo tierras por medio de mercedes reales y otros procedimientos, pero, principalmente, a través de donaciones (herencias o legados), así como por la ejecución de obligaciones no cumplidas por los deudores quienes había entregado préstamos hipotecarios, los jesuitas, dominicos, mercedarios y agustinos eran ya grandes propietarios en el siglo XVII.
En las dos primeras centurias de la era colonial, las principales unidades de producción fueron la hacienda, las tierras comunales y la pequeña propiedad. La primera se dedicaba, principalmente, a de tierras por ladinos procedentes, en gran mayoría, de los centros urbanos: la caña azúcar, al trigo, el añil y la ganadería; las segundas, al cacao, maíz, frijol y otros productos alimenticio; la tercera se destinaba al trigo, añil, caña azúcar, etc., pero con una tecnología e inversiones más limitadas.
Durante los siglos XVII y XVIII se agudizo el despejo de tierras que sufrían los indígenas  promedio de la composición, la usurpación y los otros mecanismos aludidos, en tato que aumentó considerablemente la propiedad inmueble de la iglesia y la delos colones españoles.
En el siglo XVIII, cuando el fenómeno del mestizaje alcanzaba ya proporciones considerables, se produjo una continua penetración de ladinos en las regiones indígenas, particularmente en las del Altiplano occidental, lo cual derivó en un paulatino, pero prologado e intenso, traspaso de la propiedad de importantes extensiones de tierra.  Momostenango, Quiche, Los Cuchumatanes y otros lugares han sido objeto de estudios monográficos sobre la lenta pero persistente apropiación de tierras por ladinos procedentes, en gran mayoría, de los centros urbanos.
En las postrimerías de la era colonial, la desigual distribución de la tierra se consideraba ya como un problema que obstaculizaba el desarrollo del país y, en 1810, así se hizo constar en los apuntamientos sobre la agricultura  y Comercio del Reino de Guatemala, documento que elaboró el consulado de comercio para que el Doctor Antonio Larrazábal, lo utilizara en las cortes de Cádiz, allí se señalaba, de modo especifico, que el latifundio era la causa primaria de los atrasos”  y se pedía la redistribución de las tierras comunales, de las usurpadas en agravio de los indios, de los ejidos y de los terrenos baldíos.

AGRICULTURA

 Durante los largos milenios que se iniciaron  el descubrimiento del maíz, hace unos 5,000 años, y a lo largo de los periodos clásico y postclásico de la era prehispánica y de los casi cinco siglos de  las eras colonial y republicana, hasta el presente, la economía de lo que es el actual territorio de Guatemala ha descansado básicamente en la agricultura.
Los productos agrícolas, por lo tanto, en sus distintas fases de cultivo, distribución y consumo, han mantenido una estrecha interrelación con otros fenómenos económicos y con los macroprocesos sociales en general.
Es importante reitera que el maíz, el frijol y las calabazas integran la traída agrícola en el descanso, por siglo, la dieta básica de los antiguos pobladores prehispánicos, de sus descendientes de la actualidad y, en buena medida de los estratos de la sociedad colonial y republicana. El primero de dichos productos ha cobrado tal relevancia en los campos gastronómicos, religioso, de las creencias y de las ideas en general que, en Guatemala, se ha configurado, inclusive, una particular subcultura del maíz. Inicialmente fue incorporado a la dieta de los conquistadores, hasta servir en algunas ocasiones para evitar que murieran de inanición; después de 1524, sin embargo, los indígenas trataron de controlar su distribución, como una medida estratégica de resistencia. A partir de 1539, los españoles, a su vez, intentaron desbaratar dicha estrategia, para lo cual instituyeron el cargo del juez de milpas, que era un funcionario encargado de controlar y exigir que los indígenas cultivaran el maíz y el frijol, indispensables ya para los colonos hispanos. La recolección de estos productos se canalizo por medio del cobro del tributo en especie, o por el procedimiento de las subastas públicas, controladas por el ayuntamiento, y de las cuales se beneficiaban las propias autoridades civiles y eclesiásticas, así como los colonos más importantes.
La producción del maíz sufrió una baja sensible a partir de 1570, como consecuencia de las epidemias y el consiguiente descenso de la población aborigen.    Tal situación empeoró a mediados del siglo siguiente (1660), cuando un gran número de indígenas estaba obligado a cumplir el repartimiento y laboraba en plantaciones de trigo, caña de azúcar y otros productor que entesaban mas a los españoles; y también se dedicaron en sus parcelas a la siembra de trigo y de caña de azúcar.
La dieta de los colonizadores y en una medida relativa también la de los indígenas, se amplió con otro alimentos diversos (frutas, legumbres, tubérculos); unos de origen americano, como el jocote, la anona, el zapote, el mamey, el chile, el chipilín, el beledo, l ayote, etc.; otros, de reciente introducción hecha por los europeos, como trigo, naranja, manzana, pera, durazno, lechuga, remolacha, zanahoria, rábano, y mucho más.
Según la tradición el trigo, un producto de mucha importancia en razón de los hábitos dietéticos de los españoles, fue introducido en Guatemala en 1519, por un colono de nombre Francisco Castellanos.  Este hecho fue aprovechado por el mismo Pedro de Alvarado, e un molino que un ayuntamiento de permitió instalar en el rio que bordeaba la ciudad.  Después de propagó a muchos poblados del centro y occidente del actual territorio de Guatemala (San Juan Sacatepéquez, San Martin Jilotepeque, Santa María Joyabaj, Comalapa y los mismos pueblos periféricos de la capital).  Los indios fueron obligados a dedicar tierras y trabajo al laboreo del trigo con animales, herramientas y tecnología de procedencia Europea.  De acuerdo con las nuevas tasaciones del tributo que hizo el presidente López de Cerrato en 1549, las cuales resultaron, ciertamente, un tanto más favorables para los indios, estos estaban obligados a cultivar, por aquella época, 1749 Fanegas de trigo para los españoles.
El despojo de tierras, el aprovechamiento masivo de obra de repartimiento, el abandono de sus propios cultivos de subsistencia, el pago puntual del tributo, fueron algunas consecuencias negativas que se derivaron del cultivo del trigo por los indígenas, el tanto que los hispanos recogían las mieses para su ración de ingenios y el consiguiente procedimiento de la caña fue de las más complejas e innovadoras, puesto que requería de mayores inversiones, mano de obra calificada (albañiles, herreros, carpinteros, punteros, etc.), tracción animal y en general, una tecnología más desarrollada.  Sin embargo la mano de obra no solo comprendía trabajadores  libres sino también indios de partimiento y esclavos negros.
En la provincia de Guatemala, los indios de repartimiento constituían un 30.31% de la fuerza laboral unos ingenios de azúcar, y un 61.48% en los trapiches, no obstante que esa fuente de mano de obra, en ese tipo de trabajo, estaba prohibida por la corona.  El trato de aquellos recibían, además, principalmente a manos de “mandones” y caporales negros, excesivamente despiadado.    Por esta razón, en 1680, y por presiones de la corona, la audiencia ordenó una inspección en ingenios y trapiches de importantes empresarios, tal como Francisco Antonio Fuentes y Guzmán,  Juan Arrivillada, la compañía de Jesús. Joseph del castillo. Los frailes Agustines y el presbítero tomas de Aguilar y otros más.
La producción azucarera alcanzó niveles importantes a principios del siglo XVII, más que todo para el consumo interno, porque, aunque se inició cierto flujo de exportación hacia Europa, este nunca alcanzó los altos volúmenes  registrados en las antias.  A fines de dicho siglo se producían en el reino cerca de 18,000 arrobas anuales, pero, a falta de otras regulaciones, los beneficios obtenidos por la corona se reducían al cobro de la alcabala, es decir, el impuesto relacionado con la operaciones de compra venta del azúcar.

Cultivos de Exportación

En la primera parte de la época colonial, dos productos agrícolas, el cacao y el añil, ambos de origen prehispánico, cobraron una extraordinaria importancia den la economía de la exportación.  Esto se orientó, primero, a los mercados de nueva España y Perú; y después, a los países europeos, done también tuvieron una abierta aceptación.
El cacao, que se comía en Mesoamérica como alimento y como venida ceremonial desde unos 1500 años a.C., se utilizó, adicionalmente en ciudad de moneda, y también para el pago del tributo.  En especial, estas dos últimas modalidades fueron aprovechadas por los españoles, en el marco inicial de la economía de la colonia.  Las principales zonas cacaoteras del reino de Guatemala se localizaban en Socotusco, Suchitepéquez, Guazacapán, Isalco y otras áreas del pacífico, hasta el golfo de Nicoya, en Costa Rica.  El cacao se cultivó, asimismo, en Chiquimula y en las costas de Honduras y Nicaragua, sobre el atlántico.
Aunque en la época prehispánica en el cacao estuvo ligado a un comercio extendido por las largas rutas que comunicaban centros tan importantes como Kaminaljuyu, Copan. Quirigua, Tikal y Uaxactún, después de la conquista se transportaba, por las vía marítima y terrestre, desde donde era cultivado por los indios, hasta lugares tan lejanos como México, Veracruz y Panamá.  Puesto que en primero estuvo ligado a la encomienda y después al repartimiento del comercio libre, el cacao contribuyó al enriquecimiento de muchos de los primeros colonizadores, entre los que figuraban, inclusive, funcionarios, así como integrantes de las órdenes religiosas.  Precisamente, algunos de los enfrentamientos entre dichos sectores de la sociedad colonial estuvieron relacionados con la ocupación de las área cacaoteras, con la disponibilidad de la mano de obra indígena y, finalmente, con el cobro de los impuestos de compra venta y de exportación, de los cuales se beneficiaba directamente la corona.
Otra de las posibles implicaciones socioeconómicas del cultivo de cacao fue descenso cuantitativo de la población indígena y, por consiguiente, de la mano de obra disponible en este sector.  Tal reducción demográfica fue consecuencia de clima que afectaban a  los indígenas cuando trasladaban del antillano a las tierras bajas, en las que cultivaba el cacao.  A este hecho particular, en el siglo XVII se unió, como un factor más que redujo el precio del grano producido en Guatemala, la competencia del cacao procedente de Guayaquil (Ecuador), y el contrabando que de desarrolló entorno a la comercialización interna y eterna del producto.
Muy semejante a la situación que presentaba el cultivo y comercialización del cacao, fue la correspondiente al añil o xiquilite.  Este y la cochinilla eran dos colorantes que utilizaron los indígena, desde épocas muy remotas, en la escritura el teñido de telas y la pintura de edificios y monumentos.
A mediados del siglo XVI, los españoles comenzaron a percatarse del valor comercial del añil, y no demoraron mucho en incorporarlo en los mecanismos del cobro del tributo. La corona, a su vez, tuvo noticias de dicho producto y, en 1558, solicito la correspondiente información a las autoridades coloniales. En 1571, la exportación del añil guatemalteco a España había alcanzado ya proporciones importantes. El cultivo, promovido por los colonizadores, se extendió, entonces, desde las costas de Guatemala y las de Nicaragua, sobre Océano Pacifico.
La creciente demanda que el colorante aludido alcanzó en Europa obedeció, a que la industria textilera usaba un producto semejante, denominado “pastel”, con el cual se obtenía el color azul en el teñido de las telas. Dicho producto, conocido precisamente con el nombre añil (termino derivado del árabe añil, que sig. Azul), procedía del Lejano Oriente, y su comercio estuvo, inicialmente, monopolizado por los portugueses y, después, controlado por Francia e Inglaterra. De ahí la importancia que el colorante de Guatemala adquirió en España.
La expansión de la actividad añilera tuvo los consiguientes efectos en el sistema de adquisición y tenencia de la tierra, así como en las relaciones laborales entre colonos y colonizados. En efecto, la apropiación de tierras en las costas del pacifico, por cual es quiera procedimientos posibles, los cuales incluían la “composición” y la “confirmación”, se intensificó de manera notoria. De todo ello por supuesto, también se beneficiaba directamente la Real Hacienda. Las técnicas utilizadas en los obrajes de añil, el clima que demandaba el cultivo y, sobre todo, la concentración de mano de obra en la épocas de cosecha y de laboreo, incidieron, de manera negativa, en la población indígena que, no solo abandonaba obligadamente sus propios cultivos de subsistencia, sino que, además, debía someterse al régimen de trabajo institucionalizado en la Colonia.
Las condiciones propias del procesamiento del añil eran, por cierto, extremadamente dañinas, en especial, por los trabajadores indios, según se consignó en documento de la época:
“… que en este beneficio enferma y muere mucha gente por ser tan fuerte esta hierba que de solo entrar las manos a los pies en el agua donde está la hoja cuando se a de sacar los palos o piedras con que está debajo del agua y la misma hierba se les comen y canceran las carnes; y después estando golpeando el agua se levanta un humo tan malo que penetra los sesos y causan otros daños con que se han consumido muchos indios en las partes donde se beneficia el añil”.
Los efectos perjudiciales que tuvo añilera entre los indios, los cuales culminaron en la desaparición de pueblos enteros de origen prehispánico, obligaron a esa Corona a prohibir la utilización de trabajadores nativos en los obrajes en los que se procesaba dicho producto. Se emitieron, en tal sentido, varias cédulas reales entre 1545 y 1643, en inclusive se nombraron jueces visitadores, para controlar el cumplimiento de tales disposiciones. Estas, sin embargo, nunca se cumplieron a cabalidad.
Junto con el añil o xiquilite, en el reino de Guatemala también se explotaron otros productos, tales como la grana o cochinilla, que era otro tipo de colorante extraído de una especie peculiar de insectos que se reproducían en las napoleras; y también plantas y raíces medicinales como la zarzaparrilla, la caña fistula, bálsamo, etc. Algunas de éstas se exportaron a Europa en cantidades menores y la última de las mencionadas, el bálsamo, además de utilizarse como medicamento, se incorporó mediante autorización contenida en una bula papal, en el ritual de la Iglesia Católica asociado a la administración de los sacramentos en la extremaunción y la confirmación.
La cochinilla proporcionaba un tinte de color púrpura, también usado por los indígenas, desde la época prehispánica, en el teñido de sus telas. El interés de los españoles en este producto data de 1573, cuando el Presidente Pedro de Villalobos recomendó    a la Coona que se incrementara la producción respectiva, con el objeto de aumentar y facilitar, asimismo, el cobro del tributo de los indios. Villalobos recibió la autorización correspondiente y, en 1575, la exportación de grana a la metrópoli mostraba ya un ascenso notorio que, sin embargo, nunca alcanzo, una considerable importancia económica.
El añil y la ganadería predominaron en la economía colonial durante el siglo XVIII, aunque no se desatendieron por completo, los otros cultivos citados antes, y algunos más, como el tabaco, el achiote, el algodón, etc., que se incorporaron en los procesos de producción, para el consumo interno y externo.
Con el transcurso del tiempo la tecnología y los volúmenes de producción relacionados con la agricultura mejoraron ostensiblemente, pero, por otro lado, al crecer la población se agudizaron, los problemas sobre la aprobación y las disputas de tierras. Finalmente, tal como ocurrió en el caso específico del añil (que fue sustituido por las anilinas o tintes sintéticos), el contrabando, la industria masiva, así como la competencia de otros centros fabriles, fueron algunos de los factores que incidieron negativamente en la economía colonial.
En la exportación y comercialización de los principales cultivos era notaria la relación de dependencia de las provincias respecto de la ciudad de Guatemala.

La minería.

Con el trasfondo socioeconómico de la España de entonces, los primeros expedicionarios y colonos desbordaban sueños de fáciles riquezas deslumbrantes. No solo se trataba de recuperar, con holgados excedentes, los dineros invertidos, magros o cuantiosos como fueran, si no ascender en la escala social, para asegurar futuros más promisorios. Por ello, al principio, antes que la tierra u otros recursos cualquiera, los metales preciosos, en especial el oro, alumbraban los caminos potenciales para alcanzar aquellos objetivos.
A medida que se amplió el horizonte del nuevo mundo, cuando ya las palabras México, Perú, potosí, costa rica, el dorado, tenían fuertes connotaciones metálicas, los recién llegados al  Reino de Guatemala comprobaron que aquí la riqueza mineral no tapizaba los suelos, ni espesaba las aguas de los ríos. No obstante, casi de inmediato, se entregaron a la búsqueda afanosa de las vetas o de las arenas refulgentes.
Apena, superado el fragor de las primeras batallas, el mismo Pedro de Alvarado y sus acompañantes de más rango ordenaron el lavado de oro en los ríos próximos a Iximché, a Santiago y otros poblados. Los esclavos hechos en la guerra, así como los primeros indios “repartidos”, fueron ubicados en los lavaderos auríferos o en las pocas minas conocidas. A un  aquello que, por su condición o por las circunstancias, se tenían por vasallos libres del rey español, resistieron la ansiedad de los buscadores de los metales preciosos. Los señores cachiqueles dejaron constancias en el memorial de Sololá: “durante este año 1530 se impusieron terribles tributos.  Se tributó oro a Tunatiuh, se le tributaron cuatrocientos hombres y cuatrocientas mujeres para ir a lavar oro”.
En el primer juicio de residencia, al que se le sometió en México, el 5 de julio de 1529, se obligó al conquistador d Guatemala a rendir cuentas del oro y de la plata que, después de pagar el quinto real, según su propio testimonio, recaudó y fundió en los territorios por él sometidos.
Aquella búsqueda afanosa barco también los territorios actuales de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Chiapas y Guatemala.  Mas en esta última provincia, Alvarado encabezó a aquellos que cortaron la mejor tajada.  En el testamento que el Obispo Marroquín hizo a nombre del Adelantado de Guatemala, quedó un registro significativo.
“dejó muchos esclavos sacando oro en las minas de lo cual llevó muchas carga para su ánima… dejó por libres a todos los indios esclavos, hombres y mujeres, y su hijos, que así andan a sacar oro  por el dicho Adelantado, y desde ahora todos sean libres para siempre, con el aditamento y condición que saquen oro para pagar las dichas deudas que el dicho Adelantado debe y dejo… y en él entre tanto que saquen oro sean muy bien mantenidos y curados, tratados y doctrinados en las cosas de nuestra santa fe católica, todo a costa del oro que sacaren, hasta tanto que se paguen la dichas deudas… Mando que los dichos esclavos saquen oro en las minas, una demora que corre desde 1 de octubre hasta San Juan, y que el dicho oro que así sacaren se reparta entre los hijos del dicho Adelantado”.
El oro y los otros metales preciados se recaudaron por  medio del trabajo forzoso, de los tributos, y por cuanta manera fuera posible. En carta enviada al rey Carlos I, el 6 de marzo de 1524, el capitán Gil González Dávila relataba un hecho curioso: “llegué a un cacique que se llama Nicoya, el cual me dio de presente 14000 castellanos de oro… Cuando me partí me dijo el cacique que, pues ya él no habría de hablar con sus ídolos que me los llevase, y me dio seis estatuas de oro de grandura de un palmo”.
El mismo González Dávila desde Española hizo después un cuantioso envió de oro, en cinco “naos” que surcaron el Atlántico en ruta de retorno. El Tesoro Real, Andrés de Cereceda, compañero de González Dávila, dejó un recuento detallado del aquel oro, que, reducido a pesos y en forma de hachas y cascabeles, había sido objeto de “rescate” en la parte sur de la América Central. Por su abundancia en objetos del valioso metal, Costa Rica se llamó así desde entonces, pero de tal fama participaban también Panamá y Colombia.
Otros muchos lugares específicos, en los cuales se recaudó oro, plata, plomo, hierro y otros minerales, en montos y calidades distintos fueron los siguientes: KOPAN, GOASCORÁN, YUSCARAN, CHOLUTECA, Gracias a Dios o cotepeque (en Honduras); Atitlán, Nevaj, Joyavaj, Santiago Zamora, San Juan y San Pedro Sacatepéquez, el valle de jilote pequé y Chiquimula (en Guatemala); Metapa, Ciguate guacán, Naozalco, Chilchuapa (en Salvador).
Las mejores minas que se descubrieron a mediados del siglo XVI, eran las de Tegucigalpa, Comayagua y Ocotepeque, en Honduras; las de las Segovia en Nicaragua; y Huehuetenango, en Guatemala. En todos los lugares citados el trabajo se hacía, al principio, por medios rudimentarios, como la trituración y la fundición, que después se perfeccionaron mediante el uso del azogue o mercurio, transportado desde el Perú, a partir de 1566.
A raíz de promulgación de las leyes Nuevas se prohibió, in que se cumpliera la utilización de trabajadores indígenas en las minas, consecuentemente, se incorporaron los primeros contingentes negros en dicha actividad.  El 16 de agosto de 1618, en efecto, arribó a Trujillo un barco cargado de esclavos africanos, destinados a las minas de Tegucigalpa; dos navíos más, con igual “carga”, llegaron el 4 de septiembre de 1620, pero el ayuntamiento de Guatemala protestó porque aquellos negros “eran más de los que necesitaban”.
Huehuetenango fue una región minera importante en los inicios de la época colonial, en la que resultaba favorable el entorno ecológico y la disponibilidad de mano de obra indígena.  Fuentes y Guzmán relata el caso anecdótico del español Juan de Espinal o espinar, que , cuando descansaba en un recodo del camino, vio casualmente una lumbre que se encendía al pie de un árbol de pino y descubrió, además, que unas piedras irradiaban fuego, tal si fueran brasas, y que, al enfriarse, cuajaron como piezas de plata.  Seguidos los trámites del caso, Espinar registro y exploto aquella rica veta, de la cual” obtuvo grande opulencia para pasar a España, dejando cubierta la labor principal de los metales acerados, con ánimo de volver a gozar lo que dejaba”. Las crónicas aluden a otro caso semejante el de un cura de Cuilco, que descubrió una mina de oro en el pueblo de Motosintla. Allí, después de que el fiscal de la iglesia le mostro una pepita de dicho metal, los caciques a su ruego e instancias le llevaron al yacimiento con los ojos vendados y a condición de que solo dispusiera del metal que podía cargar con sus manos, para destinarlo a las sobras de la iglesia y otras necesidades.
En general,  y pese a la relativa pobreza mineral de la región, la minería produjo caudales apreciables a sus dueños y a la Hacienda Real.   Contribuyó, asimismo al desarrollo de la orfebrería, predominantemente la de carácter religioso, la cual alcanzó niveles apreciables en cantidad y calidad artística.
La extracción de metales preciosos indujo a la Corona a fundar en Guatemala una Real Casa de  moneda, lo que se hizo por medio de cédula de 20 de enero de 1731.  Ello tuvo efectos positivos en la economía general de la Colonia, sobre todo porque  la explotación minera aumentó, relativamente, durante los siglos XVII y XVIII,  gracias al descubrimiento de nuevos yacimientos; a ciertos incentivos estatales,  como la reducción de impuestos y controles; y a una simultánea política de supervisión, para evitar la explotación ilegal, el contrabando y otros vicios semejantes.

Comercio

El descubrimiento de América estuvo legado a las relaciones comerciales entre Europa y el lejano Oriente; de ahí la importancia que, en su propio contexto mercantil, España concedió el intercambio de bienes a través del Atlántico.  Este interés inicial se tradujo de inmediato, en la necesidad de trazar lineamientos políticos, administrativos y otros, que aseguran los beneficios económicos que representaba la ampliación del imperio a las tierras del Nuevo Mundo.
En relación con el comercio, que fue sin duda una de las columnas centrales de régimen colonial, entre aquellas primeras medidas de gobierno estuvo la organización de la casa de contratación, con sede inicia en Sevilla, cuya fundación se aprobó en 1503,  y sus estatutos, en 1510.  Se le concibió como el agente fiscal y comercial de la Corona, aunque después se le asignaron otras funciones colaterales, como la de investigación en los campos de la navegación y la cosmografía.
Durante varios años, las relaciones comerciales con las colonias estuvieron centralizadas en Sevilla, con excepción de ciertas actividades que se canalizaban por los puertos de Cádiz y de san Lucas. La Casa de Contratación por lo tanto, acrecentó su actividad, al punto de que, a finales del siglo XVII, cuando el régimen colonial estaba ya bien cimentado en América, era un órgano de gobierno de enorme relevancia. Se le traslado a Cádiz, cuando ese puerto sustituyo a Sevilla para la salida y llegada de las flotas indianas.
A lo largo del siglo XVI, el comercio entre España y América se hiso por medios de flotas de barcos protegidos adecuadamente, ya que la acción depredadora de los piratas y corsarios, respaldos por Inglaterra, Holanda y Francia, afectaba la comunicación entre la metrópoli española y sus posesiones coloniales. En 1561, el tráfico comercial se hacía sólo en primavera y en verano, en sendas flotas que, en la Antias, se dividían, ya que unas se dirigía a Veracruz (México) y al golfo de Honduras, y la otra hacia Cartagena de indias y puerto bello (Panamá).
Durante los siglos XVI y XVII, el Reino de Guatemala mantuvo relaciones comerciales, legales e ilegales, con España, Nueva España, Perú, Nueva Granada, Filipinas, Inglaterra y Francia. Para ello, se utilizaban atracaderos de Puerto Caballos y Trujillo, en Honduras; Bodegas Golfo, en Guatemala; San Juan y el Realejo, en Nicaragua; Matina, en Costa Rica; y acajutla, El Salvador. La comunicación terrestre se hacía por rutas agrestes que unían puertos y poblados importantes, en las cuales las mercaderías se transportaban por tamemes o por vestías mulares.
El sistema de lotas, sobre todo cuanto éstas, a partir de 1633, carecieron de la protección armada, ocasionó periódicas carencias de mercancías europeas en Guatemala, ya que los barcos no llegaban todos los años.

Bienes de intercambio

Algunos de los productos exportados por Guatemala, que obligadamente pasaban por Sevilla primero y después por Cádiz, incluían añil, zarzaparrilla, palo de Brasil, cochinilla, azúcar, cueros de reses, bálsamo y, por supuesto, metales preciosos, como oro y la plata. De vuelta, los barcos traían vino, pasas, aceitunas, aceite, higos, paños, lino, hierro, mercurio, etc.
El comercio alcanzó sus niveles más altos a principios del siglo XVII, y comenzó a declinar a mediados de la década 1620, en un descenso que se agudizó en el decenio siguiente. Las causas de esto último estaban vinculadas a una crisis de todo el sistema, del comercio intercontinental y colateralmente, a la acción de los piratas en el Caribe.
Con el fin de superar las dificultades en cuanto al aprovisionamiento y circulación de mercancías necesarias o rentables, en las últimas décadas del siglo XVI y primeras del siguiente, el comercio centroamericano se canalizo por Granada (Nicaragua) y, sobre todo, hacia puerto bello y Cartagena, desde matina (Costa Rica).

Comercio con otras….

A lo largo del periodo colonial, Guatemala mantuvo un intercambio comercial, casi permanente aunque no siempre legal, con naciones como la Nueva España, Nueva Granada, Perú y, de manera indirecta, Filipinas y otros Países del Lejano Oriente.
Con México tal tipo de relaciones se remonta a la época prehispánica, pero, en el periodo colonial, ellas fueron más regulares y expeditas. La comunicación se hacía por medio de un camino que bordeaba Los Cuchumatanes, y por otro que atravesaba la Boca costa del Pacífico. En ocasiones se utilizaba la vía marítima, en ambos océanos.
Los novohispanos, o mexicanos como más comúnmente se les llamaba, adquirían cacao, añil, vainilla, achiote, etcétera, en las regiones de Soconusco, Suchitepéquez, Izalco, y otras del Reino de Guatemala. A cambio, surtían a los mercados situados al sur de sus fronteras, con telas u otros productos de origen europeo.
A mediados del siglo XVI, la sola región de Suchitepéquez exportaba unas 200,000 cargas de cacao (cada carga equivalía a 24,000 almendras) a México. Este particular comercio fue objeto de regulaciones especiales, orientadas a conseguir un equilibrio económico interregional. En 1576, por ejemplo, la Corona exigió una licencia de exportación y un impuesto del 5%, en relación con el cacao que salía de Suchitepéquez hacia Nueva España.
A la zaga de sus intereses, los comerciantes, en algunos casos, se trasladaron a vivir a pueblos cacaoteros, como Izalco, en San Salvador, pero ello ocasionó roces y conflictos con los encomenderos de la zona. De esta cuenta, en 1553, la Audiencia ordenó que los comerciantes abandonaran los pueblos de indios de aquella área, y que se trasladaran a la Villa de Sonsonate. Desde Acajutla, por otra parte, se comercializó cacao hacia México y Perú, pero, a veces, el tráfico caía en los linderos del contrabando, o se hacía en competencia desleal con el grano de Guayaquil.
El comercio con Perú se intensificó durante los siglos XVII y XVIII, hasta el punto de que la moneda llamada perulera, precisamente por su procedencia, circuló con amplitud en Guatemala. Los productos centroamericanos llegaban hasta Quito, Lima y Arequipa. El intercambio con Filipinas, en cambio, se hacía indirectamente, por medio del Galeón de Manila que, en la última parte del siglo XVI, conectaba esta ciudad asiática con Acapulco.
Guatemala, por lo tanto, como las otras colonias americanas, comerciaron simultáneamente con varias naciones, ya de modo legal, ya en forma ilícita, pese a los esfuerzos de España por canalizar todo el tráfico de mercancías a través de las casas comerciales y los controles oficiales de Sevilla.
Además del comercio externo, Guatemala desarrolló una intensa red de intercambio, que conectaba la ciudad de Santiago, el Corregimiento del Valle y las principales ciudades y poblados provincianos, así como también los pueblos de indios. En este sistema interno desempeñaron un papel importante los mercados, las ferias, el tiánguez (mercados tradicionales de los indígenas); también las tiendas y tabernas, y los “abastos”. Por medio de estos últimos, que no eran sino concesiones privilegiadas, se administraba la comercialización de importantes productos, como los cereales, la carne, etcétera.
El panorama del intercambio comercial esbozado anteriormente, se modificó, de manera drástica, en el siglo XVIII. Las principales causas de ello fueron la autorización del libre comercio, la reforma del sistema de impuestos, el fortalecimiento de la Real Hacienda, la reducción del poder de la Iglesia, la defensa militar de las costas americanas, y la instauración del Régimen de Intendencias. A finales del siglo citado se estableció el Real Consulado de Comercio de Guatemala, cuyas funciones eran las de estimular la producción, promover el comercio, desarrollar la infraestructura, y afirmar la justicia en las cuestiones mercantiles. En mucho se lograron estos objetivos en la última parte del período colonial, pero también persistieron viejos problemas, como el contrabando, la especulación, la explotación inicua de la mano de obra indígena y otros más que tuvieron efectos disociadores en una sociedad de corte colonial, pero que se hacía cada vez más grande y más compleja.

La Real Hacienda

El régimen hacendario, o sea, las finanzas públicas de la Colonia, reflejaron necesariamente las características sociales y políticas de la organización y funcionamiento del vasto imperio español.
En la administración de los recursos económicos en general, jugaron un papel decisivo la Corona, en primer lugar, como propietaria soberana de las tierras y riquezas del Nuevo Mundo; la Casa de Contratación, encargada de la administración y el tráfico de dichas riquezas; y, finalmente, la oficialidad o burocracia real, que fungía en las posesiones coloniales y, en especial, en los centros de poder económico.

Los ingresos reales

Como en todas las Indias, en Guatemala la política fiscal descansó en dos tipos de impuestos: los fundamentales o regulares y los complementarios. Los primeros comprendían los siguientes: quinto real, almojarifazgo, tributo, diezmo y alcabala. Entre los segundos figuraban los estancos, oficios vendibles, empréstitos, derramas y penas de cámara.
El quinto real consistía en la quinta parte (20%) que cobraba la Corona sobre el valor de los productos minerales y piedras preciosas que explotaran los colonos. Este impuesto fue oportunamente reducido, a un 10% y hasta a una doceava parte, con el objeto de estimular tal actividad económica, y evitar la evasión impositiva.
El almojarifazgo era el impuesto que se pagaba por la importación y exportación de todo tipo de productos, y equivalía, respectivamente, al 5% y al 2.5% del valor de dichos bienes.
El tributo consistía en una cuota anual que pagaban los súbditos del rey, en señal de su simple calidad de vasallos. En Guatemala, lo pagaron los aborígenes, desde la época prehispánica, a los jefes de sus respectivos señoríos, y después a la Corona o a los encomenderos.
El diezmo, teóricamente, era un aporte equivalente a la décima parte del valor de todos los bienes adquiridos o comercializados en el Nuevo Mundo, el cual debía entregarse a la Iglesia Católica. En 1501 se estableció que la Corona, cuyos representantes hacían el cobro correspondiente, tenía derecho a retener dos noveno de la mitad de tal impuesto. En 1578, cuando se impuso a las transacciones relacionadas con el añil, se incrementó la recaudación del diezmo. Una parte de éste se utilizaba en la construcción de iglesias y hospitales. En 1533 se eximió de este impuesto a los indígenas, pero existen referencias acerca de que en alguna época se les cobró, especialmente en el siglo XVIII.
La alcabala era un impuesto del 2%, que recaía sobre el valor de todas las operaciones de traspaso, contratos y compraventas, y que también afectaba las herencias y donaciones. De este gravamen estaban exonerados los indígenas.
Los impuestos complementarios incluían los siguientes: los estancos, que se referían al monopolio de la Corona, respecto de la fabricación y comercialización de determinados artículos (sal, mercurio, naipes, pólvora, tabaco, papel sellado, aguardiente y nieve); las Bulas de la Santa Cruzada, o sea, un aporte que permitía a los fieles comprar indulgencias (perdón de los pecados), a título propio o ajeno; la venta de cargos públicos, tanto civiles como eclesiásticos, los cuales se compraban en España o en la Colonia, según la jerarquía del puesto; los donativos forzosos impuestos por la Corona a los súbditos; las derramas, que eran contribuciones ocasionales destinadas a emergencias, como terremotos, a trabajos públicos, o a servicios personales inmediatos, necesitados por los gobernantes o las tropas; las penas de cámara se referían a los ingresos provenientes de multas impuestas por delitos diversos.
Los egresos de la Corona y de las autoridades coloniales cubrían una extensa gama de recursos destinados a gastos administrativos, guerras, obras públicas y servicios de índole muy extensa y variada. Una parte importante de la política fiscal fue la organización monetaria que, a partir de 1731, quedó a cargo de la Casa de Moneda. Los medios de cambio, o monedas, más comunes a lo largo de la época colonial, fueron los siguientes: el cacao, de uso prehispánico; las piezas rústicas de oro, llamadas “pesos de oro de minas”; las rajas de plata; las monedas acuñadas de este mismo metal; los pesos “peruleros” procedentes de Perú; el peso de plata, o “peso fuerte”; los reales; la moneda “macuquina”, o “macacos” (piezas rústicas traídas de México o Perú); los cuartillos, etcétera.

Importancia social de la población

El volumen, el crecimiento o decrecimiento, la distribución, la evolución en fin, de una población identificada con una sociedad cualquiera, tienen una importancia decisiva en los procesos generales que corresponden a dicha sociedad. Esa importancia no se reduce sólo a cuestiones cuantitativas, o de espacio simplemente, ya que se vincula también a formas de conducta, a actividades económicas, a organización de grupos particulares, a creencias e ideas, a normas, y a muchos otros aspectos de la vida en sociedad.
Respecto de la sociedad guatemalteca de la Colonia, por ejemplo, indiscutiblemente resultan relevantes preguntas como las siguientes: ¿Qué clase de gente conformó esa sociedad? ¿Cuáles fueron las transformaciones cuantitativas y cualitativas que experimentó? ¿Qué tipos de grupos la integraron? ¿Cuál fue la distribución de las personas en el espacio? A éstas podrían agregar- se muchas interrogantes más, cuya respuesta objetiva ayudaría a entender no sólo la sociedad de la época, sino también la del  presente, de la cual aquélla es un antecedente más o menos inmediato.
En 1524, cuando llegaron los españoles a lo que después fue el Reino de Guatemala, la región estaba poblada por conglomerados aborígenes, que participaban de semejanzas y diferencias fundamentales, en la medida en la que tenían algún tipo de contactos, o un ancestro común.
En relación con el número de aquellos habitantes se alude a cifras que oscilan entre 200,000 y dos millones, e incluso cantidades mucho mayores, de hasta 50 millones, y aún más. Sin embargo, no hay certeza alguna sobre el monto total de la población que vivía en el istmo centroamericano antes del arribo de los europeos.
En relación con el territorio actual de Guatemala, la fuente más aceptable de la que se dispone es la tasación de los tributos, hecha por Alonso López de Cerrato, quien gobernó de 1548 a 1554. Según el número de indios tributarios y de las personas vinculadas a éstos, en una proporción de 5.1 a 6.1, se ha estimado que, en aquellas fechas, había un total de 428,500 habitantes, aunque también se han sugerido cifras mayores, de hasta 475,000 moradores.
Los cálculos anteriores, sin embargo, no resultan del todo fiables, por las siguientes razones: no incluyen absolutamente todos los poblados, como tampoco los indios que se fugaban a los montes; excluyen la enorme cantidad de muertes que ocasionaron las enfermedades introducidas por los españoles, y contra las cuales los nativos no tenían defensas naturales. A partir del contacto con los europeos, dichas enfermedades (viruela, sarampión, tifus, peste bubónica, etcétera) causaron una verdadera catástrofe demográfica, lo que hace pensar que, alrededor de 1519-1520 (antes de la primera epidemia), el actual territorio de Guatemala pudo haber estado ocupado por cerca de 1.7 millones de habitantes.
Algunas de aquellas enfermedades, como la llamada kumatz ogukumatz, se incorporaron al léxico, al sufrimiento, y a los registros históricos de los nativos, entre estos últimos, el Memorial de Sololá:
“He aquí que durante el quinto año apareció la peste ¡oh hijos míos! Primero se enfermaban de tos, padecían de sangre de narices y de mal de orina. Fue verdaderamente terrible el número de muertes que hubo en esa época… De ninguna manera podía la gente contener la enfermedad… Después de haber sucumbido nuestros padres y abuelos, la mitad de la gente huyó hacia los campos. Los perros y los buitres devoraban los cadáveres. La mortandad era terrible”.
            Además de los efectos de las enfermedades, la guerra tuvo los propios; así como el maltrato y los trabajos forzados, cuyos resultados dieron pábulo a lo que se conoce como la “Leyenda Negra” contra España. La muerte de hombres y mujeres en edad madura, y de niños, causó un notorio descenso en las tasas de natalidad; inclusive, no ha faltado quien aluda a una actitud de “desgano vital”, o sea, de frustración total ante las expectativas de la vida, aunque este último argumento contradiga la permanente resistencia de los indios, violenta o pacífica, que también ha recogido la Historia.

De los españoles que migraron

A raíz del Descubrimiento, uno de los primeros problemas que se presentó a la Corona fue el de determinar quiénes podían viajar a las Indias. En el primer viaje de Colón se autorizó el reclutamiento de algunos prisioneros; después se hizo lo mismo con otros condenados, a quienes así se conmutaba la pena; pero, en 1505, se prohibió el traslado de todos aquellos que tuvieran malos antecedentes.
            Casi desde el principio, sin embargo, se excluyó expresamente a los judíos, a los moros y a los conversos; pero, alrededor de 1510, se aprobó una política más abierta, aunque reducida todavía a los originarios de los reinos de Castilla y de León. Poco tiempo después se autorizó la emigración de españoles sin excepciones, e inclusive se permitió, con autorización especial, la trasportación de negros.
            Entre los primeros migrantes, en general, no figuraban nobles, sino más bien hidalgos jóvenes, que buscaban aventuras y fortuna. Pronto se sumaron marineros, religiosos, comerciantes, criados, pero los artesanos y labriegos aún eran muy escasos. Hasta en 1518, precisamente Las Casas propuso que se poblara con labradores y, en 1519 la Corona trató de impulsar dicha propuesta, la que no cuajó, sin embargo, porque ya los colonos comenzaban a trasladarse a Tierra Firme, en desmedro del poblamiento de las islas antillanas.
            Ante la necesidad de controlar los territorios descubiertos, la Corona decidió “fundar” y “poblar”, lo que significaba edificar ciudades, con población concentrada, para lo cual se ordenó el reparto de solares. En la primera etapa de la empresa descubridora, en las Antillas, participaron unos 300 españoles, pero, en 1502, cuando comenzó la verdadera colonización, ya habían llegado a La Española cerca de 2,500 migrantes y, en 1559, el total de la migración ascendía a 27,787. En el Catálogo de Pasajeros a Indias se registraron sólo 15,480, en el período de 1509 a 1559, pero allí no se incluyó nunca la emigración fraudulenta. Se calcula que, en 1600, el total de migrantes era de 54,881, aunque también se han presentado cifras que se aproximan a 200,000.
            En cuanto a la procedencia de los migrantes, las estadísticas conocidas indican las siguientes regiones: Andalucía y, en particular, Sevilla (36%); Extremadura (16.4%); Castilla la nueva (15.6%); y Castilla la Vieja (14%). En el siglo XVII aumentó la emigración de Cataluña y de la Vascongadas. En el Catálogo de pasajeros se señala un 5.6% de licencias otorgadas a mujeres, pero, después de la conquista aumentó el porcentaje de casadas que resolvieron trasladarse a las Indias.
Las cifras generales anteriores, sólo en forma relativa pueden aplicarse a lo que fue el Reino de Guatemala, sobre el cual se carece de información  específica. Se sabe, tan sólo, que en Costa Rica se establecieron 88 “familias fundamentándolas” y que, en general, éstas casi no dependieron de la mano de obra indígena y constituyeron, en cambio, un núcleo inicial de empresarios, atenidos a su propio trabajo, lo que, a veces, se ha utilizado para explicar los orígenes remotos de la democracia en dicho país.

La Fundación de poblados

Con el propósito de afirmar su dominio directo y disminuir el que detentaban los jefes de conquista, la Corona ordenó la fundación de poblados en los territorios conquistados. En el Reino de Guatemala se comenzó en la primera mitad del siglo XVI, pero tal política, con alzas y bajas, continuó en los años posteriores y estaba ya consolidada en la siguiente centuria.

Ciudades y villas

Los términos de ciudad y villa se usaron para designar a los centros de españoles, según el tamaño de los asentamientos; y el de pueblo o poblado, para llamar a los habitados por indígenas. Ello respondía a la concepción de las “repúblicas” separadas, inclusive desde el punto de vista espacial o geográfico. Con el tiempo, sin embargo, las ciudades más importantes adquirieron un carácter multirracial.
            Las urbes principales a finales del siglo XVI, de las cuales cada provincia tenía una o dos, eran, sin duda, importantes focos de poder económico, político, religioso y cultural, etcétera, Su vida giraba en entorno a los cultivos o actividades económicas más relevantes (cacao, añil, minería). En aquella época ya destacaban ciudades como Santiago de Guatemala, que era la capital del Reino; Ciudad Real, en Chiapas; Comayagua y después Tegucigalpa, en Honduras; San Salvador y la Villa de Sonsonate, en El Salvador; León y Granada, en Nicaragua; además de otros centros menores, ubicados en las distintas provincias. A lo largo del citado siglo XVI se fundaron en el Reino unas 50 ciudades y villas, de las cuales sólo perduró una veintena, aproximadamente, En todas se aplicó el trazo en damero o cuadrícula.

Centros urbanos en la Provincia de Guatemala

La primera ciudad fundada en el actual territorio de Guatemala, lo fue sólo de manera simbólica, en Iximché, el 27 de julio de 1524. Se le llamó Santiago de Guatemala, pero nunca fue trazada a la manera española. Casi de inmediato, y como consecuencia de rebelión de los Kakchiqueles, adquirió un carácter itinerante, con las características propias, más bien, de un campamento militar. En estas condiciones, primero estuvo en Xepau (Olintepeque, Quetzaltenango), y después en Chijxot (Comalapa, Chimaltenango). Su primer asiento permanente lo tuvo en Almolonga o Bulbuxyá, donde se fundó, por Jorge de Alvarado, con las formalidades legales del caso, el 27 de noviembre de 1527:
“Asentad escribano que yo, por virtud de los poderes que tengo de los gobernadores de su Majestad con acuerdo y parecer de los alcaldes y regidores que están presentes, asiento y pueblo aquí en este sitio la ciudad de Santiago, el cual dicho sitio es término de la provincia de Guatemala”.
            Después de la muerte de Pedro de Alvarado, ocurrida en México, y cuando doña Beatriz de la Cueva (“la sin ventura”, como ella firmaba entonces) desempeñaba la Gobernación, conjuntamente con su primo Francisco de la Cueva, la noche del 11 de septiembre de 1541 la ciudad fue destruida por una grande inundación, provocada por lluvias torrenciales y un deslave que descendió del Volcán de Agua. A raíz de la muerte de doña Beatriz, en aquella noche trágica, el gobierno se ejerció, también conjuntamente y de modo provisional, por el Obispo Marroquín y el ya citado Francisco de la Cueva.
            El mismo año 1541, la ciudad se trasladó al valle aledaño que los indígenas llamaban Pancán o Panchoy, y los españoles, Valle del Tuerto. Allí estuvo hasta 1773, año en el que fue destruida por los terremotos de Santa Marta. De ese sitio, de nuevo fue trasladada, en 1776, al Valle de la Virgen, o de La Asunción, donde todavía permanece.
            A principios del siglo XVII, Santiago tenía 500 vecinos españoles y un número semejante de indígenas, ladinos y “castas”. Puesto que, según cálculos aceptables, cada vecino era jefe de una familia de cinco personas, se supone que había un total de 5,000 habitantes, en 1700, esta cifra había ascendido a 30,000.
            El cronista Fray Antonio Vázquez de Espinosa describió cómo lucía la ciudad de Santiago en 1620:
“Las calles bien trazadas y derechas, tiene la plaza principal que es muy buena y cuadrada, en el ángulo que está al noroeste está la Iglesia catedral… En el mismo ángulo las casa obispales. En el otro ángulo que está casi al sur, están las casas reales, muy grandes y capaces… Enfrente de este ángulo de las casas reales casi al norte, es el otro todo de portales de muy buena fábrica, en éste están los escribanos y algunas tiendas de mercaderes. El otro ángulo que está enfrente de la Iglesia catedral es también de portales, todo de muy buena fábrica, en el cual hay mercaderes y otras tiendas de pulperías, a un lado de la plaza hay una fuente de agua muy buena, de donde se provee mucha parte dela ciudad, aunque muy abastecida de ella…”.
            En Panchoy se distribuyeron los solares en barrios, ubicados según la importancia de los vecinos. Además, se señalaron los lugares asignados a los indios que habían llegado “en seguimiento a los indios que habían llegado “en seguimiento de los españoles”, es decir los tlaxcaltecas, mexicanos, utatlecos y guatemaltecos. Por cierto, las autoridades siempre recelaron de los indios citadinos, y fue constante el temor de posibles levantamientos.
            Algunas de las ciudades y villas fundadas en la Provincia de Guatemala, así como en otras partes del Reino, representaron sólo intentos frustrados de edificación, tal como ocurrió en Mixco, en el Llano de la Culebra; en Verapaz, donde el Alcalde Mayor, Martín Alonso Tovilla, fundó la Villa Toro de Acuña, de muy corta vida. Otras fundaciones fallidas fueron la de Nueva Sevilla (1543), situada a orillas del Río Polochic, y abandonada por presión de los dominios, que defendían dominios exclusivos en la zona; y también la de Monguía o Munguía que, en 1568, se estableció, por poco tiempo, en las márgenes del Lago de Izabal.

Los pueblos de indios

Las “reducciones” o congregaciones, por las cuales se establecieron pueblos de indios, se impulsaron, inicialmente, por religiosos, como el propio Obispo Marroquín. Las gestiones comenzaron en 1538, pero sólo fueron atendidas en 1544, cuando el Rey ordenó “recoger” y “juntar” a los indios, en pueblos delimitados y con autoridades propias. Se comenzó en Patinamit, o sea, Tecpán Guatemala, la sede principal de los Kakchiqueles, y se continuó con Chimaltenango, Comalapa, Atitlán, Tecpán Atitlán (Sololá), San Miguel Totonicapán, Quetzaltenango, etcétera. San Raimundo Las Casillas y Santo Domingo Xenacoj se fundaron, por los indios, con ayuda de los dominicos, de manera apurada y artificiosa, más bien como una estrategia para evitar arbitrarios despojos de tierras que ambicionaban ciertos españoles dedicados al laboreo del trigo.
            En su mayoría, los pueblos de indios se trazaron según el patrón urbano de cuadrícula, con una plaza central, a cuyos costados se erigía la iglesia y el Cabildo. El cronista Fray Antonio de Remesal relata la forma en la que se procedía a hacer las “reducciones”:
“El orden que los padres tenían en mudar los pueblos era este. Lo primero: ellos y los caciques y principales miraban y tanteaban el sitio nuevo, y si alguno de los antiguos les tenía acomodado para juntar los otros a él, ordenaban este. Hacían primero sembrar las milpas junto al sitio: mientras crecían y se sazonaban el maíz edificaban las casas, y se enjugaban, y en estando las milpas para cogerse, en algún día señalado se pasaban todos al nuevo sitio con muchos bailes y fiestas que duraban algunos días, para hacerles olvidar las moradas antiguas”.
             La política de las congregaciones prácticamente concluyó en 1580, y ellas se convirtieron en un nuevo elemento fundamental en la estructura de la sociedad guatemalteca. Por ese medio, se aceleró el despojo de tierras sufrido por los indígenas, ya que buen parte de las que pertenecían a las parcialidades (cuyo dirigentes ayudaron también a los religioso y a las autoridades en la empresa de aquellas “reducciones”), por ejemplo, bosques, pastizales y los terrenos alejados pero cultivados, con el tiempo y las presiones, en muchos casos, pasaron a ser tierras baldías en manos de foráneos.
            La delimitación de aquellos pueblos de indios, por otra parte, originó mediatos e inmediatos litigios de tierras y disputas de límites que, en algunos casos, permanecen sin resolverse en la actualidad. Muchos de aquellos pueblos, en especial los que circundaban la ciudad de Santiago u otros centros urbanos de españoles, se convirtieron en proveedores de bienes y servicios que disfrutaban los colonos españoles.
            En realidad, las reducciones llenaron tres objetivos básicos, a saber: facilitaron el control político sobre las parcialidades indígenas y, en especial, sobre los indios rebeldes; allanaron el cobro del tributo y la disponibilidad de mano de obra que, por cierto, no resultaban tareas fáciles cuando la población indígena vivía dispersa en los campos, en amplias distancias; finalmente, permitieron que la evangelización, y otras prácticas de imposición cultural (“vivir en policía”, como decían los españoles), encontraran caminos más expeditos y rápidos.
            Los pueblos de indios, en consecuencia, resultaron ser un elemento definitorio, esencial, característico, de la sociedad colonial. En cierta medida sirvieron para desvertebrar la organización social prehispánica, para encausar la explotación económica, el control político y el dominio cultural sobre la población indígena, pero, al mismo tiempo, y de modo paradójico, se convirtieron en reductos de la vieja cultura y, a veces, en focos de resistencia, pasiva o activa, pero, en todo caso, en la otra cara de la moneda colonial.
Es propio afirmar que, después de 1524, sólo existían dos grandes grupos diferenciados en Guatemala: los españoles y los indígenas o naturales, como estos últimos han preferido llamarse de modo consistente. De esos dos segmentos sociales, primordialmente, surgió la población heterogénea que ha conformado la sociedad guatemalteca hasta la actualidad.
            En efecto, de las relaciones sexuales, forzadas o voluntarias, entre personas de aquellos dos grupos primarios, surgió una población mixta. Se incurre en una ligereza, empero, si se cree que los mestizos, o ladinos como se les llamó después, sólo son producto de una mezcla biológica, o de la simple adopción, por los indígenas, de algunos rasgos culturales españoles, como la indumentaria y el idioma.
            En realidad, la historia demográfica de las etapas colonial y republicana es más compleja, puesto que en ella inciden también factores políticos, sociológicos y otros más, a distintos niveles. La elite, por ejemplo, la de los españoles y la de sus descendientes criollos, enalteció su pasado, registró sus victorias y sus genealogías, pero se olvidó de los grupos marginados. De esta manera, una gran mayoría de guatemaltecos, en especial los ladinos, ha permanecido, por años, sin conocer sus orígenes y sus antecedentes más remotos.
            En 1520, a pesar de los efectos anticipados de las epidemias, la población indígena estaba equilibrada en cuanto a género. Los españoles que llegaron inicialmente, en cambio, en su mayoría eran varones, tanto jóvenes como de mediana edad, y aun cuando hubieran dejado esposa y prole en España, procrearon hijos o formaron uniones, temporales o duraderas, forzadas o voluntarias, bajo presiones o por atracción mutua, de las cuales se originó una población mestiza que, sobre todo, ocupó un espacio social particular.
            La aparición de los mestizos fu el primero de varios factores que derrumbó la dicotomía fundamental del dominio político en América, o sea, la de las dos repúblicas: la de los españoles y la de los indios. De ambos grupos, ni el uno ni el otro previeron que sus relaciones y su convivencia, aun en una situación de desigualdad, originarían el surgimiento de “otros”, que no encajaban en ninguno de los dos segmentos, no obstante que muchos fueron absorbidos por los españoles (como doña Leonor de Alvarado, la primera mestiza nacida en Guatemala), o bien por los indígenas.
            La situación se complicó aún más, cuando, antes de la década 1550, los hispanos introdujeron a los primeros esclavos africanos, en número apreciable y en su mayoría varones. Estos también se mezclaron con los indígenas, mestizos y españoles, y los descendientes de todas aquellas amalgamas biológicas constituyeron la categoría denominada, durante la Colonia, “castas”, que fue, asimismo, una población de difícil ubicación. En los siglos XVII y XVIII, el nombre genérico de castas incluía a todas las personas marginadas de origen mixto, es decir, mestizos, mulatos, pardos, ladinos, etcétera.
            La incorporación de los africanos no resultó fácil y acelerada; primero, porque el fenotipo, es decir, la apariencia física, permitía la expresión abierta de los prejuicios raciales; y, segundo, por una razón sociológica, ya que, además de haber llegado como esclavos, en algunos casos también desempeñaron el papel de capataces o calpixques y, como tales, trataron a los indios en forma abusiva e incluso cruel, puesto que disfrutaban de un poder ilegítimo.
            De todas maneras, como parte de la evolución demográfica y sociológica de los mestizos y, en cierta medida, de los afroamericanos, surgió el que actualmente se conoce como el segmento ladino de la sociedad guatemalteca. Resulta significativo que el término ladino se comenzara a usar, en Guatemala, para llamar a los indios que mostraban facilidad o predisposición para adoptar ciertos rasgos culturales españoles, como el idioma, por ejemplo; de esta cuenta, no era extraño oír la expresión “indio ladino”, referida a tales sujetos. De esa misma manera, en fecha aún anterior, la palabra se utilizó en España en relación con los sefardíes, para designar a una categoría social, cuyos orígenes y desarrollo también tenían aspectos biológicos y culturales.
La evolución de la población no indígena, en efecto, fue más notoria en la ciudad de Santiago, así como en las zonas de expansión agroeconómica que, inicialmente, estuvieron controladas por los españoles; los negros y mulatos, por ejemplo, se concentraron en la capital y en las unidades agrícolas muy productivas. Alrededor de 1530, casi cualquier español podía tener esclavos indios, pero sólo los muy acomodados tenían uno de origen africano.
            Por otra parte, y precisamente en la ciudad de Santiago, en las casas principales solían vivir entre 10 y 20 personas: el jefe de familia español, su esposa e hijos, parientes, paniaguados (“recogidos” o simplemente protegidos), esclavos indígenas, naborías (sirvientes domésticos) y esclavos africanos. El mayor número de hombres redundaba en entrecruzamientos sexuales, forzados o voluntarios. En las categorías inferiores había más mujeres, generalmente indígenas, y de éstas nacieron muchas de las personas de origen mixto.
            En 1550, cuando se ordenó la libertad de los esclavos indígenas, éstos ocuparon pueblos y barrios específicos en los alrededores de la capital, en los cuales, a instancias de las Órdenes religiosas, se pretendía protegerlos de todo tipo de abusos, pero este último propósito no se pudo conseguir en los poblados del interior del país.
            Durante los siglos XVI y XVII, las castas crecieron de modo constante y relativamente acelerado; mientras que en la primera de dichas centurias la población indígena disminuyó, acosada por las enfermedades y otros factores ya mencionados. La situación de las castas fue muy ambigua siempre; al mismo tiempo que, inicialmente, los españoles consideraron a sus integrantes como una fuerza alternativa de trabajo, y a pesar de que , en cierta medida les eran útiles en verdad, los menospreciaban, aunque también contribuían a su reproducción biológica; más aún, en muchos casos los absorbían en su propio segmento social.
            En 1540, el Obispo Marroquín sugirió oficialmente que se atendiera la educación de las Doncellas y el entrenamiento artesanal de los jóvenes mestizos, para evitar en estos últimos “su muy grande corrupción”. En 1550, la Corona propuso que algunos mestizos huérfanos (varones) de Santiago fueran enviados a España, donde podrían trabajar en diversos oficios, más la iniciativa no prosperó. Los descendientes de uniones afro españolas o afro indígenas no fueron objeto de parecidas preocupaciones, lo que denotaba ya una clara diferenciación entre los distintos segmentos de las propias castas.
            El sector céntrico de Santiago era demasiado caro para albergar al creciente número de castas (el término se aplicaba también a los individuos), y entonces muchas personas de este sector social se instalaron en los barrios de indios o en las zonas bajas y cálidas del interior del país, en especial las que se dedicaban a la agricultura de exportación, en las cuales podían encontrar trabajo, refugio y más libertad. Las comunidades indígenas se esforzaron por mantener su integridad frente a los intrusos, pero la necesidad económica y, en general, sus condiciones de vida, les obligaban a vender o arrendar sus propiedades a los foráneos.
            En Santiago, las castas se hicieron notar, tanto por su número como por el papel que jugaban en las relaciones sociales y económicas. A mediados del siglo XVI ya eran importantes, pero más allá de la mitad de la siguiente centuria constituían una mayoría que, sin embargo, no predominó en otros aspectos que no fueran el demográfico. Las siguientes estadísticas, relacionadas con el período 1590-1599, indican que en la ciudad existían 13,000 “gentes ordinarias” (mestizos, negros, mulatos, naborías e indígenas) y unos 3,700 españoles y criollos. Respecto de 1650, se calcula que unas 21,700 personas eran castas, en tanto que los “blancos” sumaban unos 5,600. De 1690 a 1699, esta última proporción casi no había variado. Entre 1630 y 1699, significativamente, los registros de la parroquia de El Sagrario consignaban que el 72% de los hijos era de ilegítimos, pero, poco tiempo después, el número de legítimos registrados era ya de un 51%.
            En cuanto a los esclavos negros, se calcula que alcanzaron su mayor número, en Santiago por lo menos, entre finales del siglo XVI y la década 1680. A partir de 1690 comenzaron a disminuir, pero se compensaron con esclavos mulatos; ello se explica porque, durante la centuria citada, se redujo la importación de negros, se calcula que alcanzaron su mayo número, en  Santiago por lo menos, entre finales del siglo XVI y la década 1680. A partir de 1690 comenzaron a disminuir, pero se compensaron con esclavos mulatos; ello se explica porque, durante la centuria citada, se redujo la importación de negros a la América Central y, además, porque los españoles concentraban a los mulatos en sus residencias citadinas mientras que enviaban a los esclavos negros a trabajar en las empresas agrícolas rurales. Es importante hacer notar que, en el cuadro demográfico general de Santiago y de otras regiones del país, se producían uniones de distinto tipo, formales o informales, estables o casuales, sinceras o violentas, en las cuales participaban todos los segmentos socios raciales. De este modo, el fondo genético de la sociedad guatemalteca, en su conjunto, se abigarró, hasta el punto de que, como ocurre en el mundo entero, el concepto de “raza pura” perdió todo sentido y, por ello, pareciera más propio hablar de poblaciones reproductoras (es decir, con más posibilidades de reproducirse fácilmente), en las cuales las reglas de la endogamia jugaron un papel no desestimable.
            Se puede afirmar, en consecuencia, que el punto de origen de la población no indígena fue la ciudad de Santiago y, más específicamente, las casas de españoles (aunque este último término también implicaba divisiones internas, determinadas por la riqueza y el prestigio social); allí, o en los alrededores, permanecieron importantes concentraciones de dicho segmento poblacional. Sin embargo, en los siglos XVII y XVIII, ya había focos de población ladina a lo largo de la Costa Sur, el Oriente de la provincia, así como en Honduras y El Salvador
            En resumen, y a reserva de nuevas investigaciones, se puede asumir que la población ladina apareció primero en el medio urbano, ya que sus desplazamientos y radicación en otras zonas estuvieron condicionados por la expansión agrícola, por la disminución demográfica de los indígenas y por el acceso a la tierra en dichas zonas que, por lo general, eran las más bajas y cálidas.

Crecimiento de la población ladina

El crecimiento de la población no indígena continuó y se intensificó de 1700 a 1821, al punto de que, ya en el siglo XVIII, ciertas zonas de las tierras bajas eran más ladinas que indígenas. Lo mismo ocurrió en la capital, pero no así en el Altiplano Occidental y en las Verapaces.
            A principios del siglo XVIII, años después de los terremotos de Santa Marta (1773), que produjeron un importante despoblamiento de la capital, ésta había acentuado su carácter multirracial, en cuya cúspide figuraban los españoles, aunque la mayoría fuera “mezclada”.
La diferenciación de los habitantes según su apariencia física ya no era tan evidente como lo había sido. Antes bien, la población citadina aparecía relativamente homogénea, inclusive desde el punto de vista de la cultura o modo de vida.
            En tano el número de negros y mulatos se redujo, y los anteriores patrones exogámicos se abrieron, incluyendo aun a “españoles nuevos” de baja posición social, la población se “blanqueó” gradualmente; y se definió y amplió, todavía más, la categoría específica del ladino. La “latinización”, por consiguiente, implica, en cierto sentido, un ascenso social de las castas libres. Tal proceso fue gradual, y no ocurrió aisladamente o en un vacío económico, y tampoco como expresión de un solo tipo de uniones cruzadas (españoles e indígenas, por ejemplo); de ahí que, en Guatemala, precisamente el término ladino no sea sinónimo estricto de mestizo.
La expansión del sector no indígena fuera de la capital se produjo , como ya se indico hacia las zonas de mayor producción agrícola , mas no hacia el Altiplano Centro occidental, con excepción de la ciudad de Quetzaltenango , donde había un extendido grupo de españoles y de castas .
El crecimiento de la población no indígena comienza, por lo tanto, en las dos últimas décadas del siglo XVI, pero en la segunda mitad de la siguiente centuria ya era notorio. En 1683 en la cabecera del partido de Huehuetenango Vivian siete españoles; pero en 1740  las cifras conocidas indican 20 españoles, 25 mestizos, 5 mulatos libres y 200 indígenas. Proporciones similares se registran en muchos otros pueblos del occidente y centro del país y la situación del mestizaje en Quetzaltenango, En 1740 señalaba una apreciable cantidad de matrimonios mixtos, entre indígenas mestizos mulatos e incluso españoles. En todo caso, la población ladina creció mucho más en el oriente y sur del país aunque en el occidente existieron típicos enclaves de ese segmento, como San Carlos Sija y Zaragoza (Quetzaltenango y Chimaltenango, (respectivamente), en los cuales se han mantenido rígidas reglas de endogamia, a pesar de que dichos núcleos ladinos están rodeados de pueblos indígenas.

LOS CRIOLLOS Y EL CRIOLLISMO

Generalmente se define a los criollos como los hijos de españoles nacidos en América. De modo más escrito, el termino se aplico a los descendientes de los españoles y de otros criollos. Sin embargo, más que el vínculo  familiar o el lugar de nacimiento o residencia, la importancia de los criollos estriba en el espacio social que ocuparon, así como en el papel que jugaron en el proceso evolutivo de la sociedad colonial. Lo anterior quiere decir que, antes que un segmento exclusivamente radical o biológico; o bien uno definido en términos geográficos, los criollos construyeron un sector estructural de gran participación en la dinámica del régimen colonial. De esta manera, los criollos individualmente o como grupo, conformaron el fenómeno social denominado criollismo. En el reino de Guatemala, igual que en el resto de Hispanoamérica, el criollismo se origino en los propios años que siguieron a la conquista en el siglo XVI. Más como una concepción de la vida y la sociedad, como mentalidad y actitudes definidas, como un grupo social delimitado, alcanzo una particular importancia entre el siglo XVII y la emancipación.
El criollismo, según lo pinta y lo representa personalmente el cronista Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, en su obra la Recordación Florida, se caracteriza por una actitud de justificación y exaltación de la empresa conquistadora y de la condición colonial; por la defensa especifica del mismo sector  de los mismos criollos, en especial frente a los peninsulares; y también por la sublimación del mundo guatemalteco.
Entre las principales reivindicaciones iníciales de  los criollos (siglo XVI) figuraba la administración directa del corregimiento del Valle, cercano a la capital y de gran población indígena, cuya jurisdicción les disputa los primero gobernadores, control del ayuntamiento y de las alcaldías mayores; y otras preeminencias menores, como el derecho de los capitulares del ayuntamiento y de las alcaldías mayores; y otras preeminencias menores, como el derecho de los capitulares del ayuntamiento a usar cojines y a besar la paz en los oficios religiosos (reconocido solo a los magistrados de la audiencia ), y otras distinciones semejantes, entonces muy apreciadas.  Los criollos  se quejaban, igualmente de la indefensión del país frente a los piratas y corsarios. En el orden religioso a los piratas y corsarios. En el orden religioso pedían la categoría metropolitana para el arzobispo de Guatemala. En el orden fiscal, sus exigencias se enderezaban a la exoneración de impuestos, así como a la impugnación de los estancos aprobados por la Corona. En el fondo, y en rigor histórico, los intereses estructurales del criollismo se reducían, esencialmente, a una mayor libertad para explotar los recursos del país, en especial, el trabajo de los indios, el comercio la encomienda y otros muchos privilegios coloniales. El ayuntamiento, en un momento convertido en bastión y fortaleza de los criollos defendió los intereses de estos ante la corona los peninsulares, los indios, o contra quien se inter pusiera en el camino de la empresa colonial. En estos afanes, los criollos crearon conflictos y libraron batallas ideológicas políticas económicas, y otras de diverso  género. En el campo intelectual por ejemplo, sus contribuciones fueron extraordinarias, aunque sus objetivos no siempre quedaron explícitos. Además de La Recordación Florida de Fuentes y Guzmán, debe abonárseles la Crónica de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala, de Francisco Vázquez, la valiosísima  y extensa obra historiográfica y lingüística de Francisco Ximenez, aun cuando este era español; la creación literaria de Rafael Landivar; la apertura intelectual ante los aires renovados de la Ilustración ; la fundación de la sociedad Económica de Amigos del País que también tenían elementos españoles; la fundación de la Universidad de San Carlos , en 1861; el impulso al periodismo anterior  a la Independencia , etcétera . La culminación del papel de los criollos, como grupo social fue la Independencia del Reino de Guatemala, proclamada el 15 de septiembre de 1821.

ESTRATIFICACION SOCIAL

Durante la colonia de, los grupos y las personas ocupaban determinadas posiciones jerárquicas que, en general, se determinaban por razones políticas económicas raciales y de prestigio social.  Para designar a esos distintos  niveles se han usado términos como los de capas, estamento, estratos, clases, etcétera. Entre los especialista existe todavía mucha discusión sobre cual pudiera ser el termino mas propio para llamar a los distintos segmentos de la sociedad colonial. Sin embargo, el caso es que tales divisiones existían de hecho y que, en general, así como producían relaciones de cooperación entre los grupos y personas que jerárquicamente ubicados, integraban la sociedad colonial, se manifestaban situaciones de oposición, de pugna y aun de conflicto permanente. Las fuerzas centrifugas prevalecía, a veces, sobre las que unían a los distintos sectores (fuerzas centrípetas), a si se explica el estallido de motines rebeliones allanamiento, e incluso movimientos como la propia Independencia.
La sociedad colonia, sin embargo, permaneció como una unidad política a lo largo de tres siglos, aun cuando aquellos divisionismos reflejaban problemas objetivos, como el poder político local o regional, la discriminación sociocultural, la explotación económica la represión abierta o embozada, y también, por otro lado, la resistencia pacífica, violenta y disimulada, de los indios.
En los estudios de las estratificaciones en Hispanoamérica  se han utilizado de modo común, tres categorías no necesariamente incluyentes, a saber: estamentos, una categoría, de origen medieval que funcionaba en España.  Los tres estamentos que se reconocían en Europa eran la nobleza el clero y el estado llano a cada uno de los cuales se asignaban fueros (leyes), privilegios y obligaciones diferentes. 
El sistema estamental no funciono del todo en América, por varias razones; por ejemplo la Corona trató  que en los territorios  colonizados no se desarrollara no aceptaron a ser ubicados en el estado llano, y, finalmente, en el sector colonizado, es decir, entre los propios indígenas, habían también peculiares categorías como los de caciques o Señores maceguales o gente común, esclavos y siervos. Por otra parte, en determinados contextos como en los libros parroquiales de las ciudades ( un ejemplo fue Santiago de Guatemala )  se clasificaban a los pobladores así: españoles (blancos , de origen  europeo , que incluían a los criollos ); gente ordinaria(  mestizos mezclados con negros, , gente no europea y no indígena); y los indios. Se usaban otros términos que, igualmente, reflejaban criterios peyorativos o francamente discriminatorios, como los de gente decente y plebe, es decir personas respetables y conocidas (españoles e individuos pobres o populacho. Se hablaban también, de gente de razón, esto es de cultura occidental prehispánica. Desde el punto de vista fiscal, los hombres estaban separados en tributos y no tributarios. Finalmente, las personas se dividían en términos de raza y de casta. 
El término mestizo se utilizo  para referirse a los descendientes de indios y españoles, así como el de casta para aludir a quienes tenían mezcla de negro aunque posteriormente se amplió el significado de la segunda palabra indicada. En los primeros años de la colonia , como en toda Hispanoamérica , existió una especie de : pigmentocracia , es decir un sistema de estratificación basado en color de la piel,  y en el que los blancos ocupaban el nivel superior y los negros e indios , las posiciones inferiores ; sin embargo en el siglo XVII , cuando los españoles se habían mezclado con los otros grupos , se desarrollaron las clases sociales económicas sin perder su trasfondo pigmentocratico . Durante el siglo XVI los españoles ocupan la cúspide de la pirámide estratigráfica, la inmensa mayoría india se situaba en un lugar intermedio y los esclavos africanos se ubicaban en la base. En los primeros años, los españoles se distinguían por el hecho de haber nacido en España o en las Indias (criollos) así como por haber o no recibido las rentas diversas, tales como esclavos, encomiendas, ayudas de costas, cargos en el ayuntamiento, etcétera.                        Los indígenas tenían sus propias diferencias de posición a las que ya se aludió antes, y los africanos se diferenciaban por su calidad de esclavos o manumitidos. Este cargo sin embargo, como ya se indico oportunamente, se complico con el surgimiento de las mezclas. Al principio los españoles trataron de vivir sus rentas coloniales, (encomiendas, ayudas de costa), ya que asignaban un carácter servil al trabajo directo. Se consideraban Señores al servicio del Rey, pese a los orígenes realmente humildes de muchos de ellos,  los pocos que se dedicaron a los oficios artesanales fueron relegados a una oposición inferior, aunque, rápidamente ellos no solo sacaron provecho de la urgente demanda de sus servicios, sino que también pretendieron que se les reconociera también posiciones privilegiadas. Estas pretensiones empero, se redujeron cuando los oficios artesanales comenzaron a practicarse, así mismo, por mestizos y mulatos. A fines del siglo XVI surgió un grupo importante grupo de prósperos comerciantes, cuyos miembros ocuparon cargos importantes y acumularon apreciables fortunas. Estos y, en general quienes constituían la elite, tanto en Santiago como en otras ciudades principales del Reino, sintieron amenazada su posición social con la llegada , desde España de los altos funcionarios designados por la Corona y otros peninsulares que prosperaban. Los integrantes de esta nueva ola migratoria en unos casos asumieron los espacios altos determinados por la riqueza y, en otros se casaron con hijas de las antiguas familias radicadas en los centros urbanos. Todos estos nuevos ricos afirmaron su poder  con los cargos que se le atribuyeron a su poder en el cabildo, y construyeron un grupo abierto, del que participaban peninsulares (españoles nacidos en España) y criollos. De esta manera ocasionalmente los peninsulares dominaron el ayuntamiento en tanto que los criollos viejos perdían riqueza y también poder político.
En el siglo XVIII se distinguían tres grupos en el sector de la elite: los criollos o antiguamente beneméritos, los criollos en transición y los recién llegados de Europa. Los primeros eran descendientes de los antiguos conquistadores y colonizadores, los segundos provenían de criollos viejos; y los últimos eran adultos nacidos en España u otro país del exterior y de reciente ingreso a Guatemala. Estos últimos dominaron el comercio y el ayuntamiento de Santiago, durante toda aquella centuria. Ocurría con ellos, sin embargo, que pronto se “criollizaban“, ya que respondían, casi de inmediato, de intereses y criterios de tipo local, que a los de España o a los de aquellos lugares de donde procedían. No todos los españoles por lo tanto conformaban la elite, los había también pobres o intermedios, más bien proclives al descenso social, aunque ellos también se empeñaban en mantener la tez blanca y atender cualquier posibilidad de una movilidad ascendente.

ESTRATIFICACION EN EL SIGLO XVIII

El ordenamiento jerárquico de la sociedad no presentaba ya el carácter trirracial o multirracial que lo distinguió en la época que siguió a la Conquista. El mestizaje efectivamente, había debilitado a la diferenciación basada en los fenotipos.   El poder seguía en las manos de los europeos en tanto que la gran mayoría indígena mantenía un carácter marginal. No obstante en los centros urbanos, en las haciendas en las zonas productivas en fin, se incrementaba el grupo poblacional, mezclado, en el cual inclusive los criollos se aparecían cada vez más a esa creciente masa intermedia, mientras tendía a ser absorbido del grupo de origen africano.
Es importante acotar que el sector de los peninsulares de reciente ingreso, unido a los criollos ricos, no solo incremento sus convenientes alianzas locales , si no que juntos, tomaron las características de un grupo oligárquico , que alcanzo las principales posiciones de poder:  del gobierno municipal , central, cargos administrativos regionales, cargos en el Real Consulado de Comercio , la Universidad, la Iglesia (cabildo eclesiástico clero regular y secular , conventos de monjas etcétera ) , el propio ejercito . La clase alta capitalina renovada constantemente casi mediados del siglo XVII y con un poder cada vez mas consolidado , incluía a las familias nuevas y tradicionales más importantes a las que en otros sectores sociales principalmente entre los de poder intermedio , se les comenzó a llamar con el solo nombre distintivo de las “familias” allí figuraban apellidos de “altos vuelos” o de un estirpe no siempre tan “rancia” como se pretendía : Álvarez de las Asturias Arrivillaga, Batres( o González Batres ), Nájera Gálvez, Montufar, Oyarzabal Rubio, etcétera . Otras de las familias que llegaron después siglo XVIII, pero que integraron también aquel famoso grupo Aycinena, Barrundía, Barrutia, Beltranena, Juarros, Larrave , Lara, Marticolena, Micheo, Palomo, Pavon , Peynado, Piñol Rodriguez , Romá, Urruela, Irrisari, Landivar, Larrazabal. Casi todas por varias generaciones, se mantuvieron vinculadas al comercio de importación, y exportación a la gran actividad agropecuaria, al poder  en una palabra.  El terreno de 1773 y el traslado de la capital al Valle de la Ermita, afectaron drásticamente la posición privilegiada de aquellos núcleos familiares, hasta el punto en que se resistían a abandonar a Santiago no tanto por razones sentimentales u otras, cuantos por motivos económicos. La instalación de la nueva capital del Reino permitió la emergencia de una nueva elite, en lo que figuraban algunos de la anterior, pero a los que se incorporaron otros más. Varios autores como Severo Martínez Peláez por ejemplo, explicaron el cuadro de la estratificación social de la Colonia, basados en el criterio materialista de las clases sociales, las cuales se definen en función de la propiedad de los medios de producción, lo que origina la explotación de una clase por otra así como la prolongada lucha entre ellas. Según este esquema teórico, los españoles y criollos conformaron una clase social explotada. Aparte de este se conocen otros modelos analíticos, en los que se otorga más fuerza explicativa a otros factores diferentes, como el origen étnico, el lugar de residencia, la educación, que, solos o en forma complementaria, contribuyeron a delimitar y a definir los grupos jerárquicos que integraban la sociedad colonial.

LAS CLASES Y LA INDEPENDENCIA

Tal como se indica en el capitulo , sobre la independencia , es indudable que la división que mostraba la sociedad colonial, aun a principios del siglo XIX , que era igual casi a la descrita en las líneas anteriores, incidió de manera decisiva en el proceso emancipador que prácticamente , culmino el 15 de septiembre de 1821.
La clase alta, subdividida en sus propios segmentos actuó, respecto a la independencia, según su posición estructural y sus particulares intereses. El estrato alto parecido, que, sus propias características, se había formado también las provincias (El Salvador, Nicaragua, Honduras y, asimismo, en Costa Rica), aspiraba a emanciparse no solo de España, sino, además de la tiranía de la ciudad de Guatemala. Un sector medio integrado por profesionales, intelectuales, algunos literatos, personas de media fortuna, al que eventualmente apoyaron varios individuos  de segunda clase, o pardos, (ladinos de ascendencia negra), artesanos agricultores y tratantes, artistas y varios religiosos, simpatizaban asimismo, con el movimiento  independista, aunque desde perspectivas y con objetivos no del todo homogéneos. En cuanto a participación de los indios en el proceso de la Independencia, o bien, en cuanto a la concepción que de esta tenia dicho sector, existen interpretaciones diversas. En unas se niegan aquella participación y en otras se convalida con argumentos particulares; del mismo modo, se señala una supuesta concepción de la Independencia, por los indígenas, en un contexto relativo, como igualmente se le niega por completo.

La cultura y sus instituciones

La cultura es un concepto antropológico que ha sido descrito como un todo complejo que comprende importantes manifestaciones de la calidad humana, tales como la religión, el derecho, la educación (formal e informal), el lenguaje, la mitología, las costumbres e ideas, todas las artes, y otros muchos hábitos que el hombre adquiere como miembro de una sociedad.
En una corriente más moderna de la Antropología, la ciencia que fundamentalmente se refiere al hombre, se define a la cultura como el conjunto de los grandes sistemas de símbolos y sus consiguientes significados, en función de los cuales se orientan todas las relaciones entre los hombres, las que se refieren a la comunicación directa, como las que conciernen al poder, a la producción, a la explicación de fenómenos conocidos y desconocidos, a la conducta, a las manifestaciones creativas o espirituales, y a otras igualmente fundamentales. En este sentido, todas las sociedades, de todas las épocas, tienen su propia cultura, la cual varía, de manera permanente, a lo largo del tiempo y de acuerdo con la manera en la que se combinan los distintos factores que intervienen en los procesos evolutivos del hombre; por ejemplo, el ambiente natural, la economía, la organización social, la ideología, el mismo hombre como entidad biológica, la tecnología, y otros.
A sabiendas de que la cultura es un campo vasto y complejo, y que estas características las adquiere de la propia naturaleza del hombre, en el presente capítulo, y en relación con la sociedad guatemalteca de la Colonia, sólo se abordarán algunos fenómenos socioculturales específicos, tales como la religión, la educación, el lenguaje y las principales manifestaciones del arte colonial.

La Religión y la Iglesia Católica

Por razones a las que ya se ha aludido oportunamente, la evangelización constituyó una columna central en la gran empresa de la conquista y la colonización del Nuevo Mundo y, por ende, de lo que fue el Reino de Guatemala Constituyó, por lo tanto, un elemento que condicionó los procesos históricos de la época.
Uno de los objetivos esenciales del Estado español en su relación con el Nuevo Mundo fue el de reemplazar, por el catolicismo, todas las manifestaciones religiosas prehispánicas, las que frieron consideradas, de modo consistente, como gentiles, herejes, paganas, y aun diabólicas o satánicas.
La sustitución de los esquemas religiosos implicó, necesariamente, no sólo la imposición de nuevas creencias, valores e ideas, sino, además, la de nuevas formas de conducta y actitudes diferentes frente a los otros hombres, en casi todos los órdenes de la vida. Esta enorme tarea se encomendó, como no podía ser de otra manera en la época, a la Iglesia Católica. Esta se convirtió, por lo tanto, en lo que alguna literatura especializada llama un "fenómeno social total", es decir, una expresión de la naturaleza humana en todos sus ámbitos interrelacionados: sociales, propiamente dichos; culturales, económicos, políticos, educativos, artísticos, etcétera.
Por ejemplo, por medio de las Bulas Inter-caeteras, el Papa español Alejandro VI, declaró a los Reyes Católicos "señores de estos territorios, con plena, libre y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción" para cristianizar a los indios.

De inmediato surgió una pregunta pertinente: ¿implicaba aquella declaración el reconocimiento de] dominio político y el derecho de conquista sobre los indígenas?
Hubo personajes, con la necesaria autoridad política o académica, que contestaron afirmativamente aquella pregunta, como el jurista Juan Ginés de Sepúlveda, por ejemplo; pero hubo otros, de iguales rangos, que negaban al Papa tales potestades y que, inclusive, sostenían que la evangelización y la conquista eran conceptos antitéticos; tal era el caso de Fray Bartolomé de Las Gasas. La discusión no interrumpió el proceso de la conquista de manera alguna, pero tuvo efectos duraderos que, eventualmente, se tradujeron en instrumentos jurídicos trascendentes, como las famosas Leyes Nuevas de 1542. Al final de cuentas, el Papado reconoció a la Corona española lo que se llamó el "gobierno espiritual" de las Indias. Ello implicaba obligaciones, derechos y privilegios, como los siguientes: enviar misioneros, percibir "beneficios eclesiásticos" (de carácter económico), el cobro del diezmo, participar en la fundación y deslinde de las diócesis, establecer hospitales, cofradías, conventos, obras pías, así como vigilar la conducta de los curas doctrineros, velar por la pureza de la fe católica y defender las costumbres cristianas y la administración de los sacramentos. A todo ello se agregaba el denominado Patronato Real, que era el derecho que el Papa delegó en el Rey de España, para designar a todo el personal eclesiástico y para recaudar y administrar el diezmo, en las tierras recién descubiertas.
Las concesiones enumeradas tenían, sin duda alguna, connotaciones políticas, ideológicas, económicas, sociales estrictamente, y de otros muchos órdenes; como, en efecto, lo demostraron los hechos asociados al proceso general de la conquista y de la colonización.

La Evangelización

El fenómeno específico de la evangelización observó etapas bien definidas. Primero, una desorganización inicial, que se prolongó hasta 1519; después, el período de las grandes misiones que se extendió de 1519 a 1560, en el cual se consolidaron las estructuras eclesiásticas y fue más intensa la conversión de los indios; y, finalmente, la etapa de la "criollización" de la Iglesia, comprendida de 1620 a 1700, y en la que se debilitó la tarea evangelizado.
El esquema anterior, que se refiere a toda Hispanoamérica, se aplica de modo riguroso al Reino de Guatemala, quizás con la única salvedad de que los mencionados límites cronológicos no resultan del todo homogéneos para todas las provincias de lo que actualmente es la América Central. Por otra parte, el mencionado esquema se afirmó durante todo el siglo XVIJ, hasta cuando se produjo la irrupción de los criollos en las jerarquías eclesiales, y el posterior decaimiento del trabajo misionero.

Los grandes evangelizadores

La extraordinaria tarea que representó la evangelización en América fue confiada, por los Reyes Católicos, a religiosos de origen español; en especial, a las Órdenes de los franciscanos, dominicos y, en menor medida, a las de los mercedarios y agustinos, así como, más tardíamente, al clero secular. Los jesuitas se incorporaron a dicho trabajo en 1560, pero, salvo en los que hoy es Paraguay, no se dedicaron a la verdadera labor misionera.
Todos los gastos de las expediciones religiosas eran sufragados por la Corona, lo cual implicaba considerables sumas de dinero, puesto que, sólo durante los siglos XVI y XVII, llegaron a las Indias no menos de 9,232 misioneros, más otros sacerdotes que tenían tal calidad evangelizadora. Los primeros que arribaron a América Central, en número aproximado de 625, lo hicieron en 39 expediciones efectuadas en el siglo XVI. Durante la siguiente centuria, los misioneros residentes en el Reino de Guatemala se aproximaban al millar, ya algunos ordenados localmente.
El personal dedicado a las misiones se distribuyó de la siguiente manera: los franciscanos, quienes constituían una mayoría, cubrían parte de los actuales territorios de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica; los dominicos se asentaron en Chiapas, Soconusco, el valle de Santiago de Guatemala, Verapaz, Sacatepéquez, Chimaltenango, Sololá, Quetzaltenango, Suchitepéquez y Escuintla, así como en El Salvador; los mercedarios se radicaron en Huehuetenango, San Marcos, San Juan Ostuncalco, y parte de Honduras y Nicaragua. El clero secular atendió el sector oriental, Sonsonate y San Salvador, aunque en estos dos últimos lugares había también dominicos y franciscanos. A propósito, el clero secular era criticado no sólo por ineficiente, sino porque se interesaba más en sus negocios personales y granjerías que en el cuidado de los indios.

Métodos evangelizadores

Los misioneros trataron de separar sus acciones de las que eran propias de los conquistadores, pero, en general, la conversión de los indios se hacía en el marco de un declarado dominio político y de la explotación económica de estos últimos.
Entre los procedimientos más comunes utilizados en las tareas de la evangelización sobresalían las llamadas normas pragmáticas, o de conducta manifiesta; la elaboración de catecismos y aun de tratados sobre la cultura de los indígenas; las obras y ejemplos recomendables, el amor, la proscripción de los abusos contra los nativos, etcétera. Sin embargo, la aplicación de estos métodos, en gran medida, quedó en el plano idealista o de la mera teoría.
La cultura indígena estaba impregnada de una gran religiosidad y, por ello, los misioneros utilizaron un sistema de "tabla rasa", el cual consistía en tratar de extirpar de raíz las creencias, concepciones diversas, prácticas y costumbres contrarias al cristianismo. A ello es necesario agregar que la labor inicial de evangelización, asignada específicamente a los encomenderos, no sólo resultó relativamente ineficaz, sino aun contraproducente, por el temor o el odio que casi todos ellos inspiraban a los nativos. El argumento contra la idolatría, por otra parte, en muchas ocasiones sólo servía como pretexto para cometer o apañar injusticias.
La tarea de estudiar la cultura indígena, asimismo, implicaba insalvables problemas de interpretación o de traducción. Es un hecho anecdótico, pero históricamente cierto, por ejemplo, la agria disputa que, entre dominicos y franciscanos, suscitó la publicación de la obra Doctrina Cristiana en Lengua, Guatemalteca (Kakchiquel) escrita en el segundo cuarto del siglo XVI, pero que se usaba todavía, con propósitos de evangelización, en 1700. En relación con dicha obra, los franciscanos exigían que se usara la palabra Dios obligadamente, puesto que se carecía de equivalentes semánticos aceptables en aquélla y en las otras lenguas indígenas. Los dominicos, en cambio, abogaban porque se utilizara el término nativo Cavobil, cuyo significado era parecido al del vocablo de los cristianos. La controversia se resolvió, en 1551, en favor de los franciscanos.
Otros procedimientos utilizados en la conversión de los indios fueron las misas oficiadas especialmente para niños y cofrades, las oraciones, los cánticos, la memorización del catecismo, las fiestas, novenas, procesiones, etcétera, para todo lo cual se disponía de los fiscales indígenas, que eran una especie de asistentes de los clérigos.
En el siglo XVI se escribieron importantes obras sobre las creencias y costumbres de los indígenas, cuya cultura era preciso conocer, con el ánimo de refutarla y, consecuentemente, el de eliminarla. En tal contexto, la Corona pidió informes sobre "las cosas de los indios" y, como resultado, aparecieron tratados como el titulado Theología Indorum, de Fray Domingo de Vico (escrito en Kakchiquel), así como la

Apologética Historia, de Fray Bartolomé de Las Casas.

No obstante la empeñosa y sistemática labor de evangelización, durante los siglos XVI y XVII se produjeron muestras diversas de resistencia entre los indígenas, y rebrotes de su religión tradicional. Entre otras reacciones provocadas por tales actitudes de los naturales, además de algunos procedimientos típicamente represivos, en 1643, por ejemplo, en Panajachel se emitió un edicto, por el cual se ordenaba la castellanización de los apellidos indígenas, por la supuesta relación que tales apelativos tenían con prácticas idolátricas. En 1667 y 1668, asimismo, se prohibieron las imágenes que se presentaban acompañadas de animales u otras figuras; por ejemplo, San Jerónimo, San Miguel y San Juan Bautista.

Trato a los indígenas

En muchos casos se comprobó que los curas doctrineros trataban de manera abusiva, e inclusive cruel, a los indígenas. Por lo tanto, se prohibió que se aplicara a éstos todo tipo de castigos, en especial el que consistía en azotarlos. Se ordenó, asimismo, que los doctrineros se conformaran con el cobro del "sínodo real", esto es, el salario que les estaba asignado, y que no exigieran otras ayudas o donaciones. En la práctica, sin embargo, los curas se mantuvieron aferrados a la práctica de pedir "raciones a los indios, además de servicios personales u otras contribuciones materiales. A tal punto persistían dichas exacciones que, por fin, fueron objeto de una especial tasación por las autoridades reales. Algunos de los párrocos, de manera desmedida, solían cometer otras acciones ilegítimas e indecorosas, como las de vender mercaderías a los indígenas, a precios elevados; obligarlos a cuidar ganado o a prestar otros servicios sin remuneración alguna. Estos abusos, más frecuentemente cometidos por los seculares que por los religiosos (miembros de las Órdenes establecidas), fueron condenados inclusive por el propio Obispo Francisco Marroquín. Por supuesto, no faltaba quien negara la verdad de las respectivas acusaciones, como lo hizo, en 1687, el Obispo de entonces, Fray Andrés de las Navas y Quevedo:
"... y aunque juzguen otra cósalos apasionados, lo que yo sé es que todos los curas de este obispado les son a los indios como padre y madre, y que si riñen con ellos es sólo porque faltan a la Doctrina, Misa y Confesión, y de las raciones que reciben dan de comer a los pobres y ancianos, y tienen a su costo boticas para proveerles de medicinas"".
Los atropellos y vejaciones, de los cuales se conocen suficientes constancias documentales, se cometieron por los españoles de todas las clases y posiciones, inclusive por autoridades civiles y miembros del clero, pero sería injusto dejar de reconocer que, en la medida y forma que fueren, la Iglesia también fue un contrapeso respecto de las acciones ilícitas de muchos españoles.

Organización de la Iglesia

Además de sus niveles estrictamente simbólicos, relacionados con el cúmulo de sus mitos, creencias, normas, imágenes, expresiones artísticas, formas de conducta, etcétera, la Iglesia Católica tenia, bien definido, su propio esquema de organización. En la cúspide de su estructura jerárquica estaba, por supuesto, el Sumo Pontífice y después, por lo menos en relación con el proceso evangelizador en América, figuraban los obispos, directores responsables de todas las diócesis que se formaron, sobre todo, en el siglo XVI.
Precisamente, la organización de dichas diócesis, que no eran sino los ámbito» territoriales en los que funcionaban varias parroquias; y, además, el nombramiento de los obispos encargados de ellas, constituyeron las primeras preocupaciones de las autoridades superiores de la Iglesia. En ello, sin embargo, tuvo una directa participación la Corona española, en virtud del Patronato Real. En el procedimiento de designación de los obispos, el Consejo de Indias constituía una primera instancia en el reconocimiento de los candidatos, los que el Rey proponía después al Papa, para la convalidación del nombramiento oficial. Mediante el envío anticipado de los obispos a las que serían sus sedes en América, y merced a otros procedimientos semejantes, la Corona obtenía del Papado, los nombramientos deseados.
El siglo XVI fue la época en la que se crearon más obispados en América, y éstos, en su mayoría, estaban bajo el control de las Órdenes religiosas, aunque ya en el siglo XVII la mitad de los obispos pertenecía al clero secular.
En el tercer decenio del siglo XVI se crearon diócesis en Comayagua (Honduras), Guatemala, Ciudad Real (Chiapas) y, pocos años después (1559), en la Verapaz. Cada una de ellas tuvo, con algunos cambios, sus propios límites geográficos. El obispado de Guatemala comprendía todas las parroquias del actual territorio de este país (excepto las de Peten, que dependían de la diócesis de Mérida) y de El Salvador.

Cabildos eclesiásticos

Estos constituían un cuerpo de asesoría en el gobierno de la diócesis y actuaban en la Catedral. Sus funciones principales consistían en atender el culto en dicho templo, aconsejar al obispo, nombrar al "vicario capitular", es decir, la persona que ocupaba el cargo que, por cualquier razón, dejara vacante un obispo. El Cabildo Catedralicio, como también se llamaba, tenía, en el caso de Guatemala, cinco cargos a los que se denominaba "dignidades" (deán, arcediano, chantre, maestrescuela y tesorero); además, 10 canónigos, 10 capellanes, seis acólitos, y otros puestos menores. Gozaba, por otra parte, de rentas precisas, provenientes del diezmo, para promover el culto en la Catedral.
Algunos de los obispos más famosos, de cuantos presidieron el Cabildo de Guatemala, fueron Francisco Marroquín, quien ejerció un fecundo pontificado durante 29 años, hasta su muerte, ocurrida el 1 de abril de 1563; Bernardino de Villalpando, un controversial prelado que provocó conflictos y enfrentamientos entre el propio personal eclesiástico; y Juan Ramírez, dominico, quien se distinguió por una permanente lucha en favor de los indios.
Francisco Marroquín, el más célebre de los tres obispos citados, ejerció la gobernación de Guatemala antes del establecimiento de la Audiencia y de la promulgación de las Leyes Nuevas. No obstante las difíciles circunstancias en las que le tocó actuar, desarrolló una extraordinaria labor en distintos sentidos: se esforzó por traer muchos religiosos y clérigos seculares, a quienes distribuyó por todo el obispado; ordenó la vida eclesial, instaló el cabildo diocesano, promovió la edificación del hospital de Santiago para los españoles residentes, fundó un colegio para niñas huérfanas, estableció escuelas de primeras letras, legó una suma importante de dinero y unas tierras de su propiedad para la organización del Colegio de Santo Tomás, el cual estaba destinado a ser un centro de estudios superiores; y pidió a la Corona la fundación de una universidad. Además de todo ello, luchó por reformar al clero de manera positiva y por incentivar la evangelización en todos sus aspectos. Estudió y aprendió varias lenguas indígenas, e hizo publicar un catecismo en Kakchiquel. Apoyó, asimismo, el trabajo de todos los religiosos y, en cuanto a la
Aplicación de las Leyes Nuevas, las que tanto revuelo causaron en la sociedad colonial de la época, adoptó una posición de cautela, ya que se inclinaba por la vigencia escalonada de dicho cuerpo jurídico. Esta ultima actitud, criticada por unos y elogiada por otros, era ciertamente diferente de la que, sobre el mismo problema, mantenía el Presidente de la Audiencia, López de Cerrato, y también la poderosa Orden de los dominicos.
Otro de los prelados que tuvo una destacada actuación en Guatemala fue el agustino Fray Payo de Rivera (1657-1668), quien se preocupó por la superación moral del clero; fundó el hospital de San Pedro, destinado a los religiosos enfermos; se constituyó en defensor de los indios; y, finalmente, como aporte de gran relevancia, patrocinó la introducción de la imprenta en Guatemala, en 1660.

Doctrinas y parroquias

Otro elemento fundamental en la organización de la Iglesia Católica fueron las parroquias o curatos, equivalentes a demarcaciones territoriales en las cuales se dividía una diócesis, y a cuyo cuidado se encontraba un sacerdote o cura párroco. Las que funcionaban en los pueblos de indios se llamaban "doctrinas", y a quien las administraba se conocía con el nombre de cura doctrinero. A los sacerdotes que colaboraban, de manera provisional o permanente, en algunas de dichas unidades, se les denominaba coadjutores.
En general, las parroquias de españoles o de mestizos se adjudicaron al clero secular, en tanto que, en su mayoría, las doctrinas, durante los siglos XVI y XVII, fueron administradas por "religiosos", es decir, por miembros de cualquiera de las Órdenes mendicantes establecidas en el territorio que comprendía el Reino de Guatemala. Los últimos, precisamente, comenzaron a organizar las reducciones, llamadas también "congregaciones", pueblos de indios o “misiones” de las cuales, con el tiempo, fueron desplazados por lo0s miembros del clero secular.
En 1555, las 95 parroquias que integraban la diócesis tic Guatemala estaban distribuidos de la siguiente manera: 47 correspondían a los dominicos; 37, a los franciscanos; seis, a los mercedarios, y cinco eran administrados por seculares. Durante la segunda mitad del siglo XVII se podía observar que los religiosos predominaban en las parroquias de Occidente, mientras que los seculares prevalecían en la parte oriental del país.
Los indígenas feligreses mayores de edad y cabezas de familia de una parroquia o de una doctrina, comúnmente, se identificaban por su calidad de tributarios, lo cual conllevaba una relación de carácter social y económico, que implicaba al personal eclesiástico. Las siguientes cifras, correspondientes a alrededor de 1575, por lo tanto, resultan bastante significativas: los dominicos tenían a su cargo 13,364 tributarios; los franciscanos, 10,273; los mercedarios, 5,500; y al clero secular correspondían 25,781 feligreses indígenas. Tales datos indican el poder económico de los distintos sectores religiosos, y la correlación, en esa época, de dichos grupos.

Órdenes religiosas

A estas categorías estructurales de la Iglesia Católica se les define como agrupaciones de cristianos, quienes han decidido dedicarse al estado religioso, los cuales viven de manera comunitaria, casi siempre en conventos, bajo la autoridad de sus superiores internos. Sus integrantes han profesado votos de castidad, pobreza y obediencia, y se someten a reglas o constituciones, calcadas en el pensamiento de una figura relevante que determinó la fundación y la organización del grupo. Junto a las Órdenes masculinas mendicantes, que combinaban la clausura con el apostolado fuera de los conventos, existían las de estricta clausura, las cuales estaban integradas exclusivamente por mujeres (concepcionistas, clarisas, capuchinas, jerónimas, agustinas, dominicas y otras). En estas últimas ingresaban, en forma mayoritaria, las hijas de familias españolas que no tenían la perspectiva de un matrimonio digno de su clase, o bien, mujeres jóvenes interesadas en vivir un modelo de perfección cristiana.
El ingreso en el convento de casi todas las Órdenes de mujeres requería el pago de una dote, lo cual excluía de tal opción a las indígenas o a las hijas de españoles pobres. No obstante, y con el objeto de atenuar los criterios selectivos aludidos, también se organizaron los llamados "beateríos", que eran congregaciones ubicadas en diferentes ciudades o villas de españoles y, en casos excepcionales, integradas sólo por indígenas. Inicialmente, hubo reticencias para admitir a los criollos, sobre todo en algunas de las congregaciones mencionadas, por ejemplo, en la Compañía de Jesús, no así en las Órdenes de los mercedarios y de los dominicos. Al cabo de pocos años, el segmento social de los criollos aumentó de manera considerable, e inclusive llegó a participar en la administración y control de las referidas entidades eclesiásticas.

Los franciscanos. Los primeros de estos religiosos, en una cantidad reducida, llegaron en 1540, pero la Orden se asentó formalmente, en 1565, en la que denominaron Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala. Fundaron conventos, además de en Santiago de Guatemala, en San Salvador, Sonsonate, San Miguel, Chiapas, y posteriormente en Nicaragua, Honduras y Costa Rica. En 1566, en su primer "capítulo provincial" (una especie de reunión general de los miembros de la Orden) aprobaron normas como las siguientes: exclusión de menores de 18 años; vida de pobreza en los conventos e iglesias; vivir únicamente de limosnas; no pedir a los indígenas más de lo indispensable para su subsistencia; caminar a pie y descalzos; utilizar los mismos trastos y enseres que los indígenas; y otras disposiciones parecidas.
En 1586, había 20 franciscanos en el convento de Santiago de Guatemala y, en 1600, en otros tantos distribuidos en la diócesis del Reino, vivía un total de 80 religiosos. En 1690, disponían de 33 conventos y más de 180 religiosos. Diez años más tarde (1700), los frailes sumaban más de dos centenares, instalados en 35 conventos, en los que había una clara predominancia de criollos. Su formación eclesiástica, que incluía estudios superiores en Artes y Teología, la adquirían en el Convento de San Francisco.

Dominicos. Esta Orden apenas tenía unos 16 miembros en 1574. Pero experimentaron un crecimiento acelerado, hasta fundar lo que denominaron la Provincia de San Vicente de Chiapas y Guatemala. En la segunda mitad del siglo XVI tenían 12 conventos, con 82 religiosos. El convento de Santo Domingo funcionaba como la sede principal de dicha provincia, y allí se albergaba el correspondiente noviciado y se desarrollaba el programa de estudios que requería la formación de los miembros de dicho grupo monástico. En el convento mencionado de la capital del Reino, vivían alrededor de 40 religiosos.
Los dominicos desempeñaron un papel decisivo en muchos aspectos del desarrollo de la sociedad colonial. En 1550, por ejemplo, libraron acres enfrentamientos con los franciscanos, con quienes se disputaban el reclutamiento de nuevos religiosos, pero, además, y fundamentalmente, por hondas discrepancias en cuanto a los procedimientos que utilizaban ambas Órdenes respecto del tratamiento que era aconsejable aplicar a los indígenas. El Obispo Marroquín, precisamente por tales pugnas, amenazó con expulsar a los miembros de las dos Órdenes y sustituirlos por clérigos seculares.
En los primeros años de su funcionamiento en el Reino, la Orden de los dominicos puso obstáculos para los aspirantes criollos, pero, en 1615, estos últimos constituían ya una apreciable mayoría.
Alrededor de 1612, los dominicos tenían cinco conventos y 55 religiosos; y en 1700, estos últimos ya sumaban 170, aproximadamente. Entre sus más connotados representantes figuran sus propios famosos cronistas, Antonio de Remesal y Francisco Ximénez; además, el antecesor de éstos y principal dirigente de la Orden, Bartolomé de Las Casas; y también Luis de Cáncer y otros que compartieron con estos dos últimos la conquista pacífica de las Verapaces.

Mercedarios. Alrededor de 1537 fundaron sus primeros dos conventos en Guatemala y Ciudad Real. En 1597 poseían casas en Guatemala, Honduras, Nicaragua y Chiapas. En 1689, esta orden tenía cerca de un centenar de religiosos.
Los mercedarios fueron objeto de muchas críticas, inclusive del propio Obispo Marroquín, por su falta de formación, su escaso espíritu religioso y hasta por una supuesta condición de entrometidos y mujeriegos. El convento de La Merced, en la ciudad de Guatemala, así como la iglesia contigua, llegaron a acumular una extraordinaria riqueza en imágenes y objetos de culto.



Jesuitas. En cantidades menores, los miembros de esta famosa Orden comenzaron a llegar en 1582, Fundaron el Colegio de San Lucas, primero; y, después, el Colegio San Francisco de Borja; este último en el siglo XVII. Se dedicaron, casi exclusivamente, a las tareas de la educación, de las cuales se favorecieron clérigos, regulares como seculares, así como también laicos. Se les encomendó, asimismo, la dirección del Seminario, constituido para la formación del clero secular.

Los agustinos fueron otros religiosos que, como los jesuitas, se dedicaron al culto en sus iglesias, mas no a la evangelización de los indios. En 1664 se instauró en Santiago la Escuela de Cristo, a través de la Congregación de Felipe Neri, una institución destinada a la perfección cristiana de sus miembros y del clero secular.
La orden belemnita fue establecida en Santiago, como resultado de la labor del Hermano Pedro de Bethancourt, declarado beato en 1982, El Hermano Pedro se dedicó a recoger enfermos y a enseñar letras y doctrinas a niños de la ciudad capital. De esta manera, nació el Hospital de Belem, que, en 1672, recibió la aprobación real. En torno de este establecimiento se formó una pequeña comunidad que vivía de limosnas, bajo las reglas de la Tercera Orden de San Francisco. El Hermano Pedro murió en 1667, y le sucedió, en su labor religiosa, el Hermano Rodrigo de la Cruz, antiguo gobernador de Costa Rica y Marqués de Talamanca, quien organizó, finalmente, la Congregación Belemítica. Esta, que se extendió después a México y Lima, fue, por mucho tiempo, la única congregación fundada en América.

Conventos de religiosas

Con el objeto de atender a la formación religiosa y, en general, a la educación de las hijas de los conquistadores y de los primeros pobladores, cuya honra estuviera en peligro o que tuvieran dificultades para casarse dignamente, el Ayuntamiento de Santiago realizo gestiones, ante la Corona, para que se fundaran los necesarios establecimientos especializados.
De tal manera, en 1579, se fundó el monasterio de la Concepción de Nuestra Señora de la Orden Jerónima, organizado por monjas procedentes de México. En el establecimiento ingresaron jóvenes mujeres de la clase alta de la ciudad, y Jo hicieron con dotes (en dinero o en bienes) de lo más generosas, por lo que el monasterio, rápidamente, adquirió un estado floreciente. Desde su fundación hasta 1600, habían profesado en dicho centro unas 339 monjas.
Religiosas de este monasterio fundaron en 1606 el de Santa Catarina Mártir y en 1610, el de La Encarnación, en Ciudad Real de Chiapas. En 1667 se estableció el convento de Santa Teresa; el de Carmelitas Descalzas, en 1698; el de Franciscanas clarisas o de Santa Clara, en 1700; y en 1725, el de Franciscanas Capuchinas. Todos los aludidos eran de absoluta clausura, pero también desempeñaban funciones educativas dirigidas a niñas de las respectivas ciudades; los dos primeros, además, admitían un elevado número de pupilas y sirvientas.
En calidad de instituciones separadas se fundaron los beateríos, que eran centros dedicados a quienes no tenían las calidades necesarias (principalmente, económicas) para ingresar en los monasterios. Así se establecieron el beaterío de Santa Catarina de Siena (1580), que después se llamo Santa Rosa de Lima; el de Belem (1670), que era la rama femenina de la Congregación Belemítica, y que dirigió un hospital para mujeres; la Escuela de Cristo tuvo también una rama femenina de la organización del mismo nombre.

El clero secular

Se llamaba así al conjunto de clérigos a cuyo cargo estaba el cuidado de las parroquias, ciertos trabajos en la dirección de las diócesis, y la integración de los Cabildos Catedralicios. Dependían directamente de la Corona, en virtud de las normas del Real Patronato. Al principio llegaron a América en un número importante, pero fueron objeto de críticas por la escasa formación de muchos de ellos y su dudoso comportamiento moral. Administraron parroquias de españoles, así como doctrinas de indios. Principalmente, en cuanto a su trabajo en las últimas, se les acusa de negociar con productos de la tierra c imponer exacciones ilegales a los indígenas. Al principio de la época colonial, los seculares eran sacerdotes llegados de España, pero, paulatinamente, se incorporaron elementos criollos en cantidades apreciables.
Los seculares preferían servir en las ciudades y villas de españoles, sobre todo en Santiago de Guatemala, donde, durante el siglo XVI, funcionaron las parroquias más importantes, como las del Sagrario (originalmente, la parroquial, 1527) San Sebastián (1585), Nuestra Señora de los Remedios (1594), y más tarde la de Candelaria. Además de éstas, por supuesto, funcionaba un elevado número de iglesias y ermitas, con sus respectivos cultos.
En la década 1560 se agravó un latente conflicto entre el clero regular y el secular, los cuales se disputaban la administración de las parroquias. En el conflicto intervino el Obispado, la Audiencia, los encomenderos e inclusive el Rey quien, en 1567, desaprobó que el Obispo quitara doctrinas al clero regular, y ordenó que se devolvieran las doctrinas de indios que habían estado a su cuidado.

Organización Económica de la Iglesia

Las fuentes principales en las que descansaba la Iglesia Católica para su funcionamiento general, eran las siguientes: salarios reales de los obispos,  curas doctrineros y miembros del Cabildo Eclesiástico; ingresos derivados de la administración de los sacramentos y de otras actividades religiosas; ofrendas y limosnas de los fieles; contribuciones forcivoluntarias de los indígenas a los a los curas, las cuales se llamaban "derramas" en algunos lugares; donaciones de tierras, hechas tanto por la Corona como por los rieles; fundaciones, herencias testamentarias y legados sobre determinados bienes.
En cuanto al diezmo, que era un impuesto regulado por medio del Patronato Real, equivalente a la décima parte del valor de los productos agropecuarios (labranzas y crianzas), el Rey lo distribuyó, en favor de la Iglesia de las Indias, de la manera siguiente: una cuarta parte para el Obispado; otra parte igual para el Cabildo Catedralicio; los dos cuartos restantes se dividían en novenas partes que, a su vez, se repartían así: dos para el Rey; cuatro para salarios de doctrineros; y tres para obras de la Iglesia.
La mayor parte de los salarios de los doctrineros se obtenía de los tributos que pagaban los indígenas, y el número de éstos determinaba el monto de los aludidos emolumentos; por lo tanto, los curatos más atractivos eran los que rendían una mayor tributación.
Por el compromiso de cristianizar a los indios, la Corona, en general, se comprometió a pagar precisamente los salarios de obispos y curas, en la forma antes descrita; a colaborar en la construcción de templos y otros edificios eclesiásticos; a financiar las expediciones de los misioneros; y a donar tierras a la Iglesia, así como a las Órdenes religiosas.
En un principio se prohibió que estas organizaciones adquirieran bienes raíces en las Indias. Por lo tanto, hasta 1570, sus miembros vivían de los salarios, contribuciones, ofrendas y servicios percibidos en las iglesias de su jurisdicción. En las primeras décadas, el salario de los doctrineros, pagado indirectamente por los indígenas tributarios y recolectado por los encomenderos, no llegaba hasta las manos de los doctrineros, y ello dio lugar a un largo litigio, a cuyo término contribuyó la coerción ejercida por la Corona, para que los encomenderos cumplieran con las obligaciones legales a las que estaban sujetos.
A finales del siglo XVI, sin embargo, los religiosos comenzaron a adquirir bienes inmuebles, así en pueblos de españoles como de indios. Los franciscanos fueron los únicos que se abstuvieron de hacerlo. Los dominicos, en cambio, desde 1576, adquirieron tierras y estancias de ganado, a expensas de los indios, numéricamente diezmados y enfermos, así como cansados pollas exigencias y cargas económicas que les imponían los conventos y las iglesias. Dichos religiosos llegaron a poseer tierras de cultivo, haciendas, ingenios de azúcar y de añil, inclusive una mina de plata, y muchos otros cuantiosos bienes materiales.
Desde la década 1580, los mercedarios imitaron a los dominicos en cuanto a aumentar sus posesiones de bienes inmuebles. Los jesuitas, a su vez, básicamente fincaron sus capitales en donativos y rentas, de montos muy elevados.
Otra de las importantes fuentes de ingreso de la Iglesia fueron las capellanías, las cuales consistían en dinero o propiedades territoriales que los feligreses ricos (españoles, criollos o indígenas) entregaban a la Iglesia, con el fin de que ésta ordenara la celebración de misas periódicas, en memoria de las almas de los donantes fallecidos.
Una de las primeras capellanías de que se tiene noticia fue la de Pedro de Alvarado. Este, en efecto, mandó en su testamento (hecho por el Obispo Marroquín) que sus indios tributarios cosecharan cierta cantidad de trigo y de maíz, para mantener dos capellanías en la Catedral de Santiago, por cada una de las cuales los afectados debían pagar 127 pesos de oro de minas, cada año. A cambio de ellos, los clérigos beneficiados quedaban obligados a oficiar misas por las almas del Adelantado y de su esposa Doña Beatriz, durante determinado tiempo.
La organización de la Iglesia incluía otros muchos órganos o instituciones que promovían la expansión y consolidación del cristianismo, como los siguientes: Seminarios, o sea, los centros de formación del clero; Concilios Provinciales, que eran reuniones de eclesiásticos, presididas por los obispos, en las que se trataban asuntos relativos a la Organización eclesial y la evangelización; los sínodos, como se llamaba a las asambleas que los obispos debían celebrar cada año, de modo obligatorio, para analizar, conjuntamente con el Cabildo Eclesiástico y los párrocos, los problemas propios de cada diócesis (la periodicidad señalada no se cumplió por las dificultades para viajar a distancias largas y en caminos difíciles, por lo que, en Guatemala, apenas se celebraron unos tres, en el siglo XVI); las visitas pastorales, por las cuales los obispos debían acudir, cada año y en forma personal, a los curatos de sus diócesis, para supervisar el funcionamiento de tales unidades evangelizadoras; las cofradías, o asociaciones de fieles, legalmente constituidas, con finalidades religiosas o benéficas, que tenían como patrono a un santo o a algunos de los misterios de fe católica. En Guatemala, cobraron gran importancia por su número elevado, por la riqueza que acumularon muchas de ellas, pero, sobre todo, por sus implicaciones culturales y políticas, ya que, en términos generales, se convirtieron en receptáculos de la cultura tradicional y, por lo tanto, en focos de resistencia ideológica frente a la dominación colonial.

La inquisición

Esta institución, que fue una especie de órgano jurisdiccional para investigar y castigar los delitos contra la fe cristiana, sólo actuó en la diócesis de Guatemala por medio de comisarios que dependían del Tribunal de México. De un total de unos 400 cargos que se plantearon desde Guatemala, sólo unos 40 terminaron en procesos formales, durante los siglos XVI y XVII. Sin embargo, aproximadamente 85 reos fueron castigados con penas graves; unos 60, con sanciones leves; y, en un único caso, el reo William Croniels, un irlandés residente en Sonsonate, fue condenado al patíbulo, en 1575.
En otras partes de América, en cambio, como Perú o Colombia, las actuaciones represivas del Santo Oficio de la Inquisición fueron despiadadas, rayanas en la crueldad y aun en el salvajismo.
En Yucatán, una parte importante del territorio maya, fue proverbial, por destructora, la acción inquisidora que, en fecha temprana, promovió el Obispo Diego de Landa (1524-1579), quien, de modo paradójico, se convirtió después en un estudioso esmerado de aquella cultura. En 1600, en la ciudad de Santiago, se hizo famoso el Deán de la Catedral, Eclipse Ruiz del Corral, por sus rudas actuaciones inquisitoriales. Entre las víctimas de este figuro el cronista dominico Antonio de Remesal, cuya obra histórica Ríe objeto de tina arbitraria incautación, por aquel que ha sido llamado el "Deán turbulento1'.
En el siglo.XVIII, la Inquisición empezó a perder poder político, redujo su actividad y sus medidas fueron menos virulentas. Se abolió, en 1813, por las Cortes de Cádiz, pero Fernando VII la estableció de nuevo en 1814, sin que esto tuviera mayores consecuencias visibles en Guatemala.

La iglesia de la etapa posterior

En el siglo XVIII, la Iglesia Católica sufrió cambios drásticos, más bien derivados de dos corrientes de pensamiento que sacudieron particularmente a Europa, pero cuyas repercusiones se extendieron ampliamente,
El primero de tales fenómenos fue la Ilustración, el movimiento intelectual en el qué se reconoció la relevancia de la razón en el discernimiento humano, y en el que, igualmente, se impulsó la ciencia experimental y la Historia, frente a las antañosas y obsoletas ideas de la Edad Media.
El otro hecho fue el Regalismo, que emergió como un equivalente del despotismo ilustrado o del absolutismo real. Este movimiento sociopolítico sostenía que la monarquía era un derecho divino que los reyes representaban una especie de dioses en la Tierra; y que la autoridad de los monarcas emanaba de Dios y no del pueblo.
Las concesiones papales en relación con América, en consecuencia, correspondían a los Reyes Católicos, por derecho propio, y no podían, por lo tanto, discutirse o modificarse. Era atribución del rey, se aducía, todo lo relativo al gobierno y Administración de la iglesia, excepto los asuntos dogmaticos y sacramentales, que correspondían al Papa.
Aquellos aires heterodoxos, de racionalismo ilustrado, de exaltación de los poderes temporales en desmedro de los divinos, se arremolinaron en los caminos intelectuales y políticos de la vieja España, en la que perduraban, todavía, algunas de las antiguas ideas medievales. Para colmo, las guerras minaban las arcas reales, como lo hacia también la necesaria defensa de las posesiones americanas; y aun las propias reformas, que parecían impostergables, por atractivas y provechosas, demandaban fondos descomunales.
La corona comprobó que nada podía hacerse en la dirección renovadora, sin contar con la presencia y la fuerza, casi omnímoda e imponente de la Iglesia. Esta, no solo estaba metida en las mentes de las multitudes de ambas orillas del Atlántico, sino en las arcas públicas y en los cofres privados, en los que se guarda el poder derivado de la riqueza. Se recurrió, entonces, a los bienes eclesiásticos para enfrentar los gastos as ingente y por otra parte, se introdujo también la semilla del cambio en los propios surcos de la sagrada institución.
No fue poco, ni desestimable, lo que se consiguió en aquellos afanes novadores que, al final, algo refrescaron también las naves de los templos, las aulas de los centros de estudio, as mentalidades conventuales de los viejos clérigos, y hasta los muros del prejuicio y la ambición de los encomenderos.
A partir de 1808, por ejemplo, una parte de la Iglesia se identifico con la gesta patriótica frente a la invasión napoleónica en la Península y, por distintas causas, todas vinculadas a la atmosfera de cambio, los seminarios y conventos casi se vaciaron del todo.
Las Cortes de Cádiz de 1812m en las que la palabra independencia ya no tenia connotación subversiva tan peligrosa, estuvieron integradas por clérigos, n una tercer parte de sus diputados, y se plantearon en ella abiertas reformas liberales.
A lo largo del siglo XVIII, los ecos del cambio comenzaron a repercutir en Guatemala. En 1701, empero, todavía se fundo, en la ciudad de Santiago, el Colegio de Cristo Crucificado de Propaganda Fide (Convento de la Recolección), en el cual se prepararon varios franciscanos recoletos que viajaron, en misiones evangelizadoras, a territorios aun no cristianizados (Taguzgalpa, en Honduras; Tologalpa, en Costa Rica), donde fundaron reducciones  y hospitales. Asimismo, durante los siglos XVIII y XIX, todavía arribaron unas 26 expediciones misioneras, integradas por 236 franciscanos y dominicos. De todas maneras, y a pesar de la fuerza, intelectual y económica que la Iglesia había acumulado en los tres siglos de la Colonia, la situación general en ésta comenzó a transformarse, de modo apreciable.
La misión evangelizadora ya no fue tan impetuosa; la labor educativa monopolizada por la Iglesia, comenzó a debilitarse; y, en general, esta entro en un estado de estancamiento, que se agudizaba con los años. Las posiciones de disidencia o de denuncia, en los ámbitos interno y externo de la institución, se sucedían de modo interrumpido. Se hacían concesiones importantes, que se traducían en la condena a los malos tratos sufridos por los indios; se prohibieron reiteradamente, las vejaciones, castigos, contribuciones y servicios que, por años, habían sobrecargado las espaldas de los nativos.
En el primer cuarto del siglo XVIII, Fray Francisco Ximenez denunció que los clérigos seculares, en la zona sur, montaban haciendas de años, cacao, ganado y cana de azúcar, en las que se abuzaba del trabajo de los indios. Los Arzobispos Pedro Cortes y Larraz enviaron a la corona informes, en los que denunciaban los atropellos que los alcaldes mayores y corregidores cometían en contra los aborígenes; y los castigos y vejaciones que estos sufrían a manos de españoles y ladinos, a veces con la complicidad de los propios alcaldes y principales indígenas.
He aquí parte de los juicios lapidarios de Francos y Monroy.
Todas las irregularidades aludidas se condenaron inclusive en los Apuntamientos sobre la agricultura y comercio del Reino de Guatemala, el documento que el consulado de comercio elaboro, en 1810, para que se presentara en las Cortes de Cádiz. No fue posible, a pesar de todo, aniquilar por completo el poder ideológico y económico de la iglesia, tal había sido la envergadura y extensión que ese poder alcanzo en la época inicial de la Colonia.
Por muchos años mas, se conservaron intactos los bienes eclesiásticos, por ejemplo, las grandes haciendas de los dominicos, como la de San Jerónimo, en Baja Verapaz; La Chácara, El Rosario  y la Labor, en Sacatepéquez; las de Cobán y Santa Cruz del Quiche, así como el cuantioso patrimonio de los jesuitas, integrado por rentas de capital, potreros, edificios, medianas y grandes haciendas.
Se puede afirmar que la poderosa influencia de la iglesia no aumento, pero que se mantuvo relativamente estable durante los siglos XVIII y XIX.
La expulsión de los jesuitas del Reino de Guatemala, el 26 de junio de 1767, en cumplimiento de la respectiva disposición de la corona, del mismo año; así como la confiscación de sus bienes, y la forma ignominiosa en que salieron de Santiago algunos de sus mas eximios representantes, como el poeta Rafael Landivar, fueron otros factores que contribuyeron al debilitamiento de la entidad, pero que tampoco determinaron su aniquilación. Esto no se consiguió, ni siquiera, como resultado del carácter, un tanto mas relajado si no disoluto, como algunos lo calificaron, del cristianismo criollo, o mediante la pertinaz resistencia silenciosa, que ha estado presente en la conservación de los idiomas, de fundamentales elementos religiosos, de normas costumbres y creencias, de origen prehispánico. Este ultimo fenómeno, que se percibe aun en la actualidad, pone en tela de juicio una supuesta mezcla indisoluble que, de modo simplista, ha dado en llamarse Sincretismo Cultural.
Finalmente y como una evidencia mas de los cambios, importantes pero relativos, experimentados por la Iglesia en la ultima parte de la época colonial, es preciso resaltar el papel que jugo en el movimiento que culminó en la independencia de Guatemala, el 15 de septiembre de 1821. Aunque el Arzobispo de entonces, Ramón Casaus y Torres, no fue precisamente partidario de la causa emancipadora, lo fueron varios clérigos notables y vecinos connotados que profesaban la religión católica.

EL LENGUAJE EN EL CONTEXTO COLONIAL

De igual manera que la religión en general, o que la Iglesia Católica en particular, constituyen mundos inconmensurables de símbolos de lo mas diverso (mitos, creencias, imágenes, ritos, etcétera) así, el lenguaje es también un complejo y vasto sistema de claves o señales y símbolos, cuyos significados cambian con el tiempo y según los variables contextos sociales.
Los símbolos lingüísticos (pictogramas, jeroglíficos, letras o morfemas, sonidos o fonemas, giros y freses idiomáticos, tonos o entonaciones, pero, sobre todo el conjunto de las propias lenguas maternas, como representaciones genuinas de la identidad cultural) pueden tener connotaciones cohesivas o disociadoras; de solidaridad o de conflicto; así en las relaciones interpersonales, como en las que se producen entre grupos o sociedades internas.
Desde el mero comienzo de la conquista del Nuevo Mundo, por ejemplo, la corona española se planteo una gran interrogante respecto de la evangelización en especial, pero también en relación con las otras vías que podían conducir al dominio político, social, económico, ideológico, de los puebles de las Indias. ¿Qué lengua usar para tales propósitos: las aborígenes o el castellano?
Al principio, la decisión fue facial: solo el idioma de los cristianos permitía la evangelización y su imposición facilitaba la tarea de justificar la conquista y la clasificación de las personas, los grupos, las sociedades y culturas. ¿Cómo explicar por ejemplo, el concepto teológico de que Dios es uno y trino, en lengua que no fuera el latín o su derivado el castellano? ¿Cómo justificar la salvación de las almas en una cultura inferior?
Pronto,  no obstante, las circunstancias se impusieron. En el ultimo tercio del siglo XVI ya se habían emitido varias cedulas reales en las que se ordenaba el aprendizaje de los idiomas nativos, por lo menos entre los curas destinados a los pueblos de indios. Se crearon las cátedras necesarias en conventos, Seminarios u otros centros educativos, con resultados que no siempre fueron tan rápidos y satisfactorios como los que se esperaban.
En cualquier casa. Los esfuerzos tesoneros de los religiosos, principalmente, se tradujeron en un legado impresionante de vocabularios, gramática, catecismos, historias, relatos y aun tratados religiosos, todos escritos en las lenguas nativas.
El primer obispo de Guatemala, Francisco Marroquín, aprendió varias de aquellas lenguas y escribió sobre ellas; y lo propio hicieron muchos clérigos que explotaron innatas habilidades o dedicaron renovados desempeñar a la tarea de conseguir iguales propósitos. Ello fue más fácil para el clero regular que para el secular, puesto que este atendía preferentemente las parroquias de españoles y mestizos. En los capítulos provinciales celebrados en los siglos XVI Y XVII, se lamentaba la falta de ministros que hablaron las lenguas regionales, y se pedía que no se utilizara, en las doctrinas de indios, a quienes carecieran de tales aptitudes.
 En consecuencia, de modo paciente se comenzaron a elaborar muchas obras manuscritas, de preferencia en Kakchiquel, quiche, tzutujil, mam, kekchi y otras lenguas mayas, aunque muchos d aquellos trabajos se extraviaron en los recodos del tiempo.
Al principio, los misioneros  y unos cuantos funcionarios parecían los únicos interesados en el estudio de las lenguas vernáculas, pero estas adquirieron el debido reconocimiento académico cuando, en 1681 se establecieron, en la universidad de San Carlos, las dos primeras cátedras de dichas lenguas: una de Kakchiquel, que funciono por poco tiempo; la otro de lengua mexicana o pipil que no llego a existir en la practica.
En la segunda parte de la época colonial famosos representantes del clero, como el Arzobispo Pedro Cortez y Larraz, y el dominico Francisco Ximenez (traductor del popol vuh) seguían lamentando la falta de conocimiento y manejo de las lenguas aborígenes entre los misioneros y párrocos; ambos y otros como ellos, pedían que se corrigiera tan deplorable situación.
La lista de obras, religiosas u otras, que se escribieron en Guatemala, en las lenguas nativas, es realmente impresionante. El valor intrínseco de varias de ellas (el popol vuh, el memorial de Sololá, el titulo de Totonicapán y otras mas), y han servido una ve mas, para demostrar que el lenguaje no solo es el vinculo de comunicación por excelencia entre los hombres, sino además, el medio mas eficaz para conocer la esencia y la evolución del pensamiento humano, y para explicar la naturaleza de las relaciones entre los individuos y los pueblos.
En su extenso horizonte de símbolos, y como núcleo amplio  complejo de significados, el lenguaje ha servido, a veces, como instrumento de dominación, pero lo ha sido también de resistencia de liberación, de resguardo de los elementos fundamentales de una cultura. El lenguaje es, como la religión, un bosque de símbolos polivalentes, con proyecciones políticas, económicas, artísticas y de todo genero. Por algo es el hombre el único ente que posee el don de la palabra.

LA EDUCACION EN LA COLONIA

La educación informal, es decir, la transmisión de la cultura en general, entre los miembros de una sociedad o de un grupo particular, es tan antigua como el mismo hombre. Si el origen de este se identifica con la utilización del lenguaje, de herramientas diversas, y con la capacidad de simbolización, la transferencia generacional de estos atributos estas relacionada con la educación informal.
Solo un cierto nivel de organización, de especialismo y de sistematización en la trasferencia de los conocimientos, de las destrezas, de los sentimientos, las tradiciones, las aptitudes o logros, marca el surgimiento de la educación formal. Este segundo tipo de educación, aunque se carece de suficientes evidencias detalladas, existió, con sus propias modalidades procedimientos en la época prehispánica. En especial, en el caso de los hijos de los señores y principales de los señoríos que existían en la época en la que llegaron los europeos.
En cuanto a la sociedad colonial, la información sobre los sistemas y avances educativos es más abundante y fidedigna, aunque esta apreciación no sea del todo aplicable al lapso que comprende los primero 10 años de la presencia de los españoles en lo que después fue el Reino de Guatemala.


EDUCACION ELEMENTAL

Se sabe que casi desde el principio mismo del régimen colonial, algunos clérigos e hijos dalgos se dedicaron a una enseñanza, más o menos sistemática, dedicada a los hijos de los conquistadores y primero colonos. Desde este vago comienzo hasta la ultima etapa de la era colonial, la educación formal, en términos generales, no tuvo una amplia cobertura, es decir, no estuvo dedicada a las grandes masa de la población; y si exhibió, en cambio, un evidente carácter clerical. Este último rasgo se explica por los compromisos y relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado español, en relación con la empresa de la conquista y de la colonización.
Al obispo Francisco Marroquín corresponde el merito de haber iniciado, en 1533, las primeras gestiones formales para atender la educación de hijos de españoles, de indios y de jóvenes mestizos de la ciudad de Santiago de Guatemala. Marroquín solicito y puso por obre el que hubiese escuela para enseñar a leer y escribir a los niños españoles que iban naciendo.
Aunque se carece de mayor información, se supone que en aquel centro primigenio se enseñaba lectura, escritura, aritmética y doctrina cristiana. Como primer maestro de dicha escuela se ha mencionado a un tal bachiller García Díaz, y ello hace suponer que el establecimiento estaba dedicado solo a niños criollos.
En documentos referidos a 1567 se alude, como maestro de educar niños, a alguien lado Martin Salazar. También existen referencias, aquí y allá en al documentación histórica, a la enseñanza elemental que se impartía en conventos, monasterios y beaterios.
Una escuela, llamada de San Lucas, funciono en el Colegio Mayor que, con aquel mismo nombre, y a instancias del ayuntamiento, los jesuitas trataron de fundar después, en 1582. Las clases las impartieron dos hermanos de la compañía de Jesús, llegados expresamente de México. En forma separada funciono también la Escuela de  Belem, establecida por el hermano Pedro para la enseñanza de las primeras letras a los niños pobres, pero de quienes no se saben si eran solo criollos, mestizos o de ambos grupos. Como pueden colegirse de la información disponible, había una estrecha correlación entre las condición étnica  las oportunidades de acceso a la educación. Los hombres tenían preferencia, y mas aun si eran descendientes de conquistadores o de los primero pobladores.

LOS COLEGIOS MAYORES

Nuevamente Marroquín, en 1545, pidió al Rey que se crearan Colegios Mayores, en los cuales se pudiera enseñar Artes (Vísperas de Filosofía y Lógica), gramática, Teología, y otras materias semejantes. El obispo argumentaba que, de ese modo, podía atenderse la educación de muchos jóvenes criollos y mestizos, que actuaban de manera desorientada en la sociedad: no conocían  la Fe, la justicia, sus orígenes, el medio en el que vivían, ni siquiera al propio Rey. En resumidas cuentas, esta vez el prelado no alcanzo su objetivo.
No obstante la adversidad de las circunstancias, oportunamente comenzaron a funcionar los Colegios Mayores, destinados a enseñar las disciplinas ya mencionadas en el campo de las Humanidades. El de Santo Domingo fue el Primero de ellos, pues se fundación data probablemente de antes de 1550.
En 1625, el citado Colegio obtuvo la facultad de otorgar grados universitarios y ellos suscito una seria controversia con los jesuitas, pues estos querían participar también de tal privilegio. Alrededor de 1553, el colegio de Santo Domingo tenia completas sus cátedras, y algunos de sus cursantes, principalmente frailes, pasaron después a la Universidad de Salamanca. Desde entonces, se comenzó a estudiar algunas lenguas vernáculas, con la ayuda de profesores indios. Después se fundo el Colegio de San Francisco, en torno a 1575, el cual funciono en el convento de esta orden, con profesores llegados de Salamanca.
Al cabo de pocos años a instancias, una vez más, del Obispo Marroquín, se estableció el Colegio de Santo Tomas. Este fue resultado de un convenio suscrito entre el prelado y los dominicos; estos se comprometían a servir las cátedras de filosofía y teología por un periodo de seis años, en tanto que aquel sufragaría los gastos respectivos. Las partes se fijaron el propósito de trasformar el Colegio en una universidad, para la cual pretendían todos los privilegios de los que ya gozaban las universidades de España, y que ya se habían otorgado a la de Nueva España.
El colegio de Santo Tomas surgió, efectivamente en 1620, cuando el deán de la Catedral y el Superior de los dominicos firmaron el acuerdo. De inmediato, se elaboro el plan de estudios, en el que se excluían las cátedras servidas en otros establecimientos semejantes de educación superior; se fijaron los honorarios de los profesores; se adoptaron las normas de la Universidad de México; y se obtuvo la correspondiente autorización del presidente. Días mas tarde se hizo la inauguración formal, en un ambiente de pompa y regocijo, con la presencia de oidores (miembros de la Audiencia) de representantes de las ordenes religiosas, de otros funcionarios y de vecinos principales.
En Santo Tomas se inscribieron 77 estudiantes, distribuidos así: 11 en Teología; 16 en Cánones; 10 en Vísperas de Teología; y 40 en Filosofía. Prontamente se iniciaron las gestiones para conferir grados académicos, pero los jesuitas, que ya tenían s propio Colegio, de nuevo alentaron las discordias y controversias, pues cada orden mantenía sus pretensiones sobre un verdadero monopolio docente. El colegio de Santo Tomas, abrió la brecha de la educación Universitaria en Guatemala, e incluso sus bienes resguardados y su persistente aliento académico permitieron la posterior fundación de la Universidad de San Carlos.
El colegio de San Lucas se fundo, por la Compañía de Jesús en 1586, pero solo entre 1620 y 1627 funciono de manera normal y completa. Los jesuitas iniciaron, en el citado establecimiento, un nuevo tipo de enseñanza superior: remozada con ideas renacentistas y de la Contrarreforma, con una concepción integral de la educación y con normas amplias y dinámicas. Sin embargo, también atendía criterios elitistas, cerrados, exclusivistas e inclusive prepotentes. Obtuvieron privilegios y concesiones, no obstante sus conflictos con el Colegio de Santo Tomas y después con el de Santo Domingo, gracias a las condiciones ventajosas de que disfrutaba la misma orden. Precisamente por ello, los jesuitas consiguieron la facultad de otorgar grados de Filosofía y Teología, con lo cual lograron retardar la Fundación de una Universidad, mantener cierto monopolio docente y por esta y otras vías, afirmar su primacía en la vida de la capital del Reino.
A finales del siglo XVII, el Colegio de San Lucas había tenido alrededor de 300 estudiantes en los distintos niveles, y entre estos figuraban personas famosas como el Hermano Pedro, El historiador Francisco Antonio Fuentes y Guzmán, así como otros miembros de la elite criolla. En 1700, además, los jesuitas fundaron otro Colegio: el de San Francisco de Borja.
A los centros mencionados de educación superior debe agregarse el Seminario Tridentino, creado para la formación del clero criollo. Se llamo así porque su funcionamiento estaba vinculado a las normas del concilio del Trento, Celebrado este en el siglo XVI, para combatir la Reforma e impulsar la Contrarreforma. El establecimiento se inauguro en 1598 y funciono efectivamente durante más de dos siglos.

UNIVERSIDAD DE SAN CARLOS

Uno de los centros más antiguos en su género, en Hispanoamérica, la Universidad de San Carlos, se fundo según licencia contenida en real cedula promulgada por el monarca español Carlos II, el 31 de enero de 1676.
Las gestiones para el establecimiento de la Universidad de Guatemala se iniciaron en 1548, por el Obispo Francisco Marroquín, y ellas fueron reiteradas, insistentemente, por el mismo prelado, por la Real Audiencia, por el Ayuntamiento, por el Obispo Fray Payo de Rivera, por las Órdenes religiosas establecidas en el reino, y por otras personas e instituciones. Tal objetivo solo se logro, empero 128 años después.
En el proceso de instalación de la Universidad fue decisiva la herencia testamentaria que dejo el Obispo Marroquín, y que consistía en las rentas que pagaba, en concepto de terrazgo, el pueblo de indios de Jocotenango, aledaño a la ciudad capital. Dichos fondos sirvieron, inicialmente, para financiar el Colegio de Santo Tomas, y cuando resultaron insuficientes para fundar la Universidad, se incrementaron con generosas donaciones hechas en 1620 por el comendero Sancho de Barahona, la esposa de este, Isabel de Loaiza, y por Pedro Crespo Suarez. Es importante subrayar la contribución indirecta de los indios en la fundación de la Universidad de San Carlos, así como las protestas, de las que ellos dejaron constancia, ir las exacciones considerables que sufrieron en aras de la normalidad financiera de la institución.
El nuevo y más importante centro de estudios superiores se llamo Universidad precisamente para indicar su naturaleza universal, y no partidista respecto de ninguna doctrina o escuela de pensamiento conocidas. El agregado “de San Carlos” se justifico, por quien tuvo a bien autorizarlas, es decir el Rey, de la siguiente manera contundente “… en atención y buena memoria de haberse creado por mi, Carlos II”.
Se estableció la Universidad no solo para hijos de conquistadores y criollos, sino en referencia a Guatemala, “… para alivio y consuelo de los vecinos naturales de ella”. En el supuesto de que pudiera quedar alguna duda, en la cedula real se agregaba que “los indios pueden y deben ser admitidos a matricula y grados”. Sin embargo, de modo igualmente taxativo, se excluía a los negros y  a las otras castas.
Es importante subrayar que, según el estatuto de su creación, la Universidad debía funcionar sin dependencia de Institución alguna, y con pleno y libre gobierno de la docencia y de sus bienes. Era, pues, autónoma, sujeta nada mas al Patronato Real, lo que la obligaba a reconocer al Rey como su Fundador, y a esculpir las armas reales en el frontispicio. No estaba supeditada a la Real Audiencia, ni a poder publico alguno.  En la cedula, asimismo, se mandaba redactar las constituciones que debían normar sus ingresos y su patrimonio; que se organizaran las oposiciones a cátedras; y que se cumplieran otras disposiciones pertinentes.
Años mas tarde, la Universidad alcanzo el rango de Pontificia, es decir la potestad de enseñar las diversas expresiones del pensamiento Católico; y después el 18 de junio de 1687, su titulo completo du el de “Real y Pontificia Universidad de San Carlos”.

OTRAS RAMAS DE LA EDUCACION

En la época colonial funcionaron, como ramas especiales de la educación, la dedicada a las jóvenes mujeres, principalmente de origen español o criollo, la cual se concentró en los monasterios y beaterios. Estaba concebida como preparación para el matrimonio, o bien para la vida conventual.
La educación dirigida a los indígenas, de manera casi total, se redujo a la cristianización, lo que implicaba la sustitución de la cultura prehispánica por la occidental. Los procedimientos más usuales para dichos efectos fueron la catequesis (enseñanza de la doctrina católica) y la castellanización.
Finalmente, se cultivó, en una medida acorde con las circunstancias, la educación artesanal, pro medio de la cual, jóvenes varones, de distinta extracción étnica, aprendía oficios diversos, mediante la relación entre maestro, oficial y aprendiz, que era típica de los gremios artesanales de la época. En dicha relación, el maestro otorgaba, comida, casa, ropa, cuidado espiritual y entrenamiento en el oficio, a su aprendiz; éste, por lo general, era un niño de ocho a diez años, que, por periodos que se aproximaban a esas mismas cifras, ayudaba en tareas domesticas en la casa de su maestro, a cambio del aprendizaje y la protección que recibía de este.
Durante el siglo XVIII, la educación en Guatemala conservo sus características anteriores (de alcance reducido y de carácter clerical), excepto por algún incremento en el numero de las escuelas, así en la capital, como en las provincias y en varios poblados del interior del Reino. De esta generalización solo escapan las escuelas de San José de Calasanz y la de san Casiano, Fundadas en 1792 por el Arzobispo Cayetano Francos y Monroy. Estos dos centros por sus objetivos y su metodología, constituyen quizás dos de los muy pocos cambios cualitativos que experimento la educación en la ultima etapa de la colonia.

LAS ARTES EN LA ERA COLONIAL

Esta última sección de la cultura se refiere básicamente al urbanismo, la arquitectura, la literatura, y en general, a las llamadas artes visuales. La generalización mas viable que se puede formular respecto de estas manifestaciones del arte colonial, es la de que este fe una derivación del arte español, y que, salvo notorias, excepciones, tuvo tan solo una escasa calidad.
Los procesos de la creación artística de la época prehispánica, en efecto, quedaron suspendidos casi de manera abrupta, y fueron reemplazados por las concepciones y técnicas del sector colonizador inclusive algunas de las expresiones artísticas de los indígenas prealbaradianos, que exhiben más supervivencias, culturales como la música, los textiles, la cerámica, ciertas danzas, etc., también muestran la impronta de la conquista y de la estructuración de la sociedad colonial.
Respecto del urbanismo es válido señalar, que los españoles implantaron en América un modelo urbano que utilizaron en las ciudades vías y pueblos de indios. Se puede describir como un sistema sencillo y funcional, de calles rectas, plaza central y manzanas cuadradas, divididas estas, en solares para la casa de cada familia. Este patrón, que no era usual en Europa de entonces, no fue precisamente de fácil aceptación por los indígenas de Guatemala, quienes, en cantidades apreciables, han seguido viviendo aunque ya solo de modo alterno, fuera de las cabeceras municipales. Sin embargo, el modelo se extendió en el país, y ha perdurado hasta la actualidad. En el campo del urbanismo son importantes los hombres de Josep de Porres, Luis Diez Navarro, su hijo Manuel, Joaquín Carvajal, Marcos Ibáñez, quienes trabajaron en las primeras trazas de la nueva cuidad capital.
La arquitectura se manifestó sin una definición estilística clara, o bien, como una convergencia de corrientes ya desaparecidas o en franca declinación en España; tales como los casos de los estilos románico, gótico, y mudéjar, y en otros mas recientes, como el renacentista, y el plateresco. En Guatemala se encuentre todavía en forma aislada, ejemplos arquitectónicos de las mencionadas corrientes estilísticas, pero ellos, como otros menos influidos, por el arte español, presentan adaptaciones al medio ambiente, así como los recursos materiales y tecnológicos de cada región.
En el campo de la literatura, son altamente representativos los nombres del gran bardo Rafael Landivar (1731-1793), Fray Matías de Córdova (1768-1828), Rafael García Goyena (1766-1823), sor Juana de Maldonado (1598-1638) la historiografía, en la que destacan los nombres de Bernal Díaz del Castillo, Fray Antonio de Remesal, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, y Fray Francisco Vázquez, Fray Francisco Jiménez y Domingo Juarros.
En realidad, la actividad literaria se incremento desde que se trajo al país la primer imprenta, en 1660 la cual se adquirió por gestiones de Fray Payo de Rivera, Obispo de Guatemala, y fue operada por José de Pineda Ibarra, impresor que llego de Puebla, México, donde se adquirió la imprenta.
El primer libro publicado en Guatemala fue la Explicativo Apologética, que trata de la doctrina de la Inmaculada Concepción y cuyo autor fue, precisamente el Obispo Payo de Rivera.
Respecto de las otras ramas del arte, se puede reiterar la generalización relativa a la imposición o por lo menos la marcada influencia del arte español. En estos campos son dignos de mención nombres como los de Juan de Aguirre y sobre todo Quirio Cataño quien esculpió el Cristo de Esquipulas. Como cultivadores de la música sobresalió Tomas Pascual, quien fue maestro de capilla en San Juan Ixcoy desde 1590, y a quien se reputa como el primer músico indígena de toda América. También alcanzaron renombre durante la colonia, los músicos Manuel Joseph de Quiros, Raphael Antonio Castellanos y Benedicto Sáenz. No obstante, seguramente por la incorporación de artistas y artesanos indígenas en el ámbito correspondiente de la época, así como por las características estructurales de la sociedad colonial, no es difícil encontrar sutiles o abiertas reminiscencias artísticas prehispánicas, lo que puede interpretarse también como una demostración de resistencia cultural.
Durante el siglo XVIII y hasta la independencia, el arte guatemalteco se mantuvo como una extensión marginal, provinciana y dependiente del español. En uno y otro, sin embargo, se puede notar cambio de orden cuantitativo, el relajamiento moral y estético, la conciencia étnica, etcétera.
En suma, el arte Guatemalteco de la Colonia solo alcanzo una originalidad que, de tan precaria, o de tan marginada, parece inexistente.











CONCLUSIONES


Ø  Régimen colonial, en términos generales prevaleció en el Reino de Guatemala entre 1524 a 1821, la esencia como la explotación económica  de un territorio y del trabajo de los habitantes gozaron de autonomía.
Ø  Las principales funciones eran de parte de los españoles quienes conquistaron a la cultura que habitaba Guatemala que explotaron muchos de los recursos que se encontraban en el área por los indígenas que los volvían esclavos.
Ø  El descubrimiento de como planificarse mejor, la agricultura, la Religión.
Ø  Entre los que participaron los indígenas quienes fueron conquistados por los españoles, Jorge de Alvarado quien distribuyo a los indígenas para la búsqueda de artículos, Francisco Marroquín quien tomaba la tasación de cada tributo que le daban, Alonso Maldonado el evidenciaba el peso económico que cada ofrenda.
Ø  El trabajo artesanal fue evolucionando cada vez más al igual que la agricultura, cada producción que ejercían se les entregaba a los españoles, mientras ellos iban dándoles un intercambio para su bienestar.
Ø  La evolución de la comunidad indígena por los españoles los hizo tener un cambio drástico, como en la religión, el lenguaje, las políticas, la distribución de tierras, por lo que fue en cierta parte beneficiario como en desventaja, porque se produjo lo que se le llama la esclavitud.





BIBLIOGRAFIA

Historia Sinóptica de Guatemala
Historia General de Guatemala.    Tomo  II




ANEXOS

INTEGRANTES DEL GRUPO 3 EPOCA COLONIAL

1.    Jonatán Josué Sagui Yat                                                   201340576
2.    José Cú Tiul                                                                         201340720
3.    Gerardo Cu Yat                                          
4.    Carlos Nicolas Catalan Veliz                                             201345590
5.    Samuel Josué Gualim Cal                                                  2012-22598
6.    Ludving Omar Laj Jom                                                       2013-45404
7.    Josué Emanuel Mazariegos Cú                                        201345649
8.    Jacqueline Lisbeth Chen Jerónimo                                           201345983
9.    Alicia Briseida Mireille García Sajmoló                            201345939
10. Heywel Alexander Pérez Castellanos                              201343233
11. Denis Valentin Leal                                                201349598